Qué es y qué no es el Plan Colombia
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Logo Enrique Neira

 

 

     

Con el telón de fondo de un Estado colombiano que viene sufriendo un derrumbe parcial (que lo hace chantajeable al interior y al exterior), se puede hacer una lectura objetiva e imparcial del Plan, que se justifica plenamente.

¿Qué es el plan?

Es un oportuno remolque salvavidas. Es un proyecto de rescate de la democracia colombiana en peligro. Democracia que enfrenta simultáneamente varias amenazas de desestabilización y hundimiento. Quiere ser una solución integral y ambiciosa para un problema con múltiples causas. Intenta: 1°. fortalecer las instituciones democráticas del país. 2°. mejorar la capacidad de acción del gobierno legítimo en una difícil lucha antinarcóticos y antiterrorista. 3°. asegurar un mayor respeto de los derechos humanos, en un país que ha roto todos los records de violaciones. 4°. propiciar la reactivación de la economía colombiana, que por muchos años venía bien aunque el país andaba mal, pero que ya dió señales de comenzar a sucumbir ante la inseguridad y la violencia. Y 5º un paquete de ayuda social que alivie el problema de desplazados por la violencia armada y de campesinos que eventualmente se verán afectados por una eliminación más drástica de cultivos de coca y amapola. El Plan expande las operaciones antinarcóticos (especialmente al sur de Colombia: Putumayo, Caquetá, Vichada) y aumenta la restricción del tráfico aéreo por la región. El Plan establece condiciones muy severas para la salvaguardia de los derechos humanos (en aplicación del “Leahy Amendment”), de modo que no se le brindará apoyo a unidad alguna de las fuerzas de seguridad acerca de la cual haya evidencia creíble de que ha cometido violaciones significativas de los derechos humanos.

 

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¿Qué no es?

Ciertamente no está diseñado para un incremento del pie de fuerza del Estado colombiano, que pudiera implicar alguna injerencia o amenaza a la soberanía o seguridad de alguno de los Estados vecinos. Ni hay fundamento alguno para pensar que el Plan pueda convertir a Colombia en “otro Vietnam”. Las diferencias son abismales. En los años 70s las dos superpotencias del mundo casaron un duelo a muerte en países neurálgicos del Extremo Oriente, como Corea y Vietnam, en donde la Unión Soviética y China apoyaban un Norte comunista y penetraban con fuerzas subversivas hacia el Sur. Estados Unidos asumió la guerra allí como la defensa mundial de unos bastiones de la libertad. No hay ya Guerra Fría; y Colombia no es la plaza fuerte que haya que defender internacionalmente. En un campo de batalla muy lejano, al otro lado del Pacífico, Estados Unidos se implicó con una gigantesca maquinaria bélica y más de 500.000 soldados suyos. En su actual vecindario o “patio trasero”, Estados Unidos no tiene un enemigo apoyado por una superpotencia hostil. Expresamente se ha formulado en el Plan Colombia que no enviará un sólo soldado suyo, más allá de un máximo de 250 asesores y 100 empleados norteamericanos que asistirán a la Policía y Ejército colombianos. Y diferencias enormes son el que Vietnam del sur (que buscaba no ser copado por el comunismo internacional) estaba presidido por un gobierno no-democrático y muy corrupto, y el Vietcong comunista tenía allí un apoyo masivo de la población. En Colombia, los gobiernos son evidentemente democráticos y legítimos; y la subversión armada de origen marxista (15.000 efectivos) no tienen ningún apoyo voluntario de la población, sino el más creciente rechazo de 42 millones de colombianos, como lo expresaron de nuevo en todas las ciudades el pasado domingo 10.

Pero el Plan sí está diseñado, para ayudar a fortalecer la posición negociadora del gobierno colombiano frente a la guerrilla. Más que dañar el incipiente e improvisado “proceso de paz”, le pondrá dientes de metal para que avance como una oruga moderna y no quede atascado al estilo de una yunta de bueyes en un pantano sin fin de “diálogos”en el Caguán. Así lo ha entendido y expresado, en acertado editorial, el Washington Post (31 agosto): “El país debe recuperar el control gubernamental sobre todo su territorio y necesita desarrollar capacidades que le permitan ejercer una presión real sobre las FARC y sus fuentes de dinero de la droga, de modo que las guerrillas no tengan más alternativa que negociar con buena fe”.

Por algo en Colombia las FARC y el ELN saltaron al ruedo inmediatamente tras la aprobación del Plan por el Senado norteamericano y la visita del presidente Clinton a Colombia. La subversión armada, en concubinato con el narcotráfico, está reconociendo que el Plan les está pisando los callos. Están denunciando por todos los medios y con la resonancia de ciertas Ongs, que es “un plan para la guerra” y “que pondrá en peligro el proceso de paz” iniciado. Todo depende de qué están ellas entendiendo por “paz” y si lo que buscan es mantener el ventajismo del actual proceso de “diálogos para la Paz”, como se lo ha venido teniendo por 2 años. Lo que hay ahora, de parte del terrorismo guerrillero, es una patología de hechos de guerra, bajo la capa de palabras de “paz” y un calculado aprovechamiento de la buena e ingenua voluntad de la Administración Pastrana. Es la guerrilla misma la que ha pervertido el “proceso de paz”.

La aplicación del plan no puede producir más violencia de la ya existente. Las acciones bélicas y hostiles de los grupos subversivos contra la sociedad colombiana han alcanzado ya el punto máximo de paroxismo, de sevicia y salvajismo. Una acción bien combinada, fuerte, selectiva e inteligente de la Fuerza Pública colombiana va a ser la contención de tanta desmesura del narcoterrorismo guerrillero, que hará suficiente presión a su desorbitada búsqueda del poder por las armas. Y entonces sí podrán (y deberán) sentarse los actores del conflicto en una mesa de diálogos efectivos y conducentes a una verdadera PAZ.

 

Conclusión

El Plan Colombia es una estrategia efectiva de PAZ para Colombia. Lo que siga de aquí para adelante no puede ser peor a lo existente. Serán pasos para sacar al país de la intimidación y el miedo. Como ha escrito la columnista María Isabel Rueda (Revista “Semana” n 957, 11 de septiembre): “Cuarenta millones de colombianos ven con buenos ojos fortalecer al Ejército con el propósito de que enfrente a los 15 mil guerrilleros que nos tienen desesperados. Pero claro, siempre queda el otro camino. El de hacer la paz a las buenas y cuanto antes. El Plan Colombia contempla ambos caminos. Que los enemigos del Estado colombiano sean los que escojan cuál de los dos caminos quieren “.

18 septiembre de 2000