Así
tituló hace 20 años un libro
el presidente actual de Bolivia, Carlos
Mesa. Por esas paradojas de la historia,
está él atravesando dicha
situación, a pesar de la buena voluntad
y espíritu de diálogo que
aplicó en sus 18 meses como gobernante
legítimo, designado por el Congreso,
tras la renuncia del presidente Sánchez
de Lozada. Todo es grande en Bolivia: su
naturaleza variada de cumbres, ríos
y selvas; su gente indígena (“raza
de bronce” la designó Alcides
Arguedas); sus reservas mineras. Pero también
son grandes sus vicisitudes patrias y sus
desafíos, que hoy tocan ya un nivel
intolerable. Bolivia es “una dura
realidad, que en su seno abriga una gran
esperanza”, en frase de Díez
de Medina en la famosa obra boliviana “Thunupa”.
Gobernabilidad
Bolivia
es, en esta coyuntura, la vitrina patética
de un fenómeno que comienza a ser
recurrente en varios de nuestros países
al sur de Río Grande. Hay una generalizada
debilidad institucional. Hay desencuentro
entre democracia y gobernabilidad. Referida
a la conducción del Estado, entendemos
por gobernabilidad la capacidad y la calidad
del desempeño gubernamental, habida
cuenta de los requerimientos y voluntad
de los gobernados. La gobernabilidad hace
referencia a la institucionalidad estatal
y a las relaciones entre el Estado y la
sociedad civil. Se refiere al manejo de
las instancias de gobierno, pero también
a las demandas sociales, a los mecanismos
de legitimación política y
a la estabilidad del sistema. |
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Gobernabilidad
en caída libre
Hasta
2003, la cuestión pendiente en Bolivia
consistía en cómo restablecer
ciertas prácticas ya usadas para
impedir el desborde de la sociedad civil
sobre el orden estatal y político
o en tratar de establecer nuevos canales
institucionales de procesamiento de las
diferencias. Pero en febrero de 2003 hubo
un enfrentamiento entre la Policía
y las FFAA, que mostró la enorme
debilidad del aparato estatal; y en octubre,
la llamada “guerra del gas”
sacó a luz la fuerza de los actores
populares, potenció el conflicto
social y evidenció el proceso de
ingobernabilidad. La política fue
estrechando cada vez más sus espacios
de acción. Por un lado, acciones
de violencia militar; por otro lado, la
toma de la calle y de las carreteras por
parte de las masas, bastante dispersas y
anarquizadas, unas más radicales
que otras. La coalición (MNR, MIR,
NFR) que apoyaba a Sánchez de Lozada
(empresario minero, partidario de la inversión
privada y menor papel del Estado) se fracturó
y evadió los problemas reales de
la sociedad emergente. Mesa ha tenido que
manejar los graves desafíos apoyado
en su capacidad mediática, pero sin
el respaldo de una mayoría parlamentaria
coherente y confiable. Y se va observando
un debilitamiento progresivo del presidente,
que va llegando a un nivel crítico.
En este momento carece de apoyos. Ha negado
sin embargo que piense renunciar y confía
en que podrá guiar como timonel la
nave del ejecutivo hasta agosto del 2007,
sin que haya que recurrir a elecciones anticipadas.
Y así lo han ratificado las FFAA.
Pero son graves y acuciantes los problemas
por resolver en la presente coyuntura crítica.
Problemas
acuciantes
1. Ley de hidrocarburos
El
petróleo y el gas son los principales
recursos económicos de Bolivia, con
abundantes reservas todavía no explotadas.
Tras el referendum que dio luz verde, 10
meses de debates condujeron a la nueva Ley
que fue aprobada en mayo por el Congreso.
El presidente Mesa se tomó 10 días
y la devolvió al poder legislativo
sin objetarla ni aprobarla. El presidente
del Congreso, Hormando Vaca Díez,
la promulgó el pasado 17, afirmando
que “esta ley es perfectible, pero
es mejor que la vigente”. La ley que
regula un sector clave en donde se centra
la pugna por el poder económico y
político, ha provocado un profundo
malestar social, empresarial y político.
Las compañías petroleras foráneas
deben entregar un 18% de regalía
y un 34% sobre los beneficios, fiscalmente
deducibles y han manifestado que se desalientan
fuertemente las gigantescas inversiones
que la industria debe hacer. Por otro lado,
los grupos y movimientos sociales, algunos
muy radicales (más propensos a la
agitación y sin calcular el riesgo
de matar “la gallinita de los huevos
de oro”) ya están exigiendo
reforma de la ley para una total nacionalización
de la gran empresa YPFB (Yacimientos Petrolíferos
Fiscales Bolivianos) y subir a 50% la entrega
de los beneficios, sin que dicha carga fiscal
sea deducible para las empresas. Bien ha
advertido Carlos Alberto López que
“en Bolivia nos repartimos el gas
antes de sacarlo, y para eso se necesita
una inversión de 1.800 millones de
dólares que, con la nueva ley, difícilmente
obtendremos”.
2.
Referendum autonómico
Simultáneamente se viene gestando
un movimiento autonomista (¿separatista?)
en las dos provincias más ricas del
este boliviano(Santa Cruz y Tarija) que
tienen mejor minería, ganadería
y agricultura que el resto del país.
El Comité Cívico de Santa
Cruz ya señaló, por su cuenta,
la fecha del próximo 12 de agosto
para la consulta, que fraccionaría
el país del gran Mariscal Sucre.
3.
Asamblea Constituyente
A grandes males, grandes remedios. Para
acabar de complicar la situación
política (según unos) o para
agarrar por los cuernos al minotauro (según
otros), se intentaría una solución
global a los grandes problemas de desarrollo
y democracia, con la propuesta de una nueva
Constitución. El país debe
recuperar su dinámica social y estructurar
una democracia moderna. Pero refundar la
República y darle estabilidad en
un país en el que la eternidad del
Illimani parece componerse de interinatos
sucesivos es una tarea de largo aliento.
Ni la agenda está bien diseñada
ni consensuada y no se ve todavía
quiénes puedan ser los agentes para
llevarla a buen término. Es posible
que Carlos Mesa, a pesar de sus dubitaciones
y aparente debilidad, sea capaz de liderar
el proceso de transición -como un
nuevo Moisés- hasta avistar en lontananza
la Tierra Prometida a los bolivianos. |