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Por
etapas, una vez aparecido en nuestro planeta
tierra el hombre, la humanidad ha venido
haciéndose, recubriendo la esfera
de la vida (biosfera) con una capa superenvolvente
de pensamiento, cada vez más extensa
y compleja, es la llamada noosfera.
Todo comenzó con el hombre prensil,
con un animal cuyas manos no sólo
“agarraban” sino que eran
también capaces de manipular instrumentos
y de fabricar (homo faber). Vino
el homo sapiens, que compara,
reflexiona, analiza, piensa, inventa,
y logra una expresión en la cultura
escrita que se maximiza con la invención
de la imprenta. De allí proviene
el hombre de Gutenberg, el hombre que
lee. Y con el gigantesco avance de los
medios electrónicos de comunicación,
el hombre–que–piensa comienza
a transformarse en el hombre–que–ve
(homo videns), el hombre–ocular,
el hombre de McLuhan El poder de la imagen
comienza a afectar fuertemente todo lo
humano. Por consiguiente, también
el mundo de la política. Podemos
hablar de la video–polìtica,
de la política video–plasmada,
como reflejo de ese poder más generalizado,
el video–poder.
¿Ver
para creer?
Autores recientes, como Sartori [1],
se han ocupado del asunto, impresionados
por los efectos negativos que va generando
dicho fenómeno en los países
de punta como son los Estados Unidos de
Norteamérica. Allí se advierte
un “localismo” exagerado,
en el que los acontecimientos van quedando
“sin sentido del lugar”. Y
lo que es peor, se va perdiendo la objetividad
del mensaje. Si el periodismo escrito
puede mentir, el periodismo en imágenes
lo hace más fácil y frecuentemente.
“En el periodismo de imágenes,
la distorsión es más fácil
que nunca: basta con las tijeras. La “descontextualización”
que acompaña a la imagen que habla
por sí sola es suficiente por sí
misma como para falsearlo todo.
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Análisis
& Opinión
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Más de 120 Editoriales publicados sobre la actualidad política del Mundo : análisis de opinión de situaciones complejas y de gran impacto sobre el mundo de hoy. |
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Siempre
se ha dicho: ver para creer. Quizás
el nuevo dicho sea: “no creer en lo
que se ve por la televisión”.
La omisión que se hace de acontecimientos
(de los que hablarán los historiadores)
es gigantesca, porque el criterio que se
toma para fijar la importancia de un suceso
es su calidad telegénica, su capacidad
de llamar la atención, de espectacularidad.
Pero lo que es todavía más
grave, es la pobreza de análisis
y de comprensión a que está
expuesta la video–política.
La virtual desaparición del encuadramiento
del “problema” hace imposible
su explicación. Un acontecimiento
sin problema, aislado de su problema, es
nada. La televisión es mala para
explicar, porque la imagen es por sí
misma enemiga de la “abstracción”,
mientras que explicar es desarrollar un
discurso abstracto, basado en conceptos,
no en imágenes. Diógenes buscando
la solución de los problemas, con
su linterna, escapa de la TV con todo y
linterna. No hay nada que iluminar ni que
explicar. Sólo queda el espectáculo
visual.
Los problemas, lo que afecta el interés
general, el bien público, el largo
plazo, son precisamente “abstracciones”,
esas abstracciones que la televisión
no permite. Sólo queda la inflación,
la dramatización de lo trivial,
al efectuarse la castración de
la comprensión. En la galaxia de
McLuhan, el hombre se empobrece y reduce
a ser un animal–ocular (homo videns)
y muy difícilmente llegará
a ser un animal–mental (homo sapiens).
Yeheskel
Dross, en La capacidad de gobernar,
afirma que los medios de comunicación
prestan más atención a las
imágenes creadas por los expertos
en relaciones públicas que al desempeño
real del poder. A veces, los fogonazos
de treinta segundos cuentan más
que los argumentos razonados o la conducta
moral. Ello explicaría, en casi
todas partes del mundo, los llamados fenómenos
electoreros, que, a la larga, resultan
ser sólo eso: algo que, según
los griegos antiguos, pertenece al mundo
de los sentidos y se opone al mundo de
la razón. Son simples “flashes”.
Amansar las noticias
Para
cualquier ciudadano culto, pero con mayor
razón, para un eventual analista,
la lectura diaria del mundo de las noticias
impone un sagrado deber de domesticador.
El magazine Time dedicó
un interesante dossier al actual fenómeno
de explosión masiva de información
("Las guerras de noticias. ¿Más
cantidad de noticias son buenas noticias?")
[2]. Por
esa época ingresaba el bloque de
Rupert Murdoch en la guerra de noticias
todas las 24 horas en USA, con su nuevo
Canal Fox News , que llegaba
inicialmente a 17 millones de hogares.
Más tarde vino el fenómeno
planetario de cobertura día y noche
de CNN. La revista analiza la sobrecarga
de información que se está
dando a través de tantos medios
de comunicación (periodismo, radio,
TV, correo electrónico, internet).
Hay una enorme explosión de información
a la que no responde algún tipo
de ordenación; la información
está altamente fragmentada y obedece
más a intereses individuales que
universales. Según el crítico
del Washington Post, Howard Kurtz,
"toda clase de advenedizos, rufianes
y charlatanes han encontrado cómo
entrar a la tienda de los medios. Hoy
toda clase de rumores, de sugerencias
y conspiraciones logran un puesto en la
pantalla de radar de los medios".
La atención del público
televidente y de revistas está
moviéndose de las noticias sustantivas
hacia la chismografía acerca de
celebridades; se está pasando de
la era de las noticias a la era del entretenimiento.
James Fallows, editor del US News
& World Report, tiene un interesante
libro Amansando las Noticias: Cómo
los Medios socavan la Democracia americana
[3], en
donde recoge las críticas que se
hacen a los comunicadores por haberse
vuelto demasiado elitistas, demasiado
volcados hacia lo propio y no hacia lo
que realmente tiene importancia para la
gente ordinaria, demasiado cínicos
y han perdido credibilidad. Según
encuesta de Time/CNN [4],
para los americanos (algo parecido pudiera
aparecer en una encuesta a los venezolanos),
el 75% piensa que los medios noticieros
son sensacionalistas, el 63% que son muy
negativos, el 73% que no les merecen credibilidad
por su falta de precisión objetiva.
Para Tom Johnson, presidente de CNN, "la
gente está experimentando una enorme
sobrecarga de información. Debemos
encontrar formas de simplificar cómo
la audiencia pueda recibir esta información".
Y para Andrew Heyward, presidente de CBS
News, otro problema de esta explosión
informática es "que hemos
perdido el sentido de proporción:
todo está hecho de modo que parezca
igualmente importante, desde la caída
del muro de Berlín hasta el último
escándalo en Washington".
Todo ello lleva a plantearnos actualmente
"cómo arreglar
el caos en algún tipo de orden
inteligente" [5].
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[1]
G. Sartori (1992): Elementos de
Teoría Política,
Madrid Alianza, cap. 15, pp. 305-316. Recomendamos
el buen artículo de Elys Mora (1998):
“Los límites de la video política”,
Revista Venezolana de Ciencia Política,
Mérida, ULA Cepsal, n° 13, pp.
89-106.
[2] "The news wars. Is more news good
news?" Time, october
21, 1996, p. 44-50.
[3]
Fallows, James (1996): Breaking the News:
How the Media Undermine American Democracy.
[4]
Time, october 21, 1996,
p. 49
[5] "Put the chaos in some kind of
intelligent order" (Time,
21 october, p.50). |
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