En 1991, Nicolás
Shumway, de la Universidad de Yale, publicó
un interesante estudio que tituló
“The Invention of Argentina”.
Parte del hecho de que a comienzos de
siglo, Argentina aparecía ante
el resto del mundo como un país
en rápido y seguro crecimiento
por sus recursos naturales, por su gran
capacidad productiva, por la homogeneidad
predominantemente europea de su población
y por la aparente firmeza de sus instituciones
políticas. ¿Qué pasó
después, en períodos traumáticos,
que el cántaro de los cálculos
optimistas se le rompió por el
camino a la bella lechera de la pampa?
El estudioso de Yale maneja la hipótesis
de la vieja contradicción que suele
darse (el caso de Argentina no es el único)
entre la realidad histórica y la
ficción política. Al recorrer
la historia de la Argentina, después
de la independencia hasta fines del siglo
pasado, el profesor Shumway encuentra
una contradicción abierta entre
la realidad política y social del
país y las instituciones que se
pretendía imponerle y que la llevaron
fatalmente a ser una especie de nación
en guerra consigo misma. El autor reexamina
la evolución argentina desde Rosas
hasta Mitre. Se quisieron imponer las
instituciones y las ideologías
europeas liberales por lo partidarios
de la modernidad, repudiando el mundo
tradicional que encarnaba el gaucho. No
quiere decir el autor que Argentina debía
haber quedado encadenada, con muy pocos
cambios, a una realidad tradicional y
vetusta (la que encarnó Rosas),
sino que en lugar de plantear la lucha
en términos radicales de ”civilización
o barbarie” (Sarmiento), se debería
haber intentado armonizar una mentalidad
colectiva (una “guiding–fiction”
la llama Shumway). Se hizo mal en haber
impuesto una abstracción intelectual,
importada de Europa, contra la que protesta
amargamente Martín Fierro. Para
él, todo seguirá mal “hasta
que venga algún criollo en esta
tierra a mandar”.
EL ACTUAL ESCENARIO
POLITICO
Uno puede tener varias
visiones de Argentina. Hay bases para
seguir viéndola como un país
europeizado, culto y desarrollado. Puede
vérsela, a través de los
ojos de Jorge Luis Borges y Julio Cortázar,
como un país seguro de sí
mismo, con una clase media vigorosa, fértiles
campiñas y energía nuclear.
Y más recientemente se la ha comenzado
a ver como el país de la convertibilidad
(1 peso=1 dólar), gracias a la
cual, de una inflación que en 1989
llegó al vértigo de 4923%
y en 1990 a 1343,9% bajó a sólo
el 0.1% en 1996; país de ágil
modernización; país que
es la pieza clave del prometedor Mercosur.
Pero la visión del país
que deja Menem no deja de ser inquietante,
para propios y extraños. Hay una
situación económica preocupante;
un índice muy alto de desempleo;
un desencanto de la sociedad frente a
la corrupción generalizada, frente
a los escándalos que golpean a
altas figuras de funcionarios estatales,
de las Fuerzas Armadas y de la clase política;
un rechazo de grandes sectores a la conducción
del Estado, por las desigualdades creadas
y el desmantelamiento de un edificio social
(educación, salud, servicios) que
rivalizaba antes con el de los grandes
países industrializados.
Es explicable, por lo
mismo, que ya en las elecciones legislativas
del 26 de octubre de 1997, el pueblo argentino
comenzó a corregir la trayectoria
del modelo que impuso el presidente Menem
del Partido Justicialista (peronista).
Y la Alianza de la UCR (Unión Cívica
Radical) y de FREPASO (Frente País
Solidario) acaba de cerrarle el paso al
candidato del PJ (Partido Justicialista),
Duhalde, con su propio candidato, La Rúa.
La UCR es el partido más antiguo
de Argentina. Uno de sus caudillos, Yrigoyen,
recuperó a su modo aquella herencia
perdida de modernización y arcaísmo,
de que hablamos arriba, y produjo un primer
gran intento de integración política
de masas en Argentina. Recientemente la
UCR logró deslastrarse de una doble
carga negativa que acompañaba la
imagen de Raúl Alfonsín:
la de haber amnistiado por la ley de “punto
final y obediencia debida” a militares
juzgados por violación de derechos
humanos y la de haber firmado en 1993
el Pacto de los Olivos, que permitió
la reelección de Carlos Menem.
El Frepaso, fundado en 1991, agrupa peronistas
disidentes, socialistas, demócrata–cristianos,
independientes, excomunistas, exguerrilleros,
sindicalistas y miembros de organizaciones
defensoras de los derechos humanos. Fue
la segunda fuerza política en la
elección presidencial de 1995.
PERFIL Y RETOS
DE LA RUA
• Nacido en Córdoba,
de 62 años, casado y con 3 hijos,
abogado, militante del radicalismo desde
los 18 años, formó parte
del gabinete de Arturo Illía, fue
senador y diputado, y jefe de gobernación
de la ciudad de Buenos Aires desde 1996.
Representa una nueva generación
de líderes sin carisma, no apabullantes
ni teatrales, que son como “espejos
de la sociedad”, estilo César
Gaviria en Colombia o José María
Aznar en España. No son espectaculares
pero sí resultan buenos administradores
y estadistas. “Hablan lo mínimo,
tienen más preguntas que respuestas
y tratan de reflejar el hastío
y el aburrimiento que la política
inspira a la mayor parte de sus conciudadanos”.
Se le ha reprochado que tiene una imagen
gris, de aburrido. Pero él mismo
respondió en un spot de su campaña:
“Dicen que soy aburrido. Pues bien,
se va a acabar la fiesta para unos pocos,
para los que andan en Ferrari, en jolgorio
y frivolidad, cuando tantos sufren”.
La Rúa podría responder
(según el politólogo argentino
Enrique Zuleta) como lo hizo el catalán
Jordi Pujol a un grupo de señoras
encopetadas: “Señoras, no
soy Robert Redford. La mayoría
de los catalanes son feos, bajos, gorditos
y antipáticos como yo. Mi mérito
fue demostrarles que se puede ser todo
eso y llegar a ser presidente”.
• El “gran
cambio –como respuesta de La Rúa
a las expectativas de la sociedad argentina–
es 1) “acordarse de la gente”,
implementando una “verdadera política
de desarrollo social”, “que
la gente participe y encuentre una justicia
distributiva”; 2) una lucha frontal
contra la corrupción, que ha alcanzado
niveles impresionantes y llegado hasta
la cima del poder, de modo que “la
república se construya sobre valores
morales”; y 3) “un mayor esfuerzo
nacional de productividad y competitividad,
orientado a la producción de bienes
y servicios con valor agregado y de fuerte
demanda internacional”.