Dentro
del Estado de la Ciudad del Vaticano está
la llamada Santa Sede, máxima institución
de gobierno de la Iglesia Católica.
Aunque los dos nombres «Ciudad del
Vaticano» y «Santa Sede»
se utilizan a menudo como si fueran equivalentes,
el primero se refiere al Estado independiente
y a su territorio que da soporte material
y soberano a la Santa Sede, la cual se
refiere a la Institución que dirige
la Iglesia y que tiene personalidad jurídica
propia (como sujeto de Derecho internacional).
Historia
y razón de ser
756, se inicia la historia de los Estados
Pontificios en territorios de lo que será
Italia.
1860, el ejército del rey de Italia
Víctor Manuel II conquista los
Estados Pontificios, dejando a la Santa
Sede solamente en posesión de Roma
y su región costera, durante el
papado de Pío IX. 1870, Víctor
Manuel toma Roma, en gran parte gracias
a la Guerra franco-prusiana y la proclama
nueva capital de su reino. La Santa Sede,
con su cabeza el Papa, queda literalmente
secuestrada dentro de sus muros.
1929, el Tratado de Letrán es firmado
por Pietro Gasparri, en representación
de la Santa Sede, y Benito Mussolini,
primer ministro italiano, el 11 de febrero
durante el pontificado de Pío XI.
Con este pacto se dio por terminada la
aguda disputa con Italia que existía
desde 1870. 1939, estalla la Segunda Guerra
Mundial; la Santa Sede se declara neutral.
El Acuerdo o Tratado de Letrán
de 1929 estableció la personalidad
del Vaticano como Ente soberano de derecho
público internacional, con el fin
de asegurar a la Santa Sede, en su condición
de suprema institución de la Iglesia
Católica, "la absoluta y visible
independencia, y garantizarle una soberanía
indiscutible también en el campo
internacional", según se declara
en el preámbulo del tratado. Como
Jefe del Estado Vaticano y como cabeza
de la Santa Sede, el Romano Pontífice
reúne en sí una serie de
atributos: los poderes temporales del
régimen estatal (ejecutivo, legislativo,
judicial) y los religiosos de magisterio
y gobierno eclesial.
Misión
religiosa y misión temporal
La
misión integral de la Iglesia,
es exclusivamente religiosa en principio,
pero tiene como consecuencia una misión
igualmente específica en relación
con el mundo, o sea la ordenación
del orden temporal o proceso de humanización
del mundo. La labor propia de la Iglesia
es sustancialmente su función religiosa.
Pero de ella brotan exigencias para un
mejor orden temporal. Bien lo definió
el Concilio Vaticano II en su Constitución
Gaudium et Spes, nº 42: "La
misión propia que Cristo confió
a su Iglesia no es de orden político,
económico o social. El fin que
le asignó es de orden religioso.
Pero precisamente de esta misma misión
religiosa derivan funciones, luces y energías
que pueden servir para establecer y consolidar
la comunidad humana según la ley
divina". Es un conjunto gigantesco
de tareas de tipo planetario en combinación
con otras instituciones mundiales, a través
de ambajadas diplomáticas, de organizaciones,
convenios y actividades, que le exigen
a la SEDE APOSTÓLICA un soporte
territorial y soberano, cual es EL ESTADO
DE LA CIUDAD DEL VATICANO, que aunque
pequeño, le ha resultado un instrumento
apropiado, moderno y útil, del
que no hay ejemplo en otra alguna religión
del mundo.