Es
inevitable la desaparicicón física
de Nelson Mandela a sus casi 95 años
(cumpleaños 18 de julio), quien
fuera el prisionero político más
famoso del mundo, Premio Nobel de la Paz
(octubre 1993) y primer presidente negro
en la historia de Sudáfrica (1994-1999).
Nelson Rolihlahla Mandela nació
en 1918 en Umtata, entonces capital del
llamado territorio de Transkei. Fue por
27 duros años (1962-1990) el prisionero
# 46664 en la insalubre Robben Island,
frente a la Ciudad del Cabo, condenado
por supuestos 'crímenes' como aguerrido
militante del CNA (Movimiento Nacional
Africano) contra el injusto sistema del
"apartheid" (segregación
racial) que contra la gente de color había
impuesto el régimen de unas minorías
blancas (10% de la población) -que
agrupaban originalmente a los "boers"o
"afrikaners calvinistas holandeses,
a hugonotes franceses y más tarde
a colonos ingleses.
El líder
La misión de un líder o
conductor es “llevar a su pueblo
de donde está a donde debe estar",
en frase de Kissinger. Es el producto
del pueblo que encuentra en él
al vocero de sus reclamos y la posible
solución a sus necesidades (enfoque
de algunos) y resulta siendo así
" solamente el comadrón que
vigila el parto de un pueblo en camino",
o es quien toma activamente la iniciativa
con sus ideas y propuestas (enfoque de
otros) y resulta siendo " la enzima
que acelera, congela o degrada los procesos
sociales". Complementando dichos
dos enfoques anteriores, podemos decir
con Francisco Herrera Luque (Bolívar
de carne y hueso y otros ensayos, 1983)
que el líder, por un lado, tiene
un papel individual innegable, pero, a
la vez, surge del pueblo y no puede actuar
sin él. Tiene un papel social y
colectivo innegable que le permite, al
igual que una enzima acelerar, congelar
o degradar los procesos sociales poniendo
en marcha fórmulas nuevas en el
quehacer social con el riesgo de que puedan
resultar equivocadas. Cuando hablamos
de líderes o personajes influyentes,
ya sean profetas o gobernantes, solemos
imaginarlos que van siempre delante de
su seguidores y no detrás de los
dirigidos. Personalmente me llama la atención
en el caso de Mandela el que al salir
de la cárcel teniendo plena conciencia
de su liderazgo nacional,no lo concibe
como yendo adelante de todos con cierto
orgullo y autosuficiencia, sino lo expresa
originalmente con realismo y sencillez
que no va a desmentir después:
“Estoy ante ustedes pero no como
un profeta, sino como un humilde servidor
de ustedes, el pueblo. Soy un hombre ordinario.
Las circunstancias me convirtieron en
líder". Y enhebrando recuerdos
de su niñez pastoril afirma : “Cuando
tú quieres llevar un rebaño
hacia cierta dirección, te pones
atrás con un bastón. Luégo
unos pocos de los más enérgicos
del rebaño se mueven hacia adelante
y el resto del rebaño los sigue.
Tú realmente estás guiando
todo el rebaño desde atrás”.
Para ser líder o conductor de un
pueblo, de ordinario se requieren tres
excelentes condiciones. Una gran VISION,
una gran VOLUNTAD, una gran capacidad
de CONCERTACION. Al salir de Robben Island,
a Mandela lo devoraba una gran visión:
la de liberar a su pueblo del régimen
opresivo y discriminatorio (“apartheid”),
que habían levantado los blancos.
Lo animaba también una gran pasión,
un contagioso coraje, una voluntad troquelada
en 27 largos años de autodisciplina,
paciencia y espera. Una fe y una energía
capaz de movilizar votos como montes y
empujar hacia el mar las deleznables arenas
blancas que todavía se opusieran.
Y además añadía ahora
el equilibrio del sabio experimentado,
del negociador, del político maduro,
del estadista futuro que sabe bien que
la política es el arte no de lo
mejor en teoría, sino de lo posible
en la práctica, de lo viable según
la coyuntura y las circustancias de su
tiempo y lugar.
Los 27 años como prisionero político
le dieron la imponente autoridad moral
con la que alentó y condujo a liberar
su país de los ominosos opresores
y hacer con ellos una paz constructiva
como hermanos. "Yo allí maduré
", reconoce Mandela. La cárcel
fue su gran universidad, como lo fue para
Maksim Gorki -el gran escritor proletario
ruso de Kasan -liberado de la prisión
zarista en 1906- y como lo fue para esa
generación brillante y democratizadora
en Venezuela llamada la de "los años
28". Mandela llega, con sus 71 años
en abril de 1994 a ser el primer Presidente
negro de Suráfrica, con una votación
democrática y aplastante que representaba
las mayorías negras y las minorías
indias, malayas, chinas, mulatas y mestizas.
Y desde la cima del poder, Mandela demostró
su alta calidad como estadista. Los cinco
años de su Presidencia los utilizó
para afianzar los grandes logros obtenidos,
tranquilizar a los blancos acerca del
efectivo respeto de todos sus derechos,
y aclimatar la convivencia pacífica
de las dos razas. Su gobierno (a diferencia
de otros de varias latitudes) lo utilizó
para la reconciliación y la pacificación
y no para el enfrentamiento o el cobro
de cuentas. Como Presidente y Comandante
supremo de las fuerzas armadas, Mandela
hizo en paz una genuina transferencia
de poder. Implantó progresivamente
el respeto por la ley, sin que se hubiera
producido el baño de sangre que
casi todos vaticinaban. Supo, a la vez,
impulsar la tolerancia y resistir a las
fáciles tentaciones de una demagogia
populista y de permanencia en el poder.
Al dejar su mandato constitucional de
5 años el 16 de junio de 1999 y
pasarlo a manos del nuevo Presidente Thabo
Mbeki también del CNE y elegido
democráticamente (66% de votos,
266 escaños de los 400 del parlamento),
Mandela proyectó su procera estatura
moral más allá de sus propias
fronteras. Fue mundial la aceptación
de dicho gesto en los más diferentes
escenarios del primero, segundo y tercer
mundo. Dejó la jefatura del Estado
a sus 80 años, abrumado por casi
todos los honores a los que puede aspirar
un ser humano, incluido el de dar su nombre
a una partícula nuclear. Y se retiró
en forma modesta y sencilla, sin enriquecimientos
indebidos ni extravagante añoranza
del poder. Como lo dijo en su breve discurso
de despedida, fue su principal motivación:
"el deseo de conseguir una nación
en paz consigo misma". Su objetivo
final:"construir una Sudáfrica
que nos pertenezca a todos". Y su
metodología para ello: "la
búsqueda de la reconciliación".
Invictus
Como lo destaca bellamente y en forma
aleccionadora la película "Invictus"
(dirigida por Clint Eastwood y buen elenco)
recién posesionado, respalda plenamente
al equipo de rugby de su país integrado
todavía en su totalidad por jugadores
blancos y junto al nuevo popular himno
popular del CNA hace entonar también
la melodía militar "Die Stem"del
régimen anterior, consecuente con
su política de reconciliación
para lograr unificar al país y
que fuera, así, ganador también
en el concierto de naciones.
Fue un líder extraordinario. Su
larga fidelidad a una causa justa, liberacionista.Su
vocación política no solo
de diálogo de labios para afuera
sino de sincero compromiso y efectiva
negociación. Su moderación
como gobernante sin estridencias ni insultos
para los que no piensan como él,
lo hacen un ejemplo de buen estadista.
Empujó con suficiente presión
–como para lograr derrumbarlas-
las estructuras injustas del apartheid
impuestas por los blancos. Pero no tumbó
la fábrica de la sociedad civil
y nacional de su patria. Una violencia
incontrolada hubiera hecho colapsar la
estructura misma de Sudáfrica.
Impuso los términos finales no
de una lucha armada a muerte sino de una
reconciliación en conviviencia
ciudadana de la dos razas, y dentro de
una democracia política viable.
Es justificado el que Con su acertada
pluma el Nobel Vargas Llosa concluye su
" Elogio de Nelson Mandela"
(El País 30 junio) aludiendo a
la sana políitica: " Mandela
es el mejor ejemplo que tenemos -uno de
los muy escasos en nuestros días-
de que la política no es sólo
ese quehacer sucio y mediocre que cree
tanta gente, que sirve a los pillos para
enriquecerse y a los vagos para sobrevivir
sin hacer nada, sino una actividad que
puede también mejorar la vida,
reemplazar el fanatismo por la tolerancia,
el odio por la solidaridad, la injusticia
por la justicia, el egoísmo por
el bien común, y que hay políticos,
como el estadista sudafricano, que dejan
su país, el mundo, mucho mejor
de como lo encontraron".
En realidad, Mandela queda consagrado
ya como líder modelo para nuestro
tiempo y nuestro continente, sin distinción
de raza, de religión, de sexo,
de ideología política. Mandela
culminó una curva parabólica
que lo acredita por mucho tiempo como
el mayor líder revolucionario,
realmente transformador y exitoso. Su
figura procera y majestuosa, pero a la
vez, humilde y popular, queda para siempre
impresa en los anales de la historia reciente
de los pueblos, a la par con un Gandhi,
un Mao Sedung, un Jomeini, un Juan Pablo
IIº. No podemos menos que asentir
a la tesis de Carlyle de que hay hombres
que modelan pueblos, naciones y largas
épocas.
01-07-13