Líderes y autoritarismo
Logo Enrique Neira

 

 

     

Entendemos por LÍDER "aquel que tiene por tarea conducir a su pueblo de donde está a donde debe estar" (H. Kissinger). Es "el comadrón que vigila el parto de un pueblo en camino; quien acelera, congela o degrada los procesos sociales" (F. Herrera Luque). AUTORITARISMO, en todos los niveles donde suele darse, deriva del principio de autoridad, de esa relación entre mando apodíctico (afirmativo sin más) y obediencia incondicional (sin excusa). El autoritarismo es una manifestación degenerativa de la autoridad, una pretensión y una imposición de la obediencia que prescinde en gran parte del consenso de los subordinados y restringe la libertad. En el fondo supone el concepto de desigualdad, reduce al mínimo la participación de los de abajo e implica, de ordinario, una marcada utilización de los medios coercitivos.

Enfoque psicoanalítico

Cuando se recurre a las obras de Freud (Tótem y tabú), prima el enfoque individualista y exclusivamente psicoanalítico del autoritarismo. Recordemos el núcleo de su pensamiento. Freud descompone la psiquis de la persona humana en ID, que es el agente del deseo que no acepta que se le niegue algo; el SUPEREGO, que es la autoridad que disciplina al Id con severidad; y el EGO, que trata de intermediar entre los otros dos. Esta intermediación es particularmente difícil y penosa porque el ego no siempre está consciente de cómo operan los otros dos integrantes y de las amenazas que representan, y porque tiene que operar en un mundo exterior, que es frecuentemente hostil. Para Freud este conflicto permanente define la vida de las personas y es la fuente de sus ansiedades y angustias. Para resolver el conflicto interno y las amenazas del mundo exterior, Freud pensaba que la gente encuentra un número de soluciones, algunas intoxicantes, que le permiten hacer más soportable el superego o manejar las otras ansiedades. El alcohol es una de ellas. El amor romántico y apasionado cumple también con el propósito porque el ser amado suplanta al superego y, cuando es correspondido, el amor crea un sentimiento de mágico bienestar.

 

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Enfoque político

Pero hay también en Freud elementos que permiten analizar el autoritarismo cuando se trata de ideologías y de regímenes políticos, es decir, del mundo de la política. ¿Por qué las masas tratan de adorar a sus conductores? ¿Por qué se dejan avasallar (y en ocasiones con aceptación y gusto) por personalidades autocráticas de la política? ¿Se puede hablar de la existencia de angustias y urgencias fundamentalistas en una población, que la lleva a añorar inicialmente, a aceptar después y a respaldar finalmente gobiernos fuertes y aun despóticos? Fenómeno que ya lo preveía Erich Fromm respecto del serio y culto pueblo alemán, en su famoso estudio "El miedo a la libertad" (1941), antes de que Hitler se adueñara del poder y de los alemanes. Asunto que dejan bien ilustrado Theodor Adorno y sus colaboradores en la monumental investigación, todavía actual, "La personalidad autoritaria" (1950).

Y es que hay base que le permitía a Freud pensar que la relación que entablan los pueblos con sus líderes autocráticos es una relación erótica. ¿Qué sucede cuando las masas son hipnotizadas por el conductor? El tirano se toma el lugar del superego. Y calma las ansiedades y angustias. El superego suele ser inconsistente, pero el líder es claro y absoluto. Promulga un código único, liquidando así ansiedades para la psiquis. El líder autocrático, tanto de derecha (fascista) como de izquierda (comunista), se toma grandes libertades contra las instituciones y la tradición.

Moraleja

Cuando una sociedad relativamente democrática es amenazada por la violencia y el terrorismo, o por la inseguridad y el anarquismo, surge una especie de urgencia fundamentalista, la necesidad de unión y de defenderse por cualquier medio. Y es entonces cuando el pueblo busca el logro de la unidad y el progreso de la nación a través de la acción de un "cirujano de hierro", de un "hegemón", de un "buen tirano", de un "César democrático", de un "Príncipe", de un "Caudillo". Es entonces cuando "el discurso y el mito del Gendarme Necesario tiende el puente discursivo justificador y legitimante entre dictadura y democracia" (L.R. Dávila).