Los intelectuales y la política (Editorial 17)
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Los intelectuales y la política  

Aunque no busquen directamente puestos de mando, desde muy antiguo los intelectuales han girado alrededor del Poder. De ordinario pasan desapercibidos. Pero en épocas de crisis y turbulencia, la sociedad les asigna una función riesgosa para que le decodifiquen la intrincada maraña política que la envuelve, aportándole ideas, cuando los políticos no las tienen o no les funcionan. Lo ha expresado el intelectual larense Teódulo López Meléndez, Presidente del Pen Club de Venezuela, quien sucedió a José Ramón Medina, fundador de esta Asociación: "Es importante que el país mire a la intelligentsia nacional como un nutriente frente a la sequía[..] Cuando los políticos carecen de ideas, el país debe voltearse hacia sus intelectuales. Eso es algo fundamental".

 

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El intelectual y su papel

Desde la Antigüedad, los hombres con ideas no han podido menos que influir en la conducción de los ciudadanos. A Platón -en su famosa "República"- le parecía mejor que la élite gobernante fueran los pensadores, debidamente formados, y no los guerreros, a pesar de sus habilidades en estrategia y armas. Debemos distinguir entre Sabio, Escritor e Intelectual. El sabio (filósofo, ideólogo) tiene poder sobre los espíritus mediante la idea. El Escritor (poeta, novelista, periodista) tiene poder sobre lo real mediante la palabra. El intelectual tiene poder sobre los hombres, mediante las palabras y las ideas. Intelectual no es el que crea, ni el que descubre, ni el que inventa, ni el que reflexiona, sino algo más modesto: el que opina en un contexto social. Y opina hablando o por escrito (ensayo, periódico, página web, internet). El intelectual se dirige a la opinión pública, con sus ideas, para despertarla, dirigirla, fustigarla, estimularla en un sentido u otro. No basta que sea una voz sabia, que clama en el desierto sin oyentes. Es de su momento. El proyecto para ejercer influencia es lo que distingue al intelectual del sabio. El intelectual aspira influir sobre la sociedad y sobre su tiempo, mediante su voz (hablada o escrita) que alerta, que critica, en un oficio lo más independiente posible. Pero tiene el peligro de caer en la trampa de la función social y el riesgo de ceder a la tentación de convertirse en 'vedette'.

Se considera hoy que el primer intelectual moderno fue el francés Emile Zola, con su célebre "Yo acuso" (1898), que abrió tremendo debate público sobre los valores de referencia entonces, obligando a revisar el sonado caso del capitán Dreyfus. Hacemos nuestras algunas expresiones del intelectual larense, López Meléndez, ya nombrado: "El papel del intelectual es combatir la abulia, la estupidez y el enmascaramiento [..] La voz del intelectual fustiga hacia todos los lados, sin detenerse en consideraciones secundarias. La voz del intelectual es la fijación de un camino o la que provee una orientación [..] Es la hora del intelectual alerta. El intelectual alerta es quien debe procurar el despertar del país".

Tipos de intelectuales
Espigando casos históricos, encontramos en todas partes y épocas, que así como ha habido intelectuales áulicos que han sido panegiristas y legitimadores de regímenes (algunos muy autoritarios), los ha habido también fuertemente críticos y desestabilizadores. Ha habido intelectuales lúcidos y comprometidos, así como intelectuales decepcionados y desencantados.

AÚLICOS
Un interesante libro de Mark Tilla ("Pensadores temerarios", Debate 2004) ofrece seis breves ensayos sobre intelectuales que tendieron perturbadores puentes de conciliación entre pensamiento filosófico y régimen tiránico. El primero de todos Martín Heidegger, el gran filósofo alemán de expresivo estilo, renombrado Rector de la Universidad de Friburgo desde abril 1933. Al mes de posesionado, se afilia al partido nazi y en su discurso de posesión del cargo, en lenguaje técnico ya suscribía la necesidad de someter las universidades a los objetivos nazis. Libros recientes como el de Safranski ("Un maestro de Alemania: Martin Heidegger y su tiempo, 1997), el de Steiner ("Heidegger" 1999, donde cambia el prólogo que había hecho a la primera edición de 1978) y sobre todo el del chileno Víctor Farías ("Heidegger y el nazismo", 1985) no dejan lugar a dudas sobre los innumerables servicios que dicho sobresaliente intelectual prestó al abominable nacional-socialismo de Hitler. En nuestra historia política venezolana, el historiador Luis Britto García, comentando "Los cuatro reyes de la baraja" de Francisco Herrera Luque, afirma que “los tronos de los reyes de la baraja se fundan sobre el oro y la sangre, pero se legitiman por la corona ideológica que les confieren los intelectuales. La dominación de Páez se cimenta sobre la historia de Venezuela escrita en clave épica por José María Baralt y Ramón Díaz. La del Ilustre Americano, en el incienso que le tributa la camarilla de plumíferos llamada adoración perpetua. Laureano Vallenilla Lanz, Gil Fortoul y Arcaya tejen para el Benemérito laureles de cesarismo democrático. El golpe de Estado del 18 de octubre es llamado Revolución por Rómulo Gallegos, Andrés Eloy Blanco, Mariano Picón Salas”.


Críticos y comprometidos

El intelectual no es el sabio que vive en una torre de marfil o en su acantilado, desde donde ve pasar en la lejanía la nave de gobernantes, a veces locos, necios o incompetentes. El intelectual está atento a lo que lo rodea y se preocupa cuando las cosas van mal para el colectivo. El ejercicio intelectual es oficio independiente, pero útil a la comunidad. Busca ser práctico y eficaz para sus contemporáneos, asumiendo un compromiso consigo y con su entorno.

El oficio del intelectual es riesgoso. Así lo ilustran los casos de Sócrates -obligado a tomar cicuta- y en épocas menos remotas, los de críticos lúcidos y valientes, a quienes regímenes autoritarios callan -a la fuerza- en prisión, clínica psiquiátrica, campo de concentración, destierro, horno crematorio o camposanto. No es común encontrar casos como el de Juan Montalvo, nacido en Ambato (Ecuador 1832), aunque provinciano, hombre leído, estudioso y viajado, fundador de periódicos y escritor de libros. Se enfrenta, por años, al todopoderoso dictador García Moreno (quien fuera presidente) y logra sobrevivirle. Cuando éste cae asesinado en Quito (5 agosto 1875), Montalvo escribe: "Mi pluma lo mató". Y sigue escribiendo por 14 años más.

En Francia (1996) aparece la excelente obra "Diccionario de los intelectuales franceses", coincidente con la fecha en la que los restos de André Malraux, gran intelectual galo, fueron trasladados al panteón nacional. En ella, los autores Julliard y Winock hacen desfilar a autores comprometidos: unos furiosamente con una causa política que hoy se considera equivocada; otros con una causa política acertada. Entre los primeros, Jean-Paul Sartre, quien puso por años su innegable genio y su recursivo vedettismo al servicio del totalitarismo comunista. Entre los segundos, también brillantes e influyentes, figuras como Bernard-Henri Levy, Camus, Malraux, Raymond Aron, quienes rompieron lanzas contra los regímenes totalitarios, ya fueran de extrema derecha (fascismo) o de extrema izquierda (comunismo).

Lúcidos y conciencia moral del país

El vientre de todas las naciones siempre nutre -con semillas del Mal- personajes siniestros pero bien dotados, que retrotraen a su pueblo a épocas oscurantistas (que se pensaban superadas) o ensayan montar -por su cuenta y a como de lugar- algún nuevo experimento de planeta Marte (dios del conflicto y la guerra). Pero del mismo vientre patrio surgen -cuando menos se espera- conductores natos, con una gran visión y carácter, que como intelectuales avizoran el horizonte y dan el combustible de ideas para mejores tiempos, tarea ciclópea propia de conductores y políticos. Aunque se da también el caso de juntarse las dos vocaciones u oficios en un mismo personaje, como conjunción favorable de astros.
Tal el fenómeno reciente del dramaturgo Vaclav Havel, en la hasta hace poco Checoeslovaquia (hoy República Checa y Eslovenia). Por años, este gran intelectual representó para la inmensa mayoría de dicho país la moral de todo un pueblo. Fue confinado y puesto en prisión en 1968 -así como Alexander Dübcek quien inició desde el poder la llamada "Primavera de Praga"- en un intento de darle un "rostro humano" al Comunismo entonces vigente. Desviacionismo de la ortodoxia comunista que fue ferozmente aplastado por los tanques rusos, hecho que dio lugar a protestas en todo el mundo libre y a análisis como el muy valioso de Teodoro Petkoff (que justificó la aparición del MAS -Movimiento al Socialismo- en Venezuela). En los últimos días de diciembre 1989, Havel (en sus 53 años) es sacado del ostracismo y llevado al cargo de Presidente de la nueva Checoslovaquia, oficio que desempeñó con altura, acierto y dinamismo, hasta que se lo permitió el cáncer que lo afectaba. De él ha escrito Milan Kundera: "La vida de Vaclav Havel se parece realmente a una obra de arte". En España hombres como Ortega y Gasset (un ejemplo no más) son todavía estrellas rutilantes. Entre nosotros, un intelectual como Arturo Uslar Pietri -escritor, novelista, educador y comunicador- ejerció con brillantez, genio y perseverancia hasta su muerte- el papel hoy añorado de "conciencia moral de Venezuela".

Moraleja
Mientras contemos con esta clase de hombres y mujeres -que los hay- no tenemos por qué ser pesimistas incorregibles ni perder las esperanzas. El Señor de las Naciones sigue suscitando personas comprometidas a quienes encargar -como a Jeremías- acelerar la historia, "arrancando y derribando, edificando y plantando" (Jeremias 1, 4-10).

09-12-09