Un
antecedente delictuoso
El anterior Primer Ministro de Líbano,
Rafik Hariri, de brillantes ejecutorias
y querido por el pueblo, fue asesinado
con explosivos en febrero de 2005. La
opinión pública acusó
del hecho al extremista movimiento Hezbolá,
crecientemente patrocinado por el fundamentalismo
de Irán, y a Siria de haberlo apoyado.
El Consejo de Seguridad de las Naciones
Unidas creó un Comité internacional
con suficiente autonomía y poderes
para investigar el crimen de Estado y
con su esclarecimiento precluir el estallido
de una nueva guerra entre las facciones
libanesas.
El gobierno del Líbano se disuelve
cuando un tercio de sus 30 miembros del
Gabinete renuncian. El 12 de enero pasado,
todos los 10 ministros de la oposición
(Hezbolá) anunciaron su dimisión,
buscando hacer colapsar el gobierno de
coalición liderado por Saad Hariri,
el hijo del primer ministro asesinado.
Saad, sunita, respaldado abiertamente
por Arabia saudita, había logrado
ponerse al frente de una frágil
coalición en el 2008 –un
año después de que los milicianos
chiitas de Hezbolá y sus aliados
se habían tomado por varios días
las calles de Beirut en los vecindarios
sunitas, imponiendo en el país
un desesperante clima de efervescencia
que duró de noviembre de 2006 hasta
mayo de 2008, llegando a configurar casi
una guerra civil.
Amago
de crisis
En la actual coyuntura, Saad no ha cedido
a las presiones de la oposición;
ha mantenido su apoyo a la Comisión
internacional investigadora, aunque Hezbolá
ha dicho que no permitirá que algunos
de sus miembros sean arrestados como indiciados
en el crimen de Rafik Hariri. Aunque el
Líbano vivió de nuevo una
difícil agitación política,
se evidenció las ventajas que tiene
por las libertades ciudadanas que sabe
respetar y por ese dinamismo cultural
de los jóvenes que es modelo para
todo el Medio Oriente. Con ocasión
de ese amago de crisis, bien advirtió
el comentarista Ian Bremmer, presidente
del Euroasia Group (25 enero 2011), que
“en el Líbano, la división
religiosa del poder está consagrada
en la constitución. El presidente
siempre debe ser un cristiano maronita;
el primer ministro, un sunita, y el vocero
del Parlamento, un chiita. Este sistema,
que codifica la división religiosa
del Líbano, sigue siendo tema de
mucha controversia, pero al asegurar que
ningún grupo puede gobernar a expensas
de los otros, también refuerza
la estabilidad esencial en un país
construido sobre poderosas corrientes
religiosas y étnicas. Sin el apoyo
de la oposición, el gobierno del
Líbano puede hacer poco más
que administrar las funciones estatales
cotidianas más básicas,
pero es improbable que el país
vuelva a caer en una guerra civil”.
Conclusión
Tras
la semana crítica, los líderes
del Líbano recibieron nuevamente
el recordatorio de que su país
sólo puede ser gobernado con cierto
grado de consenso entre las principales
facciones. Todo apunta a que el país
debe escoger entre la Justicia que debe
impartirse por el asesinato de Ariri o
la Estabilidad del Líbano que sigue
siendo amenazada por Hezbolá, proceso
que puede todavía llevar meses.
10/04/2011