| Haití
con sus apenas 7 millones de habitantes
y 27.749 kms. cuadrados ocupa la parte occidental
de la isla Hispaniola. Fue el segundo país,
después de Estados Unidos, en haber logrado
su independencia republicana y es la república
de color más antigua del mundo. El apoyo
generoso que prestó a la causa libertaria
de Bolívar, con su presidente Alejandro
Petion, evoca especiales resonancias en
el alma de todo venezolano. Su historia,
sin embargo, está marcada por una muy generalizada
e insufrible pobreza que ha sido caldo de
cultivo para una recurrente anarquía social
e inestabilidad política. La salida abrupta
del gobernante Jean Bertrand Aristide ilustra
la grave problemática de parte de nuestro
continente latino caribeño, que sigue debatiéndose
entre la miseria y el desgobierno o una
mezcla de ambos. 14 años después de haber
sido Aristide el primer líder democráticamente
elegido en la historia de Haití, y habiendo
levantado banderas cristiano revolucionarias
de Teología de la Liberación, el ex sacerdote
salesiano ha debido abandonar la escena
de un desastre humanitario y una eventual
guerra civil. Deja el país en manos de sus
dos principales enemigos, ambos con un negro
pasado militarista. Louis-Jodel Chamblain,
54 años, acusado de dirigir los ‘escuadrones
de la muerte’ durante la dictadura del Gral.
Raoul Cedras (1991-1994) y Guy Philippe,
ex comisario de policía de Cabo Haitiano,
quien funge de ‘comandante’. Habiendo entrado
victoriosos a Puerto Príncipe, afirman que
depondrán las armas, que propiciaron pillajes
y violencia por donde pasaron; pero siguen
dando señales de querer erigirse en el poder
real (reconstituyendo el Ejército Nacional
que fuera abolido en 1994 por Aristide),
con el que tendrían ahora que entenderse
EUA, Francia, Canadá, CARICOM, la OEA y
demás poderes que intervinieron en la apresurada
solución de la crisis. |
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Una
paupérrima República
Los
200 años de independencia que acaba
de cumplir la isla, conformada inicialmente
por miles de esclavos que trabajaban en
los campos de caña de azúcar,
no han logrado superar el síndrome
de una sociedad esclavista. En 1844 el grupo
de habla española del oriente de
la isla rompió con Haití y
fundó la actual República
Dominicana. Desde entonces una lucha por
el poder de líderes ineptos y fanfarrones
ha producido una serie de gobiernos débiles,
que han sido presa fácil de minorías
corruptas e intereses extranjeros. Estados
Unidos ocuparon Haití desde 1915
hasta 1934. Vino la Constitución
de 1957, que estableció un gobierno
central fuerte. Y con ella, una dictadura
brutal de infeliz recordación por
29 años, de Francois Duvalier (quien
muere en 1971) y Jean-Claude, su hijo, quien
en 1986 se exilia opulentamente con su esposa
en Francia. Hubo intentos de restaurar una
cierta democracia, interrumpidos por golpes
militares, como los encabezados por los
tenientes Grales. Henry Namphy y después
Prosper Avril. En 1990 gana las elecciones,
en forma limpia y apabullante, el ex sacerdote
católico Aristide, por entonces de
37 años. Hijo de una barriada, bien
formado por la Congregación Salesiana,
había estudiado en Israel, Canadá,
Grecia y República Dominicana. Sabe
el inglés, el francés, el
español, el alemán, el hebreo,
el griego y domina su lengua nativa el creole.
Como teólogo de la Liberación,
propone un programa con motivación
cristiana a favor de los pobres, en alianza
con fuerzas de izquierda, propugnando una
Justicia social desde el Estado. Representa
un nacionalismo progresista con elementos
de un populismo abiertamente antinorteamericano.
A los 8 meses es sacado del poder por un
cuartelazo del Gral Cedras y su logia de
militares. El presidente Clinton lo restituye
en su cargo en setiembre de 1994, tras negociaciones
con los militares y la presión de
sus 20.000 marines en las costas haitianas.
El Ejército Nacional de Haití
fue abolido por Aristide en 1994. Su delfín
René Prevallo lo sucede de 1996 a
2001. En febrero 2001 Aristide vuelve a
ganar las elecciones. Su período
constitucional como presidente debía
ir hasta el 2006.
Un
país en desolación
No
hay palabras apropiadas para definir la
cruel situación de inhumanidad que
por 200 años se ha adueñado
de Haití. El autor André Corten,
en su libro “Miseria, religión
y política” (París
2001), propone para designar el subproducto
de tantos factores negativos, la palabra
DESOLACION. En esa condición han
estado y siguen estando millones de isleños
que viven muy por debajo de la pobreza absoluta,
en la promiscuidad, la violencia, la falta
de todo nexo o sostén social, que
vegetan en la imposibilidad de ser alguien,
con derechos inalienables que cubran sus
necesidades primarias. Es un conglomerado
humano condenado a la necesidad y al control
social, impuesto desde un semi-Estado débil
y desinstitucionalizado o manejado por poderes
paralelos de mafias, grupos armados, cofradías
pentecostales o vudús.
¿Hay
solución para la desolación?
“La
Constitución es de papel, las bayonetas
son de acero”, dice un aforismo
haitiano. El presidente Aristide colapsó
el pasado 29 de febrero ante un doble factor.
Por un lado, la avanzada de una soldadesca
armada que desde el norte se dirigía
a la capital Puerto Príncipe, comandada
por Guy Philippe y su lugarteniente Chamblain.
Y por otro lado, la fuerte presión
diplomática que ejercieron progresivamente
EUA, Francia, Canadá y quizás
también la OEA. En su carta de dejación
del cargo, que entregó personalmente
subiendo las escalinatas del avión
al embajador Foley, emisario de Colin Powell,
afirmó lacónicamente: “La
Constitución no debe ser escrita
con la sangre del pueblo haitiano. Si mi
dimisión evita un derramamiento de
sangre, acepto irme”. Y fue llevado
a la República Central de Africa.
Ha
sido una solución precipitada que
no deja satisfecho a nadie. Tenemos derecho
a preguntarnos: ¿La salida de Aristide,
presidente bien intencionado por el cambio
social y legitimado en las urnas, asegura
que Haití va a salir de su estado
de desolación? ¿Y lo va a
hacer en democracia, cuando las fuerzas
militares dominantes son de atrás
profesionales en rebelión contra
las pocas instituciones públicas
que existían? ¿Y por cuánto
tiempo los intereses del imperio y sus satélites
van a sostener el gasto (aun supuesto un
renovado mandato de la ONU) para otro intento
fallido de nueva reconstrucción económica,
social y política de ésta
pequeña porción de isla que
poco representa para ellos? “Después
de Dios, el Estado”, es otro
proverbio haitiano. Pero, ¿cuál
Estado? Y ¿cuál Dios?
08
marzo 2004 |