Terrorismo y política
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Logo Enrique Neira

 

 

     

A un año de la invasión militar a Irak para acabar con el amenazante régimen de Sadam Hussein, los sorpresivos atentados terroristas al sur de Madrid del 11 de marzo y la reciente eliminación física del Jeque palestino Yassin el 22 de marzo por un misil israelí, nos han impactado a todos y subrayan que nuestro mundo globalizado aparece lamentablemente más inestable, más violento y más peligroso que antes. Esa hidra de cien cabezas que es el terrorismo actúa aquí y allá; se alimenta de víctimas humanas inocentes y no sólo se asocia con la política radical sino que se impregna también de fanatismo religioso.

 

Terrorismo

El terrorismo, en todas sus formas es un exterminador cruel. Terrorismo viene de terror. El terrorismo tiene como finalidad amedrentar, crear un temor incontrolable, aterrorizar a un individuo o a toda una colectividad a fin de obtener determinados resultados. Podemos definir el terrorismo como el asesinato deliberado y sistemático, desbaratando y amenazando al inocente –ya sea individual o colectivo-, con miras a lograr ciertos objetivos realistas o imaginarios, por lo general políticos. El terrorismo envuelve la idea, por una parte, de golpear por sorpresa y sin miramiento, lo que se estima un objetivo político–militar; y por otra parte, la idea de aterrorizar al adversario, de provocar miedo, inseguridad, entendiendo por adversario incluso a la sociedad misma, ya sea en dimensión nacional o continental.

Causar miedo e inestabilidad, debilitar al adversario sin importar el costo en vidas de inocentes es el objetivo. Los golpes terroristas del 11 de septiembre del 2001 dejaron aturdida, semiparalizada, tendida en la lona por un tiempo a la gran superpotencia americana, y aunque ya reincorporada todavía se resiente de cierto síndrome. Lo mismo acaba de ocurrir con el electorado español el pasado 11 de marzo, en vísperas de unos importantes comicios. El terrorismo es una exhibición; pretende proyectarse como un espectáculo. En todas partes del mundo, la bestia del terrorismo se nutre ávidamente con la propaganda gratis y espectacular que le brindan los medios y que le permite agigantarse para intimidar a una sociedad y, si pudiera, paralizarla. Desde este punto de vista, las recientes acciones de cariz apocalíptico en varias partes del mundo –dado el cubrimiento mundial por los medios– representan el máximo nivel de terrorismo en la historia de la humanidad.

 

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¿Democracias de emoción?

Hay terrorismos de Ku-Klux-Kan en Estados Unidos, el de los hutus contra los tutsis en Ruanda y Burundi, el de los serbios contra los bosnios y los kosovares. Hay terrorismos de fuente eminentemente religiosa como el de “La Verdad Suprema” de origen budista y el del “Frente Islámico de Salvación” en algunos países. Hay terrorismos por razones simplemente mercantiles como lo fue el del Cartel de Medellín cuando Pablo Escobar. Y hay terrorismos de predominancia política como fue el de una fracción del IRA hace unos años y el del grupo “Mau Mau” en Kenia cuando era colonia británica; como fue el de los “Tupamaros” en Uruguay, el de los “Montoneros” en Argentina y el de “Sendero Luminoso” en Perú; y actualmente lo siguen siendo el movimiento Tamil en Sri Lanka, el ETA en España, las FARC y el ELN en Colombia, el Hamas en el sur de Líbano y territorio palestino-israelí.

Pero el terrorismo al servicio de un objetivo concretamente político no había nunca tenido tal contundencia como la que se aplicó en la red ferroviaria al sur de Madrid. Y es que –como lo acaba de subrayar el director de “Le Monde” de París- por primera vez, la acción de un comando terrorista ha provocado –expresándolo en lenguaje de billar- una carambola hasta ahora inédita entre 1) un hecho trágico (el atentado con sus cientos de víctimas inocentes), 2) la manipulación mediática (información y desinformación hablada, escrita y voluminosa por internet) y 3) una cita electoral importante (las elecciones parlamentarias). “Rara vez se había visto, en la vida de un Estado democrático, superponerse y golpearse con tal intensidad tres temporalidades fuertes: el tiempo coyuntural, el tiempo mediático y el tiempo político”.

Cada día más venimos advirtiendo el impacto innegable –con sus efectos a veces positivos y a veces negativos- de los medios en nuestras modernas “democracias de opinión”. Pero tras los atentados de Madrid y sus evidentes consecuencias electorales (véase nuestro comentario del 15 de marzo), es lícito preguntarnos si debemos comenzar a hablar ya de “democracias de emoción” (Paul Virilio). No se puede negar que la emoción causada por la tragedia de Atocha ha pesado fuertemente tres días más tarde sobre la intención del voto en las urnas. Hizo cambiar 180º el escenario político de España al menos por otros 4 años.

 

¿Mártires o demonios furiosos?

Y el caso de la eliminación física, violenta y sofisticada, por parte de Israel, de Ahmed Yassin máximo líder del Movimiento de Resistencia Islámica (HAMAS), es ilustrativa de otro fenómeno alarmante. Aquí el terrorismo no sólo se ha puesto al servicio de objetivos claramente políticos (reclamo de terrritorio para la Autonomía Palestina y exterminio de Israel), sino que se ha vehiculado en un fanatismo religioso de corte islámico, lleno de “celo” y alimentador de la “guerra santa”. El personaje que lo venía encarnando, desde la fundación de Hamas en la Franja de Gaza el 14 de diciembre de 1987 durante la primera Intifada, reunía en sí todas las condiciones (debilidad física como parapléjico en silla de ruedas + tesura espiritual + extremismo político fundamentalista) que lo convertían en la figura emblemática del integrismo palestino. Por su carisma espiritual y su organización benéfica siguiendo el modelo de la Hermandad Musulmana de Egipto, Yassin se disputaba con Arafat (presidente de la Autoridad Nacional Palestina) la lealtad de más de medio millón de palestinos. Detenido en 1989 por las autoridades israelíes como instigador de asesinatos y condenado en 1991 a cadena perpetua, fue liberado en octubre 1997 por el entonces primer ministro Netanyahu. Recibido como un héroe en Gaza, el jeque Yassin inició de nuevo su prédica a favor de los ataques suicidas contra objetivos israelíes (militares, civiles y simples colonos). Ordenó a los militantes de Hamas golpear a Israel con todas las fuerzas. Su mensaje violento y belicoso no cedió un milímetro: “No aceptamos el alto al fuego contra Israel…No reconocemos territorio a Israel por ocupar tierras sagradas del Islam…La tierra de Israel está consagrada para futuras generaciones islámicas hasta el Día del Juicio… El así llamado sendero de paz no es paz y no es un sustituto para dejar la guerra santa y la resistencia…Nosotros escogimos este camino [los suicidas bombas], y terminará con martirio o victoria….Cuando el mártir se inmola se siente tan feliz como en la noche de bodas”.

No se puede negar que hay sublimidad en éste nuevo mártir de la violencia y el terrorismo. Pero nuestro mundo no necesita estos guías ciegos que conduzcan a otros ciegos a dañar a los demás con el recurso al terrorismo que ninguna causa, por justa que sea, podrá jamás justificar. Bien lo ha formulado el observador internacional Ignace Ramonet: “dado que se ensaña con civiles no combatientes, el terrorismo constituye una forma de lucha particularmente criminal. Ninguna causa, por justa que sea, justifica el recurso a este despreciable método”.

05 abril 2004