Terror
y terrorismo
Es importante, de entrada, dejar claro
el significado de la palabra cuando se
aplica a organizaciones o grupos nacionales
e internacionales. La semana pasada, en
una entrevista de Caracol Internacional
(dentro del programa “El radar”)
hecha en Bogotá al presidente Rafael
Correa de Ecuador, se le preguntó
si era partidario o nó de una condena
excluyente del terrrorismo por parte de
UNASUR, que agrupa actualmente a varios
países de Suramérica. Respondió
que dependía de cómo se
entendiera terrorismo.
El terrorismo es una variante de la violencia
humana. Es una forma de aplicar la violencia
a alguna situación conflictiva.
Tiene como finalidad amedrentar, crear
un temor incontrolable, aterrorizar a
un individuo o a toda una colectividad
a fin de obtener determinados resultados,
mediante el terror. Terrorismo viene de
terror. Y no es algo de este tiempo ni
siquiera de sólo el siglo pasado.
Ya Jenofonte, cuatro siglos antes de Cristo,
hablaba de las ventajas de atemorizar
a las poblaciones civiles, para lograr
mejores efectos de la guerra. El terror
puede asumir muchas caras, pero todas
convienen en adoptar un mismo método:
la implantación del terrorismo.
• Se lo puede definir como el asesinato
deliberado y sistemático, desbaratando
y amenazando al inocente (individuo o
colectivo), para inspirar temor, con miras
a lograr ciertos objetivos, por lo general
políticos. Para Yona Alexander
(Universidad de New York), terrorista
es aquel que hace uso criminal, indiscriminado,
de la fuerza para intimidar a un grupo
más amplio que el círculo
de las víctimas más inmediatas
o naturales, con miras a lograr objetivos
realistas o imaginarios. En general, el
terrorismo envuelve la idea, por una parte,
de golpear por sorpresa y sin miramiento,
lo que se estima un objetivo (un blanco)
político–militar; y por otra
parte, la idea de aterrorizar al adversario,
de paralizarlo, de provocar miedo, inseguridad,
entendiendo por adversario incluso a la
sociedad misma. Causar miedo e inestabilidad,
debilitar al adversario sin importar el
costo en vidas de inocentes (niños,
espectadores, servidores públicos)
para lograr el objetivo. André
Malraux, en uno de sus trabajos políticos,
ubica el terrorismo dentro de una patología
entre la esperanza y la desesperación.
El grupo terrorista abriga la esperanza
de un éxito frente a un enemigo
que se lo considera demasiado poderoso
como para luchar contra él con
armas más convencionales. Y es
el accionar de un desesperado que se encuentra
acorralado y busca, aterrorizando, el
desahogo de la venganza con la destrucción.
Según R. Kupperman (director de
un Centro de Estudios Estratégicos
e Internacionales norteamericano), el
terrorismo es extorsión política,
es la guerra del débil, que usa
teatralidad para dar una imagen de impotencia
al poderoso. Los terroristas no reconocen
ninguna regla o convención de guerra
o derecho humano internacional; no distinguen
entre combatientes y no combatientes.
En su mundo maniqueo (de bien o mal, de
blanco o negro), nadie tiene derecho a
ser neutral. O se está con ellos
o contra ellos.
Factores
que influyeron
ETA, aunque no aparente reconocerlo explícitamente,
ha sido derrotada. A esta derrota han
contribuido distintos factores entre los
que cuentan principalmente las instituciones
y la acción de la sociedad civil.
Ante todo, la acción inteligente
eficaz y coordinada de las fuerzas y cuerpos
de seguridad del Estado (el español
y el francés), sus aparatos judiciales
(más de 700 terroristas en cárceles
españolas o de otros países),
la unidad y la firmeza democráticas
de instituciones y partidos responsables
(PP y PSOE de España en sus respectivos
gobiernos); y la acción determinante
de la sociedad civil, con sus medios de
comunicación, sus gremios, la Iglesia
y confesiones religiosas, la voz y el
testimonio ejemplares de los miles y miles
de víctimas de todo tipo. A lo
que habría que añadir el
apoyo internacional en la lucha interna
contra el terrorismo, por parte de Estados
Unidos de Norteamérica, la Unión
Europea, países amigos, y a través
de la intervención de cientos de
Ongs a favor de los derechos humanos.
Pero bien advierten varios observadores
y analistas que “las armas han callado,
pero no hay que fiarse” (L. Bassets,
El País), que “no debemos
caer en el error de que muerto el perro
se acabe la rabia”. Primero, porque
ETA sigue con capucha y su retórica
es, en lo fundamental, la de siempre.
Ni ha anunciado la entrega de las armas,
ni su disolución, ni la renuncia
a sus objetivos estratégicos y
tácticos. Pero, tampoco, parece
dispuesta a revisar su pasado belicista,
reconociendo su monumental error o el
daño causado (Francisco J. Llera,
Director del Euskobarómetro y autor
de “Los Vascos y la Política”).
Conclusión
No hay nada más perverso que
la violencia política, ni nada
que haya perturbado más las causas
de los pueblos. El terrorismo –como
se ha demostrado a través de la
historia- acaba con sus propios agentes
y arruina sus causas. Aunque distintos
en su origen, ideología y proceder,
entre Eta y las Farc hay suficientes paralelos
como para que el 'adiós a las armas'
de la banda separatista vasca plantee
puntos de referencia para quienes esperan
que la guerrilla colombiana haga, algún
día, un anuncio similar- como lo
expresó el presidente Santos en
su alocución la noche en que dieron
de baja al jefe terrorista de las Farc.
Este paralelo es alentador para Colombia,
que ha logrado golpear repetidamente las
estructuras de las Farc al capturar o
abatir a varios de sus líderes
–en el gobierno anterior de Uribe
y en éste de Santos-.
13-11-11