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pasada columna, registrábamos un proceso
de “paz” que en Colombia está hoy patas
arriba. El país está cansado y desengañado
de un proceso que no ha hecho sino favorecer
a unas guerrillas prepotentes, sin voluntad
sincera de Paz, que han incrementado hasta
el paroxismo la “guerra” contra las instituciones
democráticas y la sociedad civil inerme.
Terminábamos afirmando que el país político
y el país nacional quieren un cambio de
rumbo y que se le exija pronto a las guerrillas
hechos de Paz, que conduzcan al ingreso
de la insurgencia a los cauces constitucionales,
y no continuar con las simples palabras
y los pretextos interminables, que se congelan
y descongelan a capricho.
Hoy
registramos, con satisfacción, tres hechos,
que se han dado durante la semana.
1° La gente que quiere a Colombia ha resuelto
unirse y tomar el minotauro de la violencia
por los cuernos, sin esperar a que llegue
un hipotético salvador, tipo Fujimori o
Chávez Frías.
2° El presidente Pastrana, cuya Administración
venía mostrando un himen demasiado complaciente
con “Tiro Fijo”, ante la creciente pérdida
de liderazgo y legitimidad, resolvió dar
un viraje en la conducción de la “polis”,
aprovechando la unilateral y sorpresiva
decisión de las FARC de “congelar” los diálogos
de paz. La guerrilla cometió un grave error
de cálculo al no tener en cuenta que el
próximo 7 de diciembre vence la prórroga
del despeje de 42.000 km2 a que había accedido
el gobierno de Pastrana con la única finalidad
de facilitar unas negociaciones realmente
conducentes a hechos de Paz. 3) El ‘Plan
Colombia’ recibe, así, un espaldarazo como
la Estrategia adecuada para que el Estado
colombiano recupere el legítimo monopolio
de la Ley, de la Fuerza y del Tributo en
su territorio. El Plan, en consecuencia,
debe desalentar (con sus Fuerzas Armadas
bien robustecidas y financiadas) a esa minoría
de violentos que siguen obstinados en imponer
por el terror y las armas lo que no pueden
lograr a las buenas y con los votos, por
carecer de apoyo popular. |
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Querer a Colombia
Para
un venezolano o colombiano residente en
este bello país es imposible vivenciar
la tragedia diurna y nocturna que se abate
sobre 42millones de colombianos por ese
bombardeo de acciones criminales indiscriminadas
a que los tienen sometidos 20.000 hombres
en armas fuera de la Ley. El costo anual
del conflicto armado en Colombia equivale
a los daños del terremoto que destruyó
Armenia (capital del Quindío) en
enero 1999. Y coincide con el costo global
de la tragedia que soportó Vargas
y el Litoral venezolano hace casi un año.
Según estimativos de Planeación
Nacional de Colombia, los daños materiales
cada año (sin contar los morales)
corresponden a US $ 2.500 millones de dólares.
El equivalente al 2.5% del PIB. Es decir,
Colombia soporta cada año, por la
acción de la violencia organizada,
una tragedia Vargas.
Para
un colombiano que todavía ama a su tierra,
su gente, su historia, sus tradiciones,
resulta difícil entender que se quiere a
Colombia dañando sistemáticamente su infraestructura
vial, energética, comunicacional, que afecta
a toda la población, más a los pobres que
a los ricos. Resulta una contradicción que
desplazar ganaderos, agroindustriales y
campesinos de las fincas sea propiciar una
mayor producción de alimentos para aliviar
el hambre del pueblo. No es de buen recibo
que secuestrar diariamente 10 personas (afectando
al menos 100 familias cercanas) sea trabajar
por la paz, dar tranquilidad al país. No
es el camino correcto el amenazar con chantaje
y extorsión a empresas nacionales e internacionales
como forma de atraer inversiones, de que
tanto necesita hoy cualquier economía. Es
sarcástico pregonar que caerle con bombonas
de gas (repletas de explosivos) a caceríos
y pueblos con unos pocos vigilantes policias
sea fomentar una mayor justicia social.
¿Es esto querer a Colombia?
El
viraje necesario
Con
el portazo que las FARC le dieron al presidente
Pastrana (a quien ayudaron a elegir y quien
a su turno se había jugado todo por ellas),
a éste no le quedó más remedio que convocar
al país. Y el país entero respondió como
un sólo hombre, creando un Frente Común
por la Paz y contra la Violencia, orientado
hacia hechos concretos, que quedó formalizado
en la reunión en el Palacio de Nariño el
pasado 15. Allí se dieron cita la oposición
Liberal, movimientos políticos independientes
como el de Noemí Sanín y el Frente Social-Político
del dirigente sindical Luis Eduardo Garzón,
las Ongs de paz, los gremios de empresarios,
trabajadores, transportistas, Federación
Nacional de Ganaderos, la Iglesia Católica
y otras fuerzas vivas. En la entrevista
que el diario español de Madrid, el ABC,
hizo al Presidente de Colombia la semana
pasada, éste puntualiza que “si se ha
perdido confianza en el proceso de paz ha
sido por culpa de la guerrilla, y no del
gobierno”. Desbarata el recurso fácil
de declarar que Colombia se “vietnamiza”:
“Ni ‘Tiro Fijo’ ni ‘Jojoy’ son Ho-Chi.Minh.
El Vietcong alcanzó un respaldo del 50 por
ciento de la población alrededor de su proceso
independentista, mientras que el respaldo
a las Farc no pasa del 3 por ciento. Lo
que hace que las Farc permanezcan como grupo
insurgente son los recursos del narcotráfico”.
Y ante la pataleta de las Farc por la visita
que el Ministro del Interior, Humberto de
la Calle, hizo a Carlos Castaño, la comentarista
María Isabel Rueda señala que ella sólo
sirve a aumentar velozmente la ‘castañización’
del país, que encuentra que el jefe de las
Autodefensas dice lo que tantos colombianos
del montón quieren escuchar.
Respaldo
al Plan Colombia
Todo
lo anterior confirma en la inmensa mayoría
de los colombianos la bondad de un Plan,
hecho en Colombia y financiado en un 60%
con dineros del presupuesto colombiano,
como estrategia conducente a mediano plazo
a la recuperación por el Estado de sus instituciones
democráticas, frente a dos enemigos deletéreos
y muy ligados entre sí, el narcotráfico
y las guerrillas, empeñados en descuadernar
al país. Directamente el Plan no tiene por
qué afectar a sus vecinos. Debe conducir
a que con una mayor presión de las Fuerzas
Armadas legítimas -presión selectiva, inteligente
y proporcionada-, que disminuya la actual
arrogancia de la guerrilla, se faciliten
posteriormente unos reales compromisos por
una verdadera paz, con cesación de fuego
y de hostilidades contra la sociedad civil.
No hay que tenerle miedo a este fortalecimiento
de las condiciones de Paz. Miedo y pánico
habría que tenerle a que se instalara en
la vecina Colombia un régimen marxista,
anacrónico y sanguinario, como el de Pol-Pot
en Cambodia con todos sus genocidios; u
otro eventual de una toma de poder al estilo
de los feroces guerrilleros tamiles en Sri
Lanka (antigua Ceylán).
27
noviembre 2000 |