El Islam político en el siglo XXI (Editorial 61)
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La Revista CIDOB d’Afers Internacionals de la Universidad Autónoma de Barcelona (nº 93-94) dedica un interesante y bien documentado estudio de 21 páginas a este difícil tema, cuyo autor es el profesor de Relaciones Internacionales, Ferran Izquierdo Brichs, de quien extraemos un sustantivo resumen y algunos apartes significativos.

Resumen
Desde los años ochenta, el islam político o islamismo despierta una enorme preocupación tanto en los medios políticos como en los medios informativos. La revolución en Irán a finales de los setenta y la victoria electoral del FIS en Argelia a finales de los ochenta del siglo pasado marcaron dos momentos álgidos de la movilización popular e ideológica por parte de los grupos islamistas. Seguidamente, la guerra civil argelina y la violencia terrorista dejaron su huella en los años noventa.

La percepción del islamismo en la actualidad continúa asociada en muchos casos a las dinámicas de finales del siglo pasado o al yihadismo (beligerancia armada) de unos pocos grupos fundamentalistas, sin tener en cuenta que los grupos islamistas mayoritarios han sufrido una gran evolución, y que el contexto en el que se mueven hoy también es muy distinto. Más que por el yihadismo o la radicalidad ideológica del siglo pasado, el islam político actual está mucho mejor representado por la moderación –tanto ideológica como en la actividad política– del AKP turco, de los Hermanos Musulmanes egipcios, del PJD marroquí, del al-Nahdah en Túnez y de la mayoría de los partidos o grupos grandes. Factores centrales en esta dinámica de moderación son, por una parte, la relación de los grupos islamistas con los regímenes y, por la otra, la reivindicación y aceptación de la democracia liberal como estrategia en su lucha política.

 

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El islamismo

Luz Gómez García (2009) define el islamismo como el “conjunto de proyectos ideológicos de carácter político cuyo paradigma de legitimación es islámico”. El islamismo, los islamismos, recorren el arco que va de las propuestas políticamente pluralistas y teológicamente inclusivas a los modelos autocráticos y excluyentes. Según Guilain Denoeux (2002), “el islamismo es una forma de instrumentalización del Islam por individuos, grupos y organizaciones que persiguen objetivos políticos. Proporciona respuestas políticas a los desafíos de la sociedad actual imaginando un futuro cuyas bases se apoyan en la reapropiación y reinvención de conceptos tomados de la tradición islámica”. Más allá de las definiciones, es importante subrayar con Mohammed Ayoob (2004) que hay una gran diversidad de islamismos que se desarrollan de forma distinta en contextos diferentes, y con idearios y estrategias no coincidentes.

La evolución hacia el pragmatismo

La evolución hacia el pragmatismo se manifiesta de forma muy clara en la relación del Islam con los regímenes y con la democracia. Desde la guerra en Argelia, muchos de los grupos islamistas más importantes parecen haber asimilado que es muy difícil enfrentarse a los regímenes en el poder contando solamente con la fuerza de la movilización social a través de la religión, e intentan evitar el enfrentamiento directo. Los regímenes pueden aceptar una oposición islamista que no ponga en peligro su control sobre los principales recursos de poder: el Estado y la renta. Ceden así parte del control ideológico a islamistas conservadores y pragmáticos, o a elites religiosas conservadoras alejadas de la política. A los ulemas y a algunos grupos islamistas este pacto les conviene porque de esta forma ganan espacio público y parcelas de poder sobre la población. El precio a pagar es la renuncia al control del Estado y, evidentemente, a su transformación. Se olvida, así, el objetivo del Estado islámico que en años anteriores estuvo vigente.

Tira y afloje del Islam con los regímenes

La radicalidad y la fuerza del islam político en los años ochenta y principio de los noventa fue producto de la debilidad de los regímenes, pero en el nuevo siglo la situación es muy distinta. Desde entonces se han vivido cuatro dinámicas que han obligado a los grupos islamistas a escoger entre adoptar posiciones más pragmáticas o la marginación minoritaria:
1. La primera de estas dinámicas fue la represión de los regímenes.
2. La segunda dinámica, la guerra civil argelina llevó a la población a que se fuera cansando de la violencia, y una consecuencia de ello fue el alejamiento cada vez mayor de toda iniciativa que pudiera conducir nuevamente a la represión y a la guerra
3. La tercera dinámica fue el fin de la crisis económica y la recuperación de los mecanismos rentistas. Los grupos islamistas se habían colocado en la vanguardia del descontento provocado por la crisis económica de los años ochenta y noventa. En muchos casos lideraron las “revueltas del pan”. Sin embargo, la recuperación de los precios de la energía y de las ayudas exteriores alimentó nuevamente el rentismo, y la gente se desmovilizó. De esta forma, los grupos islamistas perdieron su principal recurso de poder: el apoyo mayoritario de la población.
4. La cuarta dinámica tiene relación con los cambios en las bases de apoyo de los movimientos islamistas. La desmovilización de los sectores populares coincidió en muchos casos con el crecimiento de sectores de la pequeña y mediana burguesía. En Turquía, las políticas de liberalización permitieron el surgimiento de una nueva burguesía verde, no ligada al poder político, conservadora y religiosa. Los grupos islamistas comenzaron a relacionarse con los regímenes de una forma más pragmática, pues lo que querían no era una revolución, sino ganar espacios.

¿Es compatible el Islam con la Democracia?

El fracaso de los procesos de democratización inició un debate sobre la compatibilidad del Islam con la democracia. En esta discusión podemos encontrar dos posiciones enfrentadas. Una primera, orientalista y culturalista, defiende que el Islam es incompatible con la democracia porque es un concepto que le es ajeno o porque históricamente se ha mantenido alejado aunque puede tener una cierta capacidad de evolución democrática (Lewis 2002). Una segunda perspectiva -a la que Aliboni (2004) llama neotercermundista- busca factores compatibles con la democracia en la cultura política y las instituciones islámicas y árabes.

Desde una sociología del poder, Izquierdo Brichs sostiene que “nuestro punto de partida analítico es que las relaciones sociales, económicas y, evidentemente, políticas, cuando se establecen organizaciones jerarquizadas, son competitivas entre las elites, lo que lleva a que se conviertan siempre en relaciones de poder y por el poder [..].Creemos que es muy relevante la evolución que han hecho algunos grupos islamistas desde posiciones de enfrentamiento con los regímenes a posiciones de convivencia, o desde la negación de la democracia a ver en ella el mecanismo de acceso al poder. El caso del islamismo turco es seguramente paradigmático en este sentido. Las posiciones de grupos islamistas como el AKP, actualmente en el gobierno en Turquía, o Hamas en los Territorios Ocupados de Palestina, el PJD en Marruecos, ponen en evidencia visiones muy distintas pero pragmáticas respecto a estas dos problemáticas (relación con los regímenes y democracia) que conllevan también dinámicas muy diversas en los diferentes países”.

Para ello, es necesario identificar cuándo una relación de poder es lineal o circular. Dicho de otra forma, es necesario identificar cuándo el actor es la población con el objetivo de mejorar sus condiciones de vida y cuándo los actores son elites que tienen como objetivo prioritario la acumulación diferencial de poder. En el primer caso, la relación lineal, la población puede establecer alianzas con otros actores si los objetivos e intereses son coincidentes o complementarios, o incluso puede ser ella misma un actor político revolucionario. En los años ochenta y noventa, la crisis provocada por la caída de los precios del petróleo y las políticas impuestas por el FMI provocaron grandes movilizaciones en la población. Los grupos islamistas se situaron como vanguardia de estas relaciones lineales, sin abandonar su lucha por controlar las creencias ideológicas y ganar poder. Los islamistas pudieron aprovechar los distintos recursos que tenían a su alcance para organizar la movilización social: las mezquitas, las ONG islámicas, las asociaciones profesionales y estudiantiles, e incluso partidos políticos allí donde podían actuar. De esta forma, a través de estos recursos, adquirían una doble condición: de vanguardia de una relación lineal y de elite ideológica en una relación circular.

Mientras la movilización popular fue fuerte, tuvo un peso importante en el discurso y en la acción de los grupos islamistas, pero cuando decayó, los intereses de las elites islamistas prevalecieron. La recuperación de los precios del petróleo y del rentismo debilitó la movilización popular. Los grupos islamistas, al perder su capacidad de movilización política de masas, se conforman con pedir el voto, al igual que el resto de elites políticas nacionalistas, izquierdistas o liberales que han renunciado al papel de vanguardia de la relación lineal. Estas elites, que habían dirigido las movilizaciones, se conforman así con el papel de elite aspirante a un espacio de poder secundario dentro del sistema. Cuando la negociación con el régimen no da los resultados esperados, para aquellas elites que quieren ganar una posición primaria, la democracia liberal es un camino para acceder al poder. De esta forma, la democratización del sistema político se ha convertido en una reivindicación de la mayoría de los grupos islamistas.

Por otra parte, a pesar del éxito en la reislamización de la sociedad, al aceptar la convivencia con los regímenes o la participación en la política desde dentro del sistema, el islamismo ha perdido en la actualidad no sólo el objetivo de la unificación sino también el objetivo del Estado islámico (Roy). En el campo político, la yihad (guerra) se debilita y deja paso a la negociación y también al negocio, siguiendo la ola neoliberal, aunque respetando las normas islámicas si es posible y con una importante dimensión caritativa. Al mismo tiempo, los regímenes para legitimarse ideológicamente y también para hacer frente a las presiones de los islamistas adoptan parte del discurso islamista retrógrado en los ámbitos de moral y costumbres, y colocan como imanes (autoridades religiosas) -en las mezquitas e instituciones oficiales o subvencionadas- a clérigos afectos al régimen, pero también muy reaccionarios.

Conclusiones

1. La población prefiere democracia.
Como en todo el mundo, la población de los países de mayoría árabe o musulmana, cuando puede escapar al control ideológico de las elites y establecer sus propias prioridades, prefiere más libertades, derechos y democracia. “Los resultados del ‘Arab Barometer’ muestran que las actitudes y valores de los ciudadanos, incluidos los relacionados con el Islam, no son la razón de la persistencia del autoritarismo”. (Jamal y Tessler, 2008).

2. El islamismo y la democracia.
Lo central del debate gira alrededor del autoritarismo de los regímenes y la estructura rentista de la mayoría de países árabes (Izquierdo Brichs). La evolución de los grupos islamistas en la mayoría de países árabes muestra una clara tendencia hacia el pragmatismo. Esto hace pensar que en el caso de elecciones limpias en un sistema democrático, lo que vendría a prevalecer sería el voto de la ciudadanía, y lo que nos indican las encuestas es que, en el caso de votar hacia partidos ligados a la religión, preferirían a los demócratas musulmanes al estilo del AKP turco. “La conclusión general sugerida por el Arab Barometer es que los valores democráticos están presentes en un grado significativo entre los ciudadanos árabes musulmanes, la mayoría de los cuales apoyan la democracia, y que este es el caso independientemente de si un individuo cree que su país debe ser gobernado por un sistema político que sea islámico además de democrático” (Jamal y Tessler, 2008). A diferencia de los años ochenta y principio de los noventa, los grupos islamistas mayoritarios están ahora dispuestos a negociar y convivir con los regímenes autoritarios árabes a cambio de escapar de la represión, de poder actuar en algunos ámbitos sociales y políticos, y también a cambio de pequeñas parcelas de poder. En los sistemas autoritarios, los grupos islamistas se hacen pragmáticos, lo que les lleva a reclamar reformas democráticas y a respetarlas, pero también a contemporizar con los regímenes y, en ocasiones, a reforzarlos. De esta forma, nos encontramos con dos dinámicas contradictorias: por una parte, la lucha por la democracia y, por la otra, la participación en el sistema autoritario. Que se incida más en una dinámica u otra dependerá de que la población sea capaz de hacer oír su voz, y los líderes islamistas actúen como vanguardia del movimiento popular –lo que reforzará las reivindicaciones democráticas– o que predomine el cálculo de las ganancias a corto plazo con acceso a parcelas de poder contemporizando con las elites autoritarias.

3. ¿Ha fracasado el islamismo?
Roy, Kepel, Lamchichi presentan la situación del islamismo en la actualidad como un proyecto fracasado. Sin embargo, habría que distinguir entre el fracaso del islamismo y el de los islamistas. El primero implica que un proyecto ideológico no se puede llevar a cabo. En este sentido, estamos de acuerdo con los autores que presentan como fallido el intento de una revolución islámica. El islamismo ha abandonado el objetivo de conquistar y transformar el Estado y, por lo tanto, no sólo ha fracasado, sino que también se ha rendido en el intento de construir una hegemonía. No obstante, al referirnos al fracaso no del islamismo sino de los islamistas, se pone sobre la mesa la función del proyecto ideológico –el acceso al poder de unas elites concretas– y, en este sentido, hay que estudiar cada caso concreto. Sólo un estallido de la población como en Túnez puede conducir a cambios en un futuro inmediato. Y estos cambios pueden afectar también a los propios islamistas y a sus dirigentes en varios aspectos.

 

05-07-2011