| Pero
podría reconocerse que hay una “dinámica
fascista” en el movimiento de Chávez,
en términos de nuestro colega Ramos
Jiménez:
"
Más que una ideología política,
el fascismo constituye una actitud ante
la vida que -alimentándose en el
conflicto que a la larga provoca el caos-
vive bajo fuertes tensiones que le sirven
de combustible. Por ello, los fascistas
aparecen siempre como los “administradores
del caos”, que exigen la movilización
permanente de la masa bajo una disciplina
más bélica que militar".
•
¿Es Chávez izquierdista?
A más de las tres raíces evocadas
como su fundamento ideológico por
los alzados de 1992, existían ya
otras raíces más concretas
y contemporáneas cultivadas dentro
de la Academia Militar venezolana y los
cuarteles. Una de ellas la Izquierda militarista,
que irá de la mano con un Nacionalismo
militar.
. Como analistas de lo que ocurre en el
mundo hay que aceptar que la Izquierda,
casi toda ella de inspiración marxista,
ha hecho crisis tanto en Europa como en
Latinoamérica. Machaconamente yo
he venido sosteniendo que la Izquierda debe
ser diferente a lo que ha sido hasta ahora
para que sea viable políticamente,
y para ello no puede seguir siendo tan dogmática
ni tan ideologizada. Un intelectual de la
actual acertada política uruguaya,
Enrique Rubio, autor de La izquierda del
futuro (2000), recomienda a la izquierda
marxista para que sea viable en las actuales
coyunturas nacionales: 1) reelaborar su
memoria (saldar algunas cuentas pendientes
del marxismo clásico); 2) gobernar
con la globalización (es decir insertarse
en ella, pero de acuerdo con sus propios
objetivos); 3) dar cauce al empuje transnacional
y a la integración regional; 4) reformar
el Estado con miras a una democratización
de la economía; 5) estimular el dinamismo
de la sociedad; 6) buscar las confluencias
de las fuerzas progresistas a escala internacional;
y 7) muy importante, promover más
democracia y no menos. Su consigna: “Queremos
vino nuevo en odres nuevos”.
En
nuestro caso concreto venezolano, Teodoro
Petkoff (con su largo recorrido revolucionario
y bagaje izquierdista) ha sido muy enfático
en denunciar esa izquierda anclada en los
años sesenta y que ni se ha enterado
de la caída del muro de Berlín.
La denomina “la izquierda borbónica”.
La tilda de minusválida intelectualmente
y de incapaz para aprender de los viejos
errores y para decidirse de una vez a volver
la página (Las dos izquierdas, 2005).
A Chávez hay que ubicarlo en la izquierda,
a pesar de elementos conservadores de su
entorno y de la “dinámica fascista”
de extrema derecha de su movimiento. Su
gestación en el seno de un militarismo
de izquierda, muchas de sus lecturas preferidas,
sus amistades privilegiadas nacional e internacionalmente,
su visceral antiamericanismo y en especial,
el nexo estrecho que ha establecido desde
hace 20 años con quien es su modelo
y guía revolucionario, Fidel Castro,
no dejan lugar a dudas. No nos pronunciamos
todavía sobre si el presidente Chávez
sigue anclado en la “izquierda borbónica”
venezolana o pudiera llegar a representar
a una nueva izquierda muy diferente y, por
lo mismo, viable en los actuales escenarios
políticos y globales de nuestro nuevo
siglo. Como ha afirmado Tarre Briceño,
“entre Montesquieu y Ceresole, Hugo
Chávez tiene que decidirse. No puede
seguir citando al primero y obedeciendo
al segundo”.
Con cierto realismo, ha expresado Vargas
Llosa que
"la prédica contra el ‘neoliberalismo’
no ha traído un resurgimiento del
‘marxismo’, sino del ‘fascismo’,
dos ideologías que por lo demás,
como mostró Hayek en Caminos de servidumbre,
están bastante más cerca de
lo que parecen. Pues ambas tienen en común
el desprecio de la cultura de la libertad,
y de las instituciones democráticas,
así como la religión del Estado
todopoderoso y vertical, convertido en panacea
para todos los males de la sociedad."
•
¿Es Chávez populista?
El discurso, el estilo, los gestos demagógicos
suelen confundirse con populismo. En nuestra
región hay ejemplos recientes de
retorno de líderes neopopulistas
como Collor de Melo en Brasil, Carlos Menen
en Argentina, Alan García y Alberto
Fujimori en Perú, Abdalá Bucaram
en Ecuador. Quien quiera llegar al gobierno
y mantenerse en él, tiene que apelar
al ‘pueblo’ y tratar de movilizarlo.
Es decir, en alguna forma convertirse en
‘demagogo’ (conductor de pueblo).
"El populismo es un plato político
que se cocina con todas las salsas: populistas
fueron Hitler y Mussolini, Franklin Delano
Roosevelt y Ronald Reagan, Charles de Gaulle
y Menagen Beguin; y en América Latina
lo han sido (de una manera u otra) Perón
y Rómulo Betancourt, Lázaro
Cárdenas, Getulio Vargas, Alfonso
López y Fidel Castro" (Manuel
Caballero).
Pero no basta una simple apariencia ni las
simples promesas. Es preciso que el buen
gobernante o líder, realmente conduzca
a su pueblo de donde está a donde
debe estar. El populismo, como movimiento
de movilización de masas urbanas
–a veces ideológico a veces
no mucho- requiere de un discurso ligado
al pueblo.
"Otra
cosa es decir que Chávez es el más
formidable demagogo que haya conocido la
historia de Venezuela y con Perón,
América Latina. Se ha llegado a decir
que sintetiza en una sola persona a Perón
y a Evita. En todo caso, como el argentino,
Chávez es lo que su auditorio quiere
que sea: militarista o civilista, derechista
o izquierdista. socialista o fascista. Su
apelación a la fidelidad de hombre
a hombre. pasando por encima de las instituciones,
y su voluntad de establecer un régimen
personalista y. hasta donde sea posible,
vitalicio, le asimila mucho más a
los viejos caudillos del siglo XIX latinoamericano
que a cualquier otro espécimen político"
(Manuel Caballero).
El
populismo se caracteriza sobre todo por
una distribución complaciente de
la riqueza desde un Gobierno paternal, que
no asegura la correspondiente producción
de dicha riqueza. Suele acompañarse
de un gigantismo del Estado y un creciente
intervencionismo de la esfera pública
en toda la sociedad. Hay burocratización
excesiva. Se va poniendo en evidencia la
ineficacia del Estado para dar respuesta
a las necesidades. Se va produciendo un
descontento general por las expectativas
creadas y no satisfechas, una desilusión
del pueblo por las promesas que se le hicieron
no cumplidas, hasta un colapso del régimen
por ineficacia e ingobernabilidad.
Tras dos períodos de gobierno, ¿habrá
que esperar uno más, para ver los
resultados del nuevo modelo populista y
carismático impuesto por Chávez
y juzgar de los efectos reales de sus programas
y decisiones de gobierno, así como
el éxito de sus ‘misiones’
populares? Pero, él tiene la gran
ventaja de apoyar y alimentar su modelo
en una larga tradición venezolana
de paternalismo con base en un super Estado
rentista con enormes ingresos por los altos
precios internacionales del petróleo.
"El
venezolano es el receptor secular de una
tradición de paternalismo. Ha sido
acostumbrado por sus gobiernos (y en esto
no hay prácticamente diferencias
entre democráticos y autoritarios)
a recibirlo y a esperarlo todo del Estado;
y, por lo tanto, no puede menos que acoger
con entusiasmo a quien se presente como
un padre benefactor y, sobre todo, distribuidor
de una “riqueza natural” no
producida, esto es, recibida sin esfuerzo"
(M. Caballero).
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¿Es Chávez revolucionario?
Un
serio historiador venezolano (J.L. Salcedo
Bastardo, 1996) advierte que el término
revolución es
"la voz más gastada e inexpresiva
del léxico político venezolano.
De ella se usa y se abusa para rotular cada
revuelta, cada alzamiento, cada insurrección,
golpe, sublevación, invasión,
cuartelazo, rebelión, complot, usurpación,
intentona, sedición, pronunciamiento,
asalto o motín, pues son muchos los
sinónimos para la misma realidad
desgraciada, y ninguno es revolución."
Un
simple cambio cultural, social o político
no puede llamarse ‘revolución’.
Se lo debe llamar ‘reforma’
dentro del sistema adoptado por el país.
Ni una revuelta - aunque sea armada, ni
un golpe de Estado -aunque sea exitoso,
constituyen por sí solos una revolución.
El relevo de unas élites que detentaban
el poder por otras nuevas que entran a ocupar
los cargos y a enriquecerse, no es revolución.
Tampoco puede llamarse tal un paraíso
prometido por iluminados, ni un salto al
vacío y mucho menos una marcha atrás
en la historia. Una revolución es
una empresa seria y de gran aliento, con
una toma del poder conducente a la sustitución
de un sistema de vida y de organización
socio-política por otro mejor que
lo existente. Requiere: 1) un plan de la
sociedad a construirse, 2) mucha organización
y 3) la dedicación de líderes
con mucha visión, compromiso y sacrificio
por la causa.
Fuera
del léxico “revolución”,
del que se usa y abusa en todos los discursos
y peroratas del régimen, consagrado
a cada paso en la Constitución del
99, membreteado en toda la papelería
oficial a nivel nacional, estadal y municipal,
tras diez años de la experiencia
“revolucionaria” de Chávez
en Venezuela (con intenciones cada día
más explícitas de difundirla
por Latinoamérica y más allá),
no se ha visto claro ni el proyecto de sociedad
a la que quiere conducir, ni hay una organización
operadora del proyecto, ni los supuestos
agentes tienen la talla de verdaderos “revolucionarios”.
¿Habrá que esperar todavía
más para que los resultados en las
áreas económica, social, política,
cultural, ética e internacional corroboren
que la Vª República en verdad
inició una Revolución en Venezuela
y la avala como modelo para otros países
de desarrollo limitado?
Mientras
tanto, hay fuertes críticos para
quienes Chávez más que un
revolucionario es todo lo contrario, un
reaccionario:
"Chávez representa exactamente
lo contrario de lo que representó
Fidel en 1959: si Fidel era un revolucionario,
Chávez es un reaccionario. Si Fidel
tenía un proyecto de país
bueno o malo pero al cual uno podía
referirse para aprobarlo o atacarlo, Chávez
no tiene, al parecer ni siquiera en lo más
recóndito de su cerebro, un proyecto
que no sea personal, que no sea lograr la
forma de prolongar su mandato personal […]
En toda la historia de Venezuela hay un
hilo conductor: todos los gobiernos han
pretendido y algunos lo han logrado, hacer
avanzar al país, llevarlo hasta el
siglo siguiente construyendo un Estado moderno,
despersonalizado. El de Chávez busca
todo lo contrario, volver a persona1izar
el poder; hacer que el país sienta
que quien manda no es el Presidente de la
República, sino el comandante Hugo
Chávez Frías. En tales condiciones
no es exageración decir que el de
Chávez es el gobierno más
reaccionario que haya tenido Venezuela en
toda su historia". (M. Caballero)
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