La libertad de expresión fue, así,
la mecha que hace 50 años prendió
por el mundo como en un cañaveral.
Y es el espacio por el que sigue luchando
Amnistía. Sus palabras fueron como
levadura de este pan inmenso que ahora
amasan tres millones de socios activistas
en 150 países en 68 oficinas locales
(Holanda, con 300.000 socios, España
con 63.602). Desde entonces, en paredes,
cuadernos y fachadas aparece como logo:
una vela rodeada de alambre de espino.
Se trata de llevar luz amarilla a la escena
pública para condenar el lado oscuro
de la acción política violadora
de derechos humanos. "No puede ser
voluntario respetar los derechos humanos,
debe ser obligatorio, no son artículos
de lujo según la época",
dice Esteban Beltrán, director
de Amnistía Internacional de España.
“Pocas empresas con tal dimensión.
Los objetivos han sido siempre altruistas,
pero el foco se ha ido ampliando: primero
eran solo presos, luego armas, después
tortura, no hace mucho justicia internacional...
y ahora, impulsar el pacto internacional
de derechos económicos, sociales
y culturales. Aceptamos la pobreza como
inevitable, con la misma actitud que tratábamos
la esclavitud en el siglo XIX", advierte
Beltrán. "Exige dignidad"
se titula su última campaña.
"Tenemos que buscar a los Pinochet
de la pobreza". "Hemos dejado
de ser hace mucho una organización
de presos para serlo de derechos humanos",
comenta.
La importancia de las cartas
La
reportera subraya lo mucho que significan
las cartas para una persona aislada 23
de cada 24 horas. Confiesa el científico
ruso Ígor Sutyagin, 11 años
prisionero, al que visitó en Oxford:
"Recibir postales, para mí,
era una ventana a un mundo colorista.
¡Una imagen de España o del
Caribe en ese mundo gris y negro! Es la
ilusión de estar conectado con
el gran mundo y un control invisible de
los carceleros. Hey, pensarán,
este tipo recibe montones de cartas, debe
de ser importante, mejor ser precavido...
Las cartas son felicidad para muchos...
Los presos las reutilizan, las pintan,
las cuelgan, las regalan y envían
a sus seres queridos... Una postal sirve
no solo a una persona, sino a muchas alrededor".
Seis libretas de apuntes ha llenado la
reportera en medio año de citas,
idas y venidas por varios países
del mundo. Con detalles de vida cotidiana
de cientos de activistas. Por ejemplo,
qué ha sido de la vida de Shao
Jiang, que fue uno de los miles de estudiantes
que protestaron en Tiananmen en 1989 y
ahora es profesor en Londres: "Yo
tuve suerte. Muchos amigos murieron en
la cárcel. Me encarcelaron hasta
40 veces. Salí por Hong Kong hacia
Suecia en 1997 como refugiado junto a
otros de la ONU, allí comenzó
mi relación con AI, hice informes...".
"¿Ahora China está
mejor?". "Peor. Con grandísimas
diferencias sociales, económicas,
Internet, todo está controlado,
pero la gente es ahora más consciente,
defiende sus derechos desde dentro".
Larga lista de éxitos
Han sido muchos años y muy laboriosos,
pero con muchos éxitos. Basta atender
al número elevado de premios Nobel
que fueron en su época casos que
defendió y de los que se ocupó
Amnistía: Andréi Sajarov,
Adolfo Pérez Esquivel, Wole Soyinka;
Aung San Suu Kyi; Rigoberta Menchú;
Nelson Mandela, Orhan Pamuk, Liu Xiaobo...
"Sin Amnistía, Pinochet nunca
se habría sentado en el banquillo...No
sé si hacemos mucho o poco, pero
cuando empecé, hace dos décadas,
nadie hablaba de derechos humanos, y ahora
es parte de todo", nos dice Fitgerald,
quejándose, sin embargo, de lo
difícil que sigue siendo que estas
historias aparezcan en los medios, cuando
el interés del público es
otro.
Si el currículo de Amnistía
da para un libro; las historias personales
dan para varios. Sobre Amnistía,
de hecho, ya se ha escrito un buen libro,
titulado “Como agua en la piedra”,
de Jonathan Power, que se publicó
en el 40º aniversario. En él
se relatan éxitos y fracasos: los
casos de prisioneros políticos
como Obasanjo en Nigeria, o la labor de
AI en países complicados como Guatemala,
apoyando a los que se enfrentaban a los
escuadrones de la muerte, o la República
Centroafricana, donde sacaron a la luz
la masacre de niños; la guerra
sucia de Gran Bretaña en Irlanda
del Norte, o uno de los puntos negros
de AI en los setenta, el apoyo a la banda
terrorista alemana Baader-Meinhof.
Azote de gobiernos
Amnistía en su larga historia ha
sido incómoda para casi todos los
gobiernos, pero especialmente ha apuntado
sus dardos y casado peleas con los democráticos
y los de centro derecha. Se ha cansado
con los totalitarios y son muchos los
casos en los que parece hace la vista
gorda con los desmanes e intolerancias
de izquierdas revolucionarias. Razón
tiene el presidente de la seccional de
España al recomendar, en entrevista
en la sede de Madrid, “imparcialidad”
y no prejuzgar ni precipitarse en hacer
condenas, sabiendo que los medios las
agigantan y propalan sin debida responsabilidad.
Beltrán confiesa: "Imparcialidad,
no importa el régimen, también
investigamos en democracias; no cometer
errores por la precipitación...
". Y dice que este trabajo no se
acaba nunca, pero que ya hay tres asuntos
"a término":
1) pena de muerte (150 países en
contra; "habrá un mundo sin
ejecuciones legales");
2) justicia internacional, que hace que
los criminales no se vayan de paseo a
otros países y
3) tortura. "Las actuaciones son
importantes, sí, pero cambiar las
políticas es lo fundamental, y
eso es muy lento". "Por eso,
ahora, los países emergentes (BRICS,
Brasil, India, China)) son prioritarios
para nosotros. Por el efecto dominó.
Si por ejemplo Brasil mejorara sus condiciones
carcelarias... ". "La división
entre lo político y lo económico
no existe. Muchos defensores trabajan
con indígenas, con sindicalistas,
con lo ecológico...Con Gobiernos
se firman compromisos y luego la presión
internacional funciona; no quieren vergüenza
pública... Pero con empresas privadas
es todo más complicado, están
preparadas para responder a las críticas.
El de los indígenas es uno de los
temas más graves hoy, a nadie le
importan, hay intereses económicos
de por medio, muchas manos... y lo peor
es que no están en la agenda...".
Conclusión
Hoy 3 millones de activistas de AI actúan
de barómetro del estado de la justicia
en nuestro planeta. Amnistía Internacional
recibió en 1977 el Premio Nobel
de la Paz: por preparar el terreno para
la libertad, para la justicia y la paz
en el mundo.
"Quizá Amnistía no
ha cambiado el mundo todavía, pero
tampoco lo ha dejado tal
como lo encontró" (J. Power).