Revueltas y revolución en el Medio Oriente árabe (Editorial 49)
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Las revueltas populares y las revoluciones son asuntos complicados y enredados. No siguen una lógica sencilla ni fácilmente entendible. A veces se suceden una a otra y se contradicen. En dos años, a partir de 1974, Portugal pasó de un neofascismo y un régimen militar a algo parecido a un golpe comunista y luégo a una democracia liberal en la que ha anclado felizmente. Filipinas salió de la fuerte dinastía de Fernando Marcos en 1986 pero sigue avanzando todavía hacia un sistema de gobierno que sea a la vez efectivo y democrático. En los cuatro meses desde las protestas populares en Túnez, ha habido una enorme variedad y confusión en las propuestas de cambio fuerte en países árabes del Medio Oriente. Son muchas las lecciones que podemos derivar de los así llamados levantamientos masivos o revoluciones de la región. Tomamos algunas de un sugerente comentario de Michael Elliott del Time (Learn to love the Revolution, march 07, 2011). Pero observamos que no se puede generalizar pues existen significativas diferencias entre los países que van desde el Atlántico hasta el Océano Ïndico.
 
 

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Un escenario variopinto

Asistimos a un final de régimen, relativamente breve y pacífico, ocurrido en Túnez. Tras 18 días de protestas masivas y resistencia pasiva del presidente Mubarak con 30 años en el poder, éste pasó a manos de un régimen de transición de militares y laicos, con promesas de reforma constitucional. En Libia, un tirano fuerte y excéntrico como Gadafi, tras 42 años de Revolución, ha preferido que arda el país en una guerra civil antes que renunciar. En el pequeño Bahrein, con dos comunidades islámicas levantiscas pero enfrentadas (chiitas y sunitas), las demostraciones contra la monarquía han sido reprimidas por la fuerza. Mientras tanto, han surgido protestas, por contagio, contra un dictador de larga data en Yemen y monarquías hereditarias en Marruecos y Jordania.

No se puede aplicar nada en perfecta analogía de un país a otro. Cada nación en el Medio Oriente tiene su propio colorido debido a su historia colonial. Marruecos, Algeria y Túnez son de habla francesa. Libia tiene buenas relaciones con Italia de la que dependió inicialmente y fue una vez protectorado británico. Egipto recibe enorme ayuda norteamericana y los líderes de sus fuerzas armadas tienen estrechos vínculos con los del Pentágono. Combinación que permite primacía a los intereses de Estados Unidos en Egipto y no en otros países de la región. Cada país tiene su propio proceso y su peculiar respuesta a la crisis. Egipto tiene más de 80 millones de habitantes, Bahrein alrededor de 1 millón. Algunos, como Libia, poseen abundantes reservas y exportación de petróleo y gas; otros como Yemen tienen poca riqueza de hidrocarburos.

Egypto fue por mucho tiempo el líder natural del mundo árabe y encabezó el movimiento mundial de los no-alineados. Las nuevas generaciones egipcias quisieran volver a ver a su país con el mismo dinamismo cultural y político que logró tener entre las dos guerras mundiales y después tras Gamal Nasser. Su estatura actual no les satisface.
La r e l i g i ó n puede perfilar lo que vendrá en algunos países.
En Bahrain, las multitudes corean: “No sunitas ni chiitas sino bahraníes”. Pero allí la minoría sunita y la familia real han dominado sobre los muchos pobres chiitas. Siria tiene sus propias fracturas. La familia Assad que ha gobernado el país desde 1970, proviene de la pequeña secta islámica Alawita, pero la nación es de mayoría sunita.
En Yemen, Alí Abdullah Saleh es acosado por dos insurgencias y parte de militares afiliados localmente a Al Qaeda.
En Sudán, la división es entre un norte árabe e islámico que controla el campesinado y un sur africano y cristiano, rico en petróleo, que ya ganó un referendo para independizarse.
En Jordania, habitan palestinos desplazados del occidente del río junto con otros originarios del desierto al oriente.
La e c o n o m í a difiere también en los varios países. Aunque hay una constante que alimenta razonablemente los disturbios en los varios Estados: y es la corrupción. Caso especial lo configura Libia. Ésta es una nación cuya pequeña población, riqueza mineral, historia cultural y proximidad a los grandes y ricos mercados europeos la podrían haber constituido hace mucho tiempo en una potencia económica entre los Estados del Golfo. Pero en cambio, se volvió una cleptocracia (el gobierno del adinerado) al servicio exclusivo de Muammar Gadafi, su familia y sus apoyos tribales.

Proveer, atender a las necesidades populares
Hay un elemento común en las recientes protestas, intentos de derrocamiento de regímenes, amagos de revolución en una ancha gama de países de cultura árabe de la región. Es el hecho de que los gobiernos cuestionados no han hecho lo suficiente por proveer adecuados empleos, educación, vivienda, dignidad humana. “La falla en proveer es la fuente más evidente de tensión. Es la constante”, afirma el analista Rogan. A la par que la población, han crecido sus demandas, se ha venido incubando mucho resentimiento en los jóvenes, cada día mejor informados del mundo exterior y entre sí por la tecnología, ante mandatarios autoritarios. Su deteriorada situación económico-social es buen caldo de cultivo para la protesta política.


Tener paciencia

Tras la sonriente transición de poder en Túnez en contraste con la horrible y violenta represión de Gadafi en Libia se puede temer lo peor para las nacientes primaveras de cambio político en países árabes. El futuro se proyecta muy inestable. “El consejo más sabio es la paciencia”, consigna Michael Elliot. Durante las revoluciones europeas de 1989, era frecuente mirar al Medio Oriente y admirarse de que parecía inmune al cambio democrático. Pero los pasados meses han sido prueba suficiente de que no hay “excepción árabe” y de que la motivación humana por la libertad, la prosperidad, la felicidad cunde por doquier. Lo que no significa que una era postrevolucionaria sea fácil y dichosa en todas partes. Se requiere previamente que haya habido organización política e instituciones popularmente legitimadoras. Tal el caso de Polonia que contó con todo ello, a saber: una fuerte organización política (el sindicato Solidaridad dotado de buenos líderes) y la jerarquía de la Iglesia Católica, bien enraizada y con amplia, legitimidad en el pueblo. Donde no existen tales instituciones surgen los problemas. Como ocurrió en Rusia después de 1990, donde fuerzas oscuras y deletéreas llenaron el vacío de poder que se creó.

Las instituciones cuentan
El condicionamiento institucional es importante en el Medio Oriente precisamente por la naturaleza de las convulsiones y de transformación revolucionaria que se intenta. Por organizados y valientes que sean los jóvenes que dirigen los alzamientos, por muy contundentes y difundidos que sean los mensajes a través de Facebook y Twitter, todo ello no es suficiente. Se requiere algo más. Aunque han padecido años de autocracia, Egipto y Túnez tienen parlamentos, partidos políticos, jueces y abogados, sindicatos laborales y una prensa cuyos miembros quieren hacer lo que libres comunicadores hacen por otras partes. Todo ello es buen augurio para el intento de construir sistemas de gobernabilidad que sean, a la vez, efectivos y aceptables para el pueblo. El contraste con lo que ocurre en Libia y Yemen es notable. Libia no tiene instituciones estatales de poder en las que pueda confiarse. Es oficialmente una “Jamahiriya”, un “Estado de masas”, donde el perpetuo líder lo es todo, manipulando la nación ( o mejor las tribus) con sus Consejos populares: “Yo soy el Estado, Yo soy la Revolución” (Gadafi). Y Yemen ha sido un Estado unificado solamente desde 1990. Desgastado por la pobreza y asediado por alzamientos regionales, podría enfrentar una trayectoria postrevolucionaria de tipo silla mecedora, bamboleante para allá y para acá.
De todos modos, lo que ocurra en el mundo árabe es cosa de los árabes” (Rogan).

 

03/04/2011