A la cuarta va la vencida
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Sin conocer todavía los resultados finales de la importante elección presidencial de ayer domingo en Brasil, podemos sin embargo aventurar –con fundamento- la hipótesis de una clara victoria de Luiz Inácio ‘Lula’) da Silva por más del 50°/o de votos, al estilo de lo que fue la victoria de Uribe Vélez en Colombia, en la primera vuelta. A ambos favorecía en las encuestas preelectorales un 48% de intención de voto, que aventajaba la suma de voto de todos sus contrincantes. La ley de ‘economía del voto’, por el arrastre que ejerce el candidato que ya se aprecia como ganador y el ahorrar un ingente gasto (económico y político) de una segunda vuelta para el país, produce una desbandada de votos e invita a muchos electores a pasar, la víspera, la raya del 50% requerido. Muy razonablemente se apuesta a ganador.

 

Brasil un gigante en apuros

Brasil es un gigante que comienza a desperezarse, como también China, para iniciar una gran figuración mundial en este milenio. En su territorio de 8.547.404 km2 caben con holgura 9 Venezuelas y su población es 6 veces mayor que la nuestra. Su producto interno bruto (PIB) es de 700.000 millones de dólares. Representa el 45% del PIB latinoamericano. Brasil es la novena economía del mundo. Su potencial es incalculable. Pero este inmenso mosaico ofrece dos caras, dos dimensiones contrapuestas de una misma realidad, que invita a hablar de dos Brasil, ambos impresionantes. Está el Brasil de la gran riqueza y el Brasil de la más deprimente miseria.

 

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La Conferencia Nacional de Obispos de Brasil (CNNB) ha denunciado esta realidad bifronte: “Vivimos en un país con las mayores desigualdades del mundo... Un país fracturado, fragmentado, dividido, fundamentalmente desigual. Un país con islas de excelencia, rodeadas por un mar de marginación social, hambre, enfermedades endémicas, sequía, desempleo, gente sin tierra y sin techo’. El último Informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) señala que el 63% de los brasileños están ‘excluidos’ de un buen nivel de vida: de ellos 15 millones viven en pobreza y 2.5 millones en miseria total. “Brasil no es ni primero ni segundo ni tercer mundo. A veces es primero, segundo y tercer mundo, simultáneamente” (Olivetto). Brasil sigue siendo una bomba de tiempo, a punto de estallar. Ya lo era hace 4 años, cuando Lula utilizó dicho icono en su página web de campaña. En el centro del círculo la palabra ‘crisis’. Un click para ver las terribles cifras. Y otro click para sus propuestas desde la izquierda. La deuda pública, que en 1995 era de 60.000 millones de reales ha pasado a ser de 624.000 millones, equivalente al 55% del PIB. La deuda externa ronda los $172.000 millones de dólares, con tipos de interés en los mercados del 23% y un pago de intereses que supone el 8.5% del PIB. Brasil, sin embargo, no es Argentina, por sus muy diferentes sistemas institucionales. No hay riesgo de que Brasil declare un ‘default’ en sus pagos y menos cuando acaba de recibir ingente ayuda internacional de $ 30.000 millones de dólares. Como sea, el nuevo presidente de Brasil tendrá que desactivar la gigantesca bomba, prendiendo una vela a Dios y otra al Diablo. Debe cumplir sus promesas a los millones de ‘excluidos’ -sobre los que ha apoyado su victoria-, y a la vez, tiene que tranquilizar a los empresarios, al FMI, a Estados Unidos, a los mercados financieros. Tarea titánica.

 

Un candidato popular

‘Lula’ lo es por su origen humilde y su lucha sindicalista. Llegó del campo a Sao Paulo, vendió naranjas a los siete años, trabajó en una fabrica metalúrgica y comenzó en 1978 a promover las huelgas que ayudaron a tumbar la dictadura militar. En 1980 fundó el PT, Partido de los Trabajadores, el primero de corte laborista en las Américas, siguiendo las huellas del que ha tenido tanta figuración en Inglaterra. En 1983 contribuyó a la creación de la primera central sindical independiente (Central Unica de los Trabajadores). Por tres veces buscó anteriormente la presidencia, que le fue esquiva por su imagen de izquierdista recalcitrante. En esta cuarta oportunidad enfatizó: “Quiero demostrar que es posible que un tornero mecánico logre en este país lo que la élite brasileña no consiguió”. En frase de Semana, “ese hombre tosco y carismático, al que le falta un dedo y la educación universitaria, habrá desplazado a la clase dirigente del gigante suramericano”. Para ello -con pragmatismo y habilidad táctica-, ‘Lula’ da Silva ha debido suavizar su imagen pública anterior, sellar acuerdos electorales y proponer un programa de gobierno aceptable para los dos Brasil, es decir tranquilizador. Duda Mendonca, su asesor de marketing, convirtió el ogro izquierdista en un abuelo razonable de 57 años, barba mesurada, mirada dulce, corbatas francesas y verbo ponderado. “Lulinha no quiere pelea. Lulinha quiere paz y amor”. Selló un gran acuerdo electoral con el Partido Liberal, de derecha, y escogió al senador liberal José Alencar, magnate de la industria textil, como su compañero de fórmula para vicepresidente. Su programa de gobierno (“Brasil para todos”, 88 páginas) no es socialista, sino gira todo alrededor de un eje central: hacer que Brasil funcione, que el capitalismo brasileño se deslastre de impedimentos y avance a todo motor. ‘Lula’ ha prometido cumplir los compromisos internacionales y mantener los buenos planes del gobierno Cardozo. Promete el cambio, “porque Brasil tiene condiciones para cambiar”. Y subraya frente a los todavía escépticos que nadie está pidiendo mucho, como para que teman que va a desencadenar una evolución. “Este pueblo que está aquí no pide mucho. Apenas quiere el derecho al trabajo, a la vivienda, al estudio, a la cultura y al deporte. No pide nada más de lo que ya está en la Biblia, en la Constitución, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Aquí no hay un Pueblo que quiere más, sino un Gobierno que da menos de lo que el Pueblo tiene derecho”. ¡Buen viento y buena mar! Parodiamos a Carlos Montero, profesor y analista de Globo News, cuando afirmamos que ‘Lula’ da Silva no es un incendiario ni hará explotar en sus manos la bomba de tiempo que es la actual economía brasileña. Pensamos que más bien, actuará como bombero y desactivador de los mecanismos que pudieran amenazar el futuro de Brasil. Este país gigante con visión continental, es conciente de su identidad, está orgulloso de ella y por lo mismo elude cualquier otra identidad global que la distorsione. Imposible pensar en un Brasil que busque engrosar el “eje del Mal” contra Estados Unidos o boicotear desde el Mercosur el proceso de integración de las Américas. Así ha actuado siempre en deporte (como pentacampeón mundial de fútbol), en cultura, en música y en política. Y seguirá siendo el mismo bajo diferente conducción y otro estilo político, pero democrático.

7 octubre 2002