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la coyuntura difícil por la que atraviesa
Colombia (cuando poderes paralelos al Estado
afectan su gobernabilidad), hace su aparición
-como oportuno remolque salvavidas- un proyecto
de rescate de la democracia en peligro.
La injerencia de EUA en los asuntos de Colombia
se mantiene, pero ha cambiado de signo.
De una “diplomacia coercitiva” que intentó
sacar del poder al presidente Samper (liberal),
se ha pasado a una “diplomacia amistosa”
que busca apuntalar la gobernabilidad de
la administración Pastrana (conservador).
Quedaron atrás los años de mutuo recelo
y desconfianza. Y se ha puesto en marcha
un compromiso estratégico de largo plazo
entre Washington y Bogotá. El Plan Colombia
quiere ser una solución integral y ambiciosa
para un problema con múltiples causas. Busca
un apoyo de la comunidad internacional,
no sólo en la obtención de recursos, sino
en el respaldo político que facilite a Colombia
su gobernabilidad con el fortalecimiento
de sus instituciones. El Plan —a la vez
y con un mismo aliento— va a favorecer:
1) la gobernabilidad interior del país frente
a los dos agentes más deletéreos (narcotráfico
y guerrilla) y 2) los legítimos intereses
de Estados Unidos y la Unión Europea para
una acción mucho más efectiva contra la
peste mundial de la droga. |
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Características del plan
El
Plan integral contempla una inversión
de $ 7.500 millones de dólares. Colombia
aporta recursos propios del orden de $ 4.000
millones, EUA los ya aprobados y en la reunión
de Donantes del Grupo de Apoyo a Colombia
en Madrid (6 y 7 de julio), bajo los auspicios
del Gobierno de España, de las Naciones
Unidas y del Banco Interamericano de Desarrollo
(BID), se concretó un significativo
aporte de los países europeos para
ir redondeando el resto de $ 2.181 millones.
Es posible que el Plan se le haya impuesto
a la administración Pastrana más
por presión de la opinión
nacional colombiana y de la opinión
norteamericana, que por convicción
propia, puesto que implica un viraje fuerte
en la forma como estaba llevando el proceso
de paz e implica la adopción de más
efectivas acciones antidrogas. De todos
modos, el gobierno de Pastrana anunció
el Plan como política suya de Estado
en noviembre 1998; desde abril del 99 lo
cocinó y armó cuidadosamente
con ayuda de expertos de su entorno; y lo
supo vender exitosamente a Estados Unidos
y Comunidad europea, hasta obtener su aprobación
por el Senado de EUA el pasado 23 de junio,
con una votación de 95 votos a favor
y sólo 4 en contra. Se destaca positivamente
la intensa e inteligente actividad diplomática
desplegada por Colombia hacia organismos
claves y personajes de Estados Unidos y
Europa. Dicha actividad estuvo coordinada
desde Washington por la joven pareja conformada
por el embajador colombiano, Luis Alberto
Moreno y su esposa Febres Cordero, venezolana.
Ellos organizaron 46 viajes de altos funcionarios
colombianos a Estados Unidos para que justificaran
y explicaran la propuesta. Invitaron a la
Secretaria de Estado, Madelaine Albright,
y a medio centenar de congresistas a Colombia.
Ofrecieron decenas de recepciones en su
casa, por la que desfilaron pesos pesados
del Congreso norteamericano; y lograron
que el mismo presidente Clínton se
implicara personalmente en la propuesta,
que hizo suya en el Discurso del estado
de la Unión y luego en la solicitud
urgente al Congreso de EUA el 8 de enero
pasado. La reciente aprobación del
Plan para el que EUA otorga inmediatamente
$ 1.319 millones de dólares, se ha
considerado una importante victoria político-diplomática
del gobierno colombiano.
Componentes
del plan
Los
componentes del Plan están orientados
a enfrentar los 5 desafíos más
apremiantes que tiene Colombia planteados:
y fortalecer las instituciones democráticas
del país, y mejorar la capacidad
de acción del gobierno en la lucha
antinarcóticos y antiterrorista,
y asegurar un mayor respeto de los derechos
humanos, propiciar la reactivación
de la economía colombiana, y un paquete
de ayuda social que alivie el problema de
los desplazados por la violencia armada
y de los campesinos afectados por la eliminación
drástica de cultivos de coca y amapola.
El Plan expande las operaciones antinarcóticos
(especialmente al sur de Colombia donde
tienen las FARC sus mejores asentamientos)
y aumenta la restricción del tráfico
aéreo por la región. Asimismo
ataca en forma directa la fuente de financiamiento
(en un 70%) de las guerrillas y las autodefensas,
en tanto que prosigan en el contubernio
que han tenido hasta ahora con el narcotráfico.
Asegura en forma inmediata la entrega de
30 helicópteros Blackhawk y 33 Huey
repotenciados, que serán de gran
utilidad para la Policía en la lucha
antínarcóticos y antiterrorismo.
El Plan establece condiciones muy severas
para la salvaguardia de los derechos humanos
(en aplicación del “Leahy Amendment”),
de modo que no se le brindará apoyo
a ninguna unidad de las fuerzas de seguridad
colombianas acerca de la cual haya evidencia
creíble de que ha cometido violaciones
significativas de los derechos humanos.
El Plan excluye el uso de las fuerzas armadas
de los Estados Unidos; contempla la presencia
solamente de un máximo de 250 asesores
militares y 100 empleados norteamericanos.
Nos atrevemos a pensar que el Plan, tal
como está equilibradamente diseñado,
puede ayudar a fortalecer la posición
negociadora del gobierno colombiano frente
a la guerrilla, y más que dañar
el incipiente e improvisado proceso de paz,
le pondrá dientes de metal para que
avance como una oruga y no quede atascado
en el lodo. “Si quieres la paz, prepara
la guerra” (Si vis pacem, para bellum!),
ha expresado la sabiduría de todos
los pueblos y épocas, cuando están
de por medio negociaciones realmente conducentes
a una paz.
En
Europa, en contraste con un apoyo entusiasta
y generoso de Inglaterra, España
e Italia al Plan, países como Holanda,
Bélgica y algunas Ongs se han mostrado
reticentes por el componente militar que
conlleva. Y en Colombia ya han saltado al
ruedo las FARC, denunciando que es “un
plan para la guerra” y “que
pondrá en peligro el proceso de paz”
iniciado. Todo depende de qué están
ellas entendiendo por “Paz”
y por el actual proceso de diálogos
para la Paz, como se ha venido teniendo
por 2 años. Pues no se han visto
hechos de paz por parte de las guerrillas,
sino más bien un recrudecimiento
de todas las formas de terrorismo, secuestro
y violaciones del Derecho Internacional
Humanitario.
“Palabras
de paz y hechos de guerra” es lo que
ha habido hasta ahora por parte de las FARC
y el ELN. Es la guerrilla la que ha pervertido
el proceso de paz, dándole un uso
criminal múltiple a la extensa región
del Caguán, que el gobierno colombiano
despejó generosamente con la única
finalidad de facilitar unos diálogos
verdaderamente constructivos para la Paz.
Una Paz real y no de palabras, que anhelan
y reclaman con justicia 44 millones de colombianos
frente a una minoría armada de 20.000
violentos obstinados.
10 julio 2000 |