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el telón de fondo de un Estado colombiano
que viene sufriendo un derrumbe parcial
(que lo hace chantajeable al interior y
al exterior), se puede hacer una lectura
objetiva e imparcial del Plan, que se justifica
plenamente.
¿Qué
es el plan?
Es
un oportuno remolque salvavidas. Es un proyecto
de rescate de la democracia colombiana en
peligro. Democracia que enfrenta simultáneamente
varias amenazas de desestabilización
y hundimiento. Quiere ser una solución
integral y ambiciosa para un problema con
múltiples causas. Intenta: 1°.
fortalecer las instituciones democráticas
del país. 2°. mejorar la capacidad
de acción del gobierno legítimo
en una difícil lucha antinarcóticos
y antiterrorista. 3°. asegurar un mayor
respeto de los derechos humanos, en un país
que ha roto todos los records de violaciones.
4°. propiciar la reactivación
de la economía colombiana, que por
muchos años venía bien aunque
el país andaba mal, pero que ya dió
señales de comenzar a sucumbir ante
la inseguridad y la violencia. Y 5º
un paquete de ayuda social que alivie el
problema de desplazados por la violencia
armada y de campesinos que eventualmente
se verán afectados por una eliminación
más drástica de cultivos de
coca y amapola. El Plan expande las operaciones
antinarcóticos (especialmente al
sur de Colombia: Putumayo, Caquetá,
Vichada) y aumenta la restricción
del tráfico aéreo por la región.
El Plan establece condiciones muy severas
para la salvaguardia de los derechos humanos
(en aplicación del “Leahy Amendment”),
de modo que no se le brindará apoyo
a unidad alguna de las fuerzas de seguridad
acerca de la cual haya evidencia creíble
de que ha cometido violaciones significativas
de los derechos humanos. |
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¿Qué no es?
Ciertamente
no está diseñado para un incremento del
pie de fuerza del Estado colombiano, que
pudiera implicar alguna injerencia o amenaza
a la soberanía o seguridad de alguno de
los Estados vecinos. Ni hay fundamento alguno
para pensar que el Plan pueda convertir
a Colombia en “otro Vietnam”. Las diferencias
son abismales. En los años 70s las dos superpotencias
del mundo casaron un duelo a muerte en países
neurálgicos del Extremo Oriente, como Corea
y Vietnam, en donde la Unión Soviética y
China apoyaban un Norte comunista y penetraban
con fuerzas subversivas hacia el Sur. Estados
Unidos asumió la guerra allí como la defensa
mundial de unos bastiones de la libertad.
No hay ya Guerra Fría; y Colombia no es
la plaza fuerte que haya que defender internacionalmente.
En un campo de batalla muy lejano, al otro
lado del Pacífico, Estados Unidos se implicó
con una gigantesca maquinaria bélica y más
de 500.000 soldados suyos. En su actual
vecindario o “patio trasero”, Estados Unidos
no tiene un enemigo apoyado por una superpotencia
hostil. Expresamente se ha formulado en
el Plan Colombia que no enviará un sólo
soldado suyo, más allá de un máximo de 250
asesores y 100 empleados norteamericanos
que asistirán a la Policía y Ejército colombianos.
Y diferencias enormes son el que Vietnam
del sur (que buscaba no ser copado por el
comunismo internacional) estaba presidido
por un gobierno no-democrático y muy corrupto,
y el Vietcong comunista tenía allí un apoyo
masivo de la población. En Colombia, los
gobiernos son evidentemente democráticos
y legítimos; y la subversión armada de origen
marxista (15.000 efectivos) no tienen ningún
apoyo voluntario de la población, sino el
más creciente rechazo de 42 millones de
colombianos, como lo expresaron de nuevo
en todas las ciudades el pasado domingo
10.
Pero
el Plan sí está diseñado, para ayudar a
fortalecer la posición negociadora del gobierno
colombiano frente a la guerrilla. Más que
dañar el incipiente e improvisado “proceso
de paz”, le pondrá dientes de metal para
que avance como una oruga moderna y no quede
atascado al estilo de una yunta de bueyes
en un pantano sin fin de “diálogos”en el
Caguán. Así lo ha entendido y expresado,
en acertado editorial, el Washington Post
(31 agosto): “El país debe recuperar el
control gubernamental sobre todo su territorio
y necesita desarrollar capacidades que le
permitan ejercer una presión real sobre
las FARC y sus fuentes de dinero de la droga,
de modo que las guerrillas no tengan más
alternativa que negociar con buena fe”.
Por algo en Colombia las FARC y el ELN saltaron
al ruedo inmediatamente tras la aprobación
del Plan por el Senado norteamericano y
la visita del presidente Clinton a Colombia.
La subversión armada, en concubinato con
el narcotráfico, está reconociendo que el
Plan les está pisando los callos. Están
denunciando por todos los medios y con la
resonancia de ciertas Ongs, que es “un plan
para la guerra” y “que pondrá en peligro
el proceso de paz” iniciado. Todo depende
de qué están ellas entendiendo por “paz”
y si lo que buscan es mantener el ventajismo
del actual proceso de “diálogos para la
Paz”, como se lo ha venido teniendo por
2 años. Lo que hay ahora, de parte del terrorismo
guerrillero, es una patología de hechos
de guerra, bajo la capa de palabras de “paz”
y un calculado aprovechamiento de la buena
e ingenua voluntad de la Administración
Pastrana. Es la guerrilla misma la que ha
pervertido el “proceso de paz”.
La
aplicación del plan no puede producir más
violencia de la ya existente. Las acciones
bélicas y hostiles de los grupos subversivos
contra la sociedad colombiana han alcanzado
ya el punto máximo de paroxismo, de sevicia
y salvajismo. Una acción bien combinada,
fuerte, selectiva e inteligente de la Fuerza
Pública colombiana va a ser la contención
de tanta desmesura del narcoterrorismo guerrillero,
que hará suficiente presión a su desorbitada
búsqueda del poder por las armas. Y entonces
sí podrán (y deberán) sentarse los actores
del conflicto en una mesa de diálogos efectivos
y conducentes a una verdadera PAZ.
Conclusión
El
Plan Colombia es una estrategia efectiva
de PAZ para Colombia. Lo que siga de aquí
para adelante no puede ser peor a lo existente.
Serán pasos para sacar al país de la intimidación
y el miedo. Como ha escrito la columnista
María Isabel Rueda (Revista “Semana” n 957,
11 de septiembre): “Cuarenta millones de
colombianos ven con buenos ojos fortalecer
al Ejército con el propósito de que enfrente
a los 15 mil guerrilleros que nos tienen
desesperados. Pero claro, siempre queda
el otro camino. El de hacer la paz a las
buenas y cuanto antes. El Plan Colombia
contempla ambos caminos. Que los enemigos
del Estado colombiano sean los que escojan
cuál de los dos caminos quieren “.
18
septiembre de 2000 |