Cambio de timonel
Logo Enrique Neira

 

 

     

Por cuarta vez, desde el final de la dictadura militar en 1983, el 24 de octubre de 1999, Argentina fue a las urnas para elegir nuevo presidente y renovar la mitad de las curules de la Cámara baja. La victoria electoral de Fernando de La Rúa y su Alianza cierra una era de caudillos, de transformaciones económicas audaces y de una singular política de Estado, que algunos han denunciado por sus manejos turbios y el “caos mafioso” provocado (Carlos Gabetta).

La nueva era, si llega a afianzarse, será menos figurativa y colorista, pero más transparente y con mayor sensibilidad social. Si en 1989, Menem representó la voluntad de cambio frente a un agotado Alfonsín, ésta misma voluntad la encarna hoy la Alianza. Los electores argentinos entendieron que el Partido Justicialista representaba el continuismo y optaron por un claro viraje de timón gubernamental.

EL DESCUBRIMIENTO DE ARGENTINA

En 1910, con ocasión del centenario de la independencia de Argentina, Georges Clemenceau, emprendió un viaje por el país, de cuyas impresiones y reflexiones dejó después varias páginas (reeditadas este año en Buenos Aires con el título “La Argentina del Centenario”). Llama la atención el elogio sincero que hace de un pueblo, que por el desarrollo que mostraba del pensamiento y del espíritu en todas sus manifestaciones, no podía sino esperarse de él un extraordinario porvenir.

 

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En 1991, Nicolás Shumway, de la Universidad de Yale, publicó un interesante estudio que tituló “The Invention of Argentina”. Parte del hecho de que a comienzos de siglo, Argentina aparecía ante el resto del mundo como un país en rápido y seguro crecimiento por sus recursos naturales, por su gran capacidad productiva, por la homogeneidad predominantemente europea de su población y por la aparente firmeza de sus instituciones políticas. ¿Qué pasó después, en períodos traumáticos, que el cántaro de los cálculos optimistas se le rompió por el camino a la bella lechera de la pampa?

El estudioso de Yale maneja la hipótesis de la vieja contradicción que suele darse (el caso de Argentina no es el único) entre la realidad histórica y la ficción política. Al recorrer la historia de la Argentina, después de la independencia hasta fines del siglo pasado, el profesor Shumway encuentra una contradicción abierta entre la realidad política y social del país y las instituciones que se pretendía imponerle y que la llevaron fatalmente a ser una especie de nación en guerra consigo misma. El autor reexamina la evolución argentina desde Rosas hasta Mitre. Se quisieron imponer las instituciones y las ideologías europeas liberales por lo partidarios de la modernidad, repudiando el mundo tradicional que encarnaba el gaucho. No quiere decir el autor que Argentina debía haber quedado encadenada, con muy pocos cambios, a una realidad tradicional y vetusta (la que encarnó Rosas), sino que en lugar de plantear la lucha en términos radicales de ”civilización o barbarie” (Sarmiento), se debería haber intentado armonizar una mentalidad colectiva (una “guiding–fiction” la llama Shumway). Se hizo mal en haber impuesto una abstracción intelectual, importada de Europa, contra la que protesta amargamente Martín Fierro. Para él, todo seguirá mal “hasta que venga algún criollo en esta tierra a mandar”.

EL ACTUAL ESCENARIO POLITICO

Uno puede tener varias visiones de Argentina. Hay bases para seguir viéndola como un país europeizado, culto y desarrollado. Puede vérsela, a través de los ojos de Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, como un país seguro de sí mismo, con una clase media vigorosa, fértiles campiñas y energía nuclear. Y más recientemente se la ha comenzado a ver como el país de la convertibilidad (1 peso=1 dólar), gracias a la cual, de una inflación que en 1989 llegó al vértigo de 4923% y en 1990 a 1343,9% bajó a sólo el 0.1% en 1996; país de ágil modernización; país que es la pieza clave del prometedor Mercosur. Pero la visión del país que deja Menem no deja de ser inquietante, para propios y extraños. Hay una situación económica preocupante; un índice muy alto de desempleo; un desencanto de la sociedad frente a la corrupción generalizada, frente a los escándalos que golpean a altas figuras de funcionarios estatales, de las Fuerzas Armadas y de la clase política; un rechazo de grandes sectores a la conducción del Estado, por las desigualdades creadas y el desmantelamiento de un edificio social (educación, salud, servicios) que rivalizaba antes con el de los grandes países industrializados.

Es explicable, por lo mismo, que ya en las elecciones legislativas del 26 de octubre de 1997, el pueblo argentino comenzó a corregir la trayectoria del modelo que impuso el presidente Menem del Partido Justicialista (peronista). Y la Alianza de la UCR (Unión Cívica Radical) y de FREPASO (Frente País Solidario) acaba de cerrarle el paso al candidato del PJ (Partido Justicialista), Duhalde, con su propio candidato, La Rúa. La UCR es el partido más antiguo de Argentina. Uno de sus caudillos, Yrigoyen, recuperó a su modo aquella herencia perdida de modernización y arcaísmo, de que hablamos arriba, y produjo un primer gran intento de integración política de masas en Argentina. Recientemente la UCR logró deslastrarse de una doble carga negativa que acompañaba la imagen de Raúl Alfonsín: la de haber amnistiado por la ley de “punto final y obediencia debida” a militares juzgados por violación de derechos humanos y la de haber firmado en 1993 el Pacto de los Olivos, que permitió la reelección de Carlos Menem. El Frepaso, fundado en 1991, agrupa peronistas disidentes, socialistas, demócrata–cristianos, independientes, excomunistas, exguerrilleros, sindicalistas y miembros de organizaciones defensoras de los derechos humanos. Fue la segunda fuerza política en la elección presidencial de 1995.

PERFIL Y RETOS DE LA RUA

• Nacido en Córdoba, de 62 años, casado y con 3 hijos, abogado, militante del radicalismo desde los 18 años, formó parte del gabinete de Arturo Illía, fue senador y diputado, y jefe de gobernación de la ciudad de Buenos Aires desde 1996. Representa una nueva generación de líderes sin carisma, no apabullantes ni teatrales, que son como “espejos de la sociedad”, estilo César Gaviria en Colombia o José María Aznar en España. No son espectaculares pero sí resultan buenos administradores y estadistas. “Hablan lo mínimo, tienen más preguntas que respuestas y tratan de reflejar el hastío y el aburrimiento que la política inspira a la mayor parte de sus conciudadanos”. Se le ha reprochado que tiene una imagen gris, de aburrido. Pero él mismo respondió en un spot de su campaña: “Dicen que soy aburrido. Pues bien, se va a acabar la fiesta para unos pocos, para los que andan en Ferrari, en jolgorio y frivolidad, cuando tantos sufren”. La Rúa podría responder (según el politólogo argentino Enrique Zuleta) como lo hizo el catalán Jordi Pujol a un grupo de señoras encopetadas: “Señoras, no soy Robert Redford. La mayoría de los catalanes son feos, bajos, gorditos y antipáticos como yo. Mi mérito fue demostrarles que se puede ser todo eso y llegar a ser presidente”.

• El “gran cambio –como respuesta de La Rúa a las expectativas de la sociedad argentina– es 1) “acordarse de la gente”, implementando una “verdadera política de desarrollo social”, “que la gente participe y encuentre una justicia distributiva”; 2) una lucha frontal contra la corrupción, que ha alcanzado niveles impresionantes y llegado hasta la cima del poder, de modo que “la república se construya sobre valores morales”; y 3) “un mayor esfuerzo nacional de productividad y competitividad, orientado a la producción de bienes y servicios con valor agregado y de fuerte demanda internacional”.