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En
los últimos 27 años, la historia política
de Nicaragua ha tenido fuertes altibajos.
Se sacudió una de las más largas dictaduras
de familia, la de los Somozas (1937-1979).
Emprendió con dificultades una de las más
llamativas revoluciones del Tercer Mundo,
la sandinista, la cual amalgamó ingredientes
nacionalistas y populistas, cristianos y
marxistas. Pero el binomio sandinista en
el poder, Pueblo-Ejército, a los 10 años
colapsó en las urnas frente a una desvalida
mujer -sin ideología, sin partido, sin armas-
Violeta Chamorro. Fueron dos los principales
factores del fracaso del Frente Sandinista
de Liberación Nacional (FSLN): los gigantescos
errores en el manejo de la economía, y el
persistente camorrismo con que acosó a enemigos
reales y a molinos de viento, tanto internos
como del entorno internacional. El gobierno
de Chamorro fue de paz, cierta recuperación
económica, reconciliación y democracia.
En 1996, el excomandante Ortega se enfrenta
como candidato (segunda vez) al candidato
del Partido Liberal Constitucionalista,
Arnaldo Alemán, quien gana por un apretado
10% de diferencia en los votos. El mandato
de Alemán estuvo salpicado de graves denuncias
de corrupción y lavado de dólares, tanto
que fue a parar a la cárcel. Para las elecciones
de noviembre 2001, Ortega vuelve a la palestra
(tercera vez), y pierde frente al ingeniero
industrial y propietario agroindustrial,
Enrique Bolaños, por cuatro años vicepresidente
de Alemán, y actual presidente.
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Análisis
& Opinión
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Un
contubernio escandaloso
Un
obsceno pacto entre el excomandante Ortega
y el expresidente Alemán conforma un curioso
ejemplo de transvestismo político entre
una resabiada izquierda y una derecha oligárquica.
Bajo el control de los dos personajes, representantes
oficiales del FSLN y del PLC, quedaron los
poderes legislativo, judicial, electoral
y contralor de las cuentas del país. Sólo
les quedó por fuera el ejecutivo de Bolaños
a quien hicieron imposible la gobernabilidad
e intentaron que renunciara. De común acuerdo,
pasaron una enmienda constitucional que
permitirá al puntero de las próximas elecciones
presidenciales ser declarado Presidente,
si logra un 35% de los votos emitidos y
siquiera una ventaja del 10% sobre el siguiente
corredor. Sobre esta base, Ortega se presenta
por cuarta vez a los comicios del próximo
5 de noviembre.
¿Por
quién votar?
El
electorado nicaragüense se halla confundido
y escéptico. Las opciones no son
claras ni alentadoras. Como ha ocurrido
antes, las fuerzas políticas internas
están muy divididas y hay variables
externas que tratan de incidir, sin recato,
en los resultados. En concreto, Estados
Unidos y Venezuela.
Al
FSLN de Ortega le nació una disidencia de
arrastre, alrededor de Herty Lewites, popular
alcalde de Managua, expulsado del partido
en febrero por disputarle la nominación
presidencial a Ortega. Lanzó el MRS (Movimiento
de Renovación Sandinista), inicialmente
en alianza con el Partido Alternativo Cristiano.
Sus banderas, sin esguinces, son por una
democracia social de izquierda. Lamentablemente
su muerte inesperada hace poco, dejó al
MRS como candidato a su segundo a bordo,
Edmundo Jarquín, economista de renombre
internacional pero poco conocido nacionalmente
y sin el carisma de Lewites. Y por el lado
del Partido Liberal del expresidente Alemán,
cuyo candidato oficial es José Rizo, le
surgió la disidencia de la Alianza Liberal
Nicaragüense (ALN) con Eduardo Montealegre
como candidato, favorito claramente de Estados
Unidos por sus promesas neoliberales y de
globalización.
Por
ahora, el sufrido y noble pueblo nica, patria
del legendario César Augusto Sandino (asesinado
en 1934), tendrá que escoger sabiamente
el mal menor. A no ser que, a última hora,
renunciara uno de los dos candidatos disidentes
a favor del otro, para ir en alianza a las
urnas. Podría, así, lograr ciertamente más
de un 35% del electorado, con suficiente
ventaja para ser declarado presidente (si
no hubiere maniobras fraudulentas dentro
del poder electoral), en un todo de acuerdo
con las nuevas reglas de juego constitucionales
que impusieron Alemán y Ortega, pensando
sólo en sus intereses.
Moraleja.
También en política, ni tan
cerca que queme al santo ni tan lejos que
no lo alumbre.
25 septiembre 2006
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