El Brasil de 'Lula'
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Entre el cambio y la continuidad

Lo que está sucediendo en Brasil desafía el análisis político y exige un gran esfuerzo de reflexión para tratar de acertar. A juicio de Carlos E. Carvalho, economista brasileño, profesor de la Pontificia Universidade Católica de Sao Paulo, “se estaría cristalizando la mayor paradoja de la historia política brasileña: el caso notable de ser elegido un presidente por la izquierda y gobernar por y con la derecha”. Se ha dado un cambio de timón espectacular. El alineamiento del gobierno de ‘Lula’ con los principios, propuestas y políticas criticadas durante años produce gran sorpresa a la luz de la victoria holgada que logró en las elecciones el candidato de las izquierdas. Bien ha advertido J. Knoop, sociólogo alemán, quien por cinco años fue director del Ildes-FES de Sao Paulo: “quienes criticaron la gestión de Cardoso desde la perspectiva anti neoliberal -un amplio arco de la izquierda tradicional, críticos de la globalización y movimientos sociales- ven ahora que el gobierno de Lula, ex obrero metalúrgico, ex sindicalista y fundador del mayor partido de la izquierda latinoamericana, parece definir los problemas estructurales y coyunturales del Brasil de una manera muy similar a como lo había hecho su antecesor, y lo que es aún peor, receta la misma medicina para resolverlos: superávit primario, control de la inflación, disciplina fiscal y la urgencia de reformas del sistema de pensiones y tributario”.

 

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UNA ESTRATEGIA EXITOSA

Para llegar al poder nacional, tras los tres intentos fallidos en 1990, 1994 y 1998, el PT y su candidato Lula esta vez acertaron. Esperaron a que nuevos dirigentes accedieran a puestos de dirección después de exitosas gestiones administrativas locales; a que la corriente interna del partido favorable a un “asalto al poder” y no pagar la deuda externa como solución a todos los males cediera frente a la corriente moderada de asumir la administración pública dentro de los parámetros del sistema; y a que disminuyera el “efecto anti-Lula” con su imagen como enemigo de la libre empresa y peligroso para la nación, sobre todo en la poderosa región ultraconservadora de Sao Paulo. El PT y su candidato presidencial dejaron atrás la retórica efervescente de un imaginario social guiado por un compromiso más emocional que racional con los problemas estructurales del país y netamente adverso al sector empresarial. Abandonaron el discurso simplista de políticas contestatarias y se prepararon para gobernar. Crearon el Instituto de la Ciudadanía, un centro de reflexión o laboratorio intelectual, que elaboró un programa de gobierno consistente, con la ayuda de los mejores académicos de dentro y fuera del PT. Y la Carta al Pueblo Brasileño ayudó a tranquilizar a los inversionistas extranjeros reafirmando el compromiso del PT con el pago de la deuda interna y externa, el control inflacionario, la independencia del Banco Central y la disciplina fiscal. Hasta aquí se podría decir que el nuevo discurso fue un pragmático e inteligente recurso para llegar al poder.

 

UNA REALIDAD DESAFIANTE

Pero obtenido el poder, había que enfrentar la dura tarea de gobernar bien el país, como lo habían prometido. El pragmatismo adoptado había que extenderlo más allá de las elecciones. No había por qué interferir una buena “gobernanza” con elementos ideológicos, revolucionarismos desuetos, y teorías ya barridas por la historia reciente. Desde el comienzo del 2003 se emitieron señales claras de que se iniciaría efectivamente el cambio, pero con continuidad y sin rupturas con todo lo bueno que se había logrado en los ocho años anteriores (a pesar de criticados por el mismo PT). Así se interpretaron la transición ordenada y coordinada entre el gobierno saliente y el entrante; el nombramiento del ex banquero (del Bank Boston) Enrique Meirelles como presidente del Banco Central, así como la presentación de un gabinete ministerial de excelencia. La señal fue doble: por un lado un mensaje de calma hacia “los mercados”, y por el otro un mensaje que no podía menos que inquietar y descorazonar a quienes esperaban políticas más radicales de ultraizquierda. Los meses que ya lleva de gestión Lula da Silva siguen confirmando su concepto de tiempo y de gradualidad para hacer las cosas, nada parecido con el impaciente y furibundo discurso de los ultrosos de izquierda. “¿Por que eu vou fazer as coisas com pressa?”, dijo Lula en su lenguaje colorido a los obreros de la fábrica de Daimler-Chrysler en marzo de 2003.

Dos son los programas bandera ya iniciados por el gobierno de Lula. El uno, el de reforma provisional, retomado en el punto donde el gobierno de Cardoso había fracasado. Su objetivo es el cambio del sistema de jubilaciones y pensiones de los empleados públicos. Implica una reducción drástica de los beneficios hasta ahora recibidos por los segmentos más elevados del Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Reforma propuesta en nombre de la equidad y del equilibrio financiero del sistema pensional. Con fuerte reacción de los sectores antes privilegiados, su éxito está garantizado por los nuevos beneficiados. El otro, más publicitado y con mayor eco en los medios mundiales de comunicación y foros internacionales, es el programa Hambre-Cero, que busca ser un programa de transferencia condicionada de ingresos, apelando a la solidaridad de quienes tienen en la sociedad con quienes no tienen nada. Se le ha criticado que ha habido errores en el diagnóstico de la realidad; que se ha fallado en la implementación adecuada en un proceso muy lento y dispendioso de inclusión de familias en la tarjeta alimentaria; que sus resultados siguen siendo muy modestos. Pero no hay duda del compromiso social del gobierno de Lula y de que éste podrá dar cuenta de tan gigante desafío.

En la política exterior brasileña, Lula también va dando muestras de continuidad y cambio. No representa una ruptura o inflexión con la acción diplomática de Cardoso, que estuvo definida alrededor de tres grandes líneas: 1) la definición de un proyecto regional brasileño; 2) la obtención de mejores condiciones de acceso y apertura de nuevos mercados, y 3) la construcción de nuevas alianzas internacionales (la semana pasada estuvo trabajando inteligentemente la alianza con China). Pero, a la vez, su política exterior va presentando rasgos distintivos en la instrumentalización de sus objetivos y prioridades, en la asertividad que pone a su promoción, y ese carisma personal que lo caracteriza con su mezcla de sentido común, sencillez de lenguaje, colorido popular y coherencia entre lo que dice y hace.

Conclusión. En su discurso de toma de posesión, el presidente Lula señaló como principal prioridad “la construcción de una América del Sur políticamente estable, próspera y justa”. Señala la ruta cuando busca hacer de Brasil una democracia eficaz y eficiente, y da el ejemplo personal cuando desde el gobierno negocia “gobernabilidad” con todos sus gobernados.


31 mayo 2004