Un
escenario variopinto
Asistimos a un final de régimen,
relativamente breve y pacífico,
ocurrido en Túnez. Tras 18 días
de protestas masivas y resistencia pasiva
del presidente Mubarak con 30 años
en el poder, éste pasó a
manos de un régimen de transición
de militares y laicos, con promesas de
reforma constitucional. En Libia, un tirano
fuerte y excéntrico como Gadafi,
tras 42 años de Revolución,
ha preferido que arda el país en
una guerra civil antes que renunciar.
En el pequeño Bahrein, con dos
comunidades islámicas levantiscas
pero enfrentadas (chiitas y sunitas),
las demostraciones contra la monarquía
han sido reprimidas por la fuerza. Mientras
tanto, han surgido protestas, por contagio,
contra un dictador de larga data en Yemen
y monarquías hereditarias en Marruecos
y Jordania.
No se puede aplicar nada en perfecta analogía
de un país a otro. Cada nación
en el Medio Oriente tiene su propio colorido
debido a su historia colonial. Marruecos,
Algeria y Túnez son de habla francesa.
Libia tiene buenas relaciones con Italia
de la que dependió inicialmente
y fue una vez protectorado británico.
Egipto recibe enorme ayuda norteamericana
y los líderes de sus fuerzas armadas
tienen estrechos vínculos con los
del Pentágono. Combinación
que permite primacía a los intereses
de Estados Unidos en Egipto y no en otros
países de la región. Cada
país tiene su propio proceso y
su peculiar respuesta a la crisis. Egipto
tiene más de 80 millones de habitantes,
Bahrein alrededor de 1 millón.
Algunos, como Libia, poseen abundantes
reservas y exportación de petróleo
y gas; otros como Yemen tienen poca riqueza
de hidrocarburos.
Egypto fue por mucho
tiempo el líder natural del mundo
árabe y encabezó el movimiento
mundial de los no-alineados. Las nuevas
generaciones egipcias quisieran volver
a ver a su país con el mismo dinamismo
cultural y político que logró
tener entre las dos guerras mundiales
y después tras Gamal Nasser. Su
estatura actual no les satisface.
La r e l i g i ó n puede perfilar
lo que vendrá en algunos países.
En Bahrain, las multitudes
corean: “No sunitas ni chiitas sino
bahraníes”. Pero allí
la minoría sunita y la familia
real han dominado sobre los muchos pobres
chiitas. Siria tiene sus propias fracturas.
La familia Assad que ha gobernado el país
desde 1970, proviene de la pequeña
secta islámica Alawita, pero la
nación es de mayoría sunita.
En Yemen, Alí
Abdullah Saleh es acosado por dos insurgencias
y parte de militares afiliados localmente
a Al Qaeda.
En Sudán, la división
es entre un norte árabe e islámico
que controla el campesinado y un sur africano
y cristiano, rico en petróleo,
que ya ganó un referendo para independizarse.
En Jordania, habitan
palestinos desplazados del occidente del
río junto con otros originarios
del desierto al oriente.
La e c o n o m í a difiere también
en los varios países. Aunque hay
una constante que alimenta razonablemente
los disturbios en los varios Estados:
y es la corrupción. Caso especial
lo configura Libia. Ésta
es una nación cuya pequeña
población, riqueza mineral, historia
cultural y proximidad a los grandes y
ricos mercados europeos la podrían
haber constituido hace mucho tiempo en
una potencia económica entre los
Estados del Golfo. Pero en cambio, se
volvió una cleptocracia (el gobierno
del adinerado) al servicio exclusivo de
Muammar Gadafi, su familia y sus apoyos
tribales.
Proveer,
atender a las necesidades populares
Hay un elemento común en las recientes
protestas, intentos de derrocamiento de
regímenes, amagos de revolución
en una ancha gama de países de
cultura árabe de la región.
Es el hecho de que los gobiernos cuestionados
no han hecho lo suficiente por proveer
adecuados empleos, educación, vivienda,
dignidad humana. “La falla en proveer
es la fuente más evidente de tensión.
Es la constante”, afirma el analista
Rogan. A la par que la población,
han crecido sus demandas, se ha venido
incubando mucho resentimiento en los jóvenes,
cada día mejor informados del mundo
exterior y entre sí por la tecnología,
ante mandatarios autoritarios. Su deteriorada
situación económico-social
es buen caldo de cultivo para la protesta
política.
Tener paciencia
Tras
la sonriente transición de poder
en Túnez en contraste con la horrible
y violenta represión de Gadafi
en Libia se puede temer lo peor para las
nacientes primaveras de cambio político
en países árabes. El futuro
se proyecta muy inestable. “El consejo
más sabio es la paciencia”,
consigna Michael Elliot. Durante las revoluciones
europeas de 1989, era frecuente mirar
al Medio Oriente y admirarse de que parecía
inmune al cambio democrático. Pero
los pasados meses han sido prueba suficiente
de que no hay “excepción
árabe” y de que la motivación
humana por la libertad, la prosperidad,
la felicidad cunde por doquier. Lo que
no significa que una era postrevolucionaria
sea fácil y dichosa en todas partes.
Se requiere previamente que haya habido
organización política e
instituciones popularmente legitimadoras.
Tal el caso de Polonia que contó
con todo ello, a saber: una fuerte organización
política (el sindicato Solidaridad
dotado de buenos líderes) y la
jerarquía de la Iglesia Católica,
bien enraizada y con amplia, legitimidad
en el pueblo. Donde no existen tales instituciones
surgen los problemas. Como ocurrió
en Rusia después de 1990, donde
fuerzas oscuras y deletéreas llenaron
el vacío de poder que se creó.
Las
instituciones cuentan
El condicionamiento institucional es importante
en el Medio Oriente precisamente por la
naturaleza de las convulsiones y de transformación
revolucionaria que se intenta. Por organizados
y valientes que sean los jóvenes
que dirigen los alzamientos, por muy contundentes
y difundidos que sean los mensajes a través
de Facebook y Twitter, todo ello no es
suficiente. Se requiere algo más.
Aunque han padecido años de autocracia,
Egipto y Túnez tienen parlamentos,
partidos políticos, jueces y abogados,
sindicatos laborales y una prensa cuyos
miembros quieren hacer lo que libres comunicadores
hacen por otras partes. Todo ello es buen
augurio para el intento de construir sistemas
de gobernabilidad que sean, a la vez,
efectivos y aceptables para el pueblo.
El contraste con lo que ocurre en Libia
y Yemen es notable. Libia no tiene instituciones
estatales de poder en las que pueda confiarse.
Es oficialmente una “Jamahiriya”,
un “Estado de masas”, donde
el perpetuo líder lo es todo, manipulando
la nación ( o mejor las tribus)
con sus Consejos populares: “Yo
soy el Estado, Yo soy la Revolución”
(Gadafi). Y Yemen ha sido un Estado unificado
solamente desde 1990. Desgastado por la
pobreza y asediado por alzamientos regionales,
podría enfrentar una trayectoria
postrevolucionaria de tipo silla mecedora,
bamboleante para allá y para acá.
“De todos modos, lo que ocurra
en el mundo árabe es cosa de los
árabes” (Rogan).
03/04/2011