A
un año de la invasión militar
a Irak para acabar con el amenazante régimen
de Sadam Hussein, los sorpresivos atentados
terroristas al sur de Madrid del 11 de
marzo y la reciente eliminación
física del Jeque palestino Yassin
el 22 de marzo por un misil israelí,
nos han impactado a todos y subrayan que
nuestro mundo globalizado aparece lamentablemente
más inestable, más violento
y más peligroso que antes. Esa
hidra de cien cabezas que es el terrorismo
actúa aquí y allá;
se alimenta de víctimas humanas
inocentes y no sólo se asocia con
la política radical sino que se
impregna también de fanatismo religioso.
Terrorismo
El
terrorismo, en todas sus formas es un
exterminador cruel. Terrorismo viene de
terror. El terrorismo tiene como finalidad
amedrentar, crear un temor incontrolable,
aterrorizar a un individuo o a toda una
colectividad a fin de obtener determinados
resultados. Podemos definir el terrorismo
como el asesinato deliberado y sistemático,
desbaratando y amenazando al inocente
–ya sea individual o colectivo-,
con miras a lograr ciertos objetivos realistas
o imaginarios, por lo general políticos.
El terrorismo envuelve la idea, por una
parte, de golpear por sorpresa y sin miramiento,
lo que se estima un objetivo político–militar;
y por otra parte, la idea de aterrorizar
al adversario, de provocar miedo, inseguridad,
entendiendo por adversario incluso a la
sociedad misma, ya sea en dimensión
nacional o continental.
Causar miedo e inestabilidad, debilitar
al adversario sin importar el costo en
vidas de inocentes es el objetivo. Los
golpes terroristas del 11 de septiembre
del 2001 dejaron aturdida, semiparalizada,
tendida en la lona por un tiempo a la
gran superpotencia americana, y aunque
ya reincorporada todavía se resiente
de cierto síndrome. Lo mismo acaba
de ocurrir con el electorado español
el pasado 11 de marzo, en vísperas
de unos importantes comicios. El terrorismo
es una exhibición; pretende proyectarse
como un espectáculo. En todas partes
del mundo, la bestia del terrorismo se
nutre ávidamente con la propaganda
gratis y espectacular que le brindan los
medios y que le permite agigantarse para
intimidar a una sociedad y, si pudiera,
paralizarla. Desde este punto de vista,
las recientes acciones de cariz apocalíptico
en varias partes del mundo –dado
el cubrimiento mundial por los medios–
representan el máximo nivel de
terrorismo en la historia de la humanidad.
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| ¿Democracias
de emoción?
Hay
terrorismos de Ku-Klux-Kan en Estados Unidos,
el de los hutus contra los tutsis en Ruanda
y Burundi, el de los serbios contra los
bosnios y los kosovares. Hay terrorismos
de fuente eminentemente religiosa como el
de “La Verdad Suprema” de origen
budista y el del “Frente Islámico
de Salvación” en algunos países.
Hay terrorismos por razones simplemente
mercantiles como lo fue el del Cartel de
Medellín cuando Pablo Escobar. Y
hay terrorismos de predominancia política
como fue el de una fracción del IRA
hace unos años y el del grupo “Mau
Mau” en Kenia cuando era colonia británica;
como fue el de los “Tupamaros”
en Uruguay, el de los “Montoneros”
en Argentina y el de “Sendero Luminoso”
en Perú; y actualmente lo siguen
siendo el movimiento Tamil en Sri Lanka,
el ETA en España, las FARC y el ELN
en Colombia, el Hamas en el sur de Líbano
y territorio palestino-israelí.
Pero
el terrorismo al servicio de un objetivo
concretamente político no había
nunca tenido tal contundencia como la que
se aplicó en la red ferroviaria al
sur de Madrid. Y es que –como lo acaba
de subrayar el director de “Le Monde”
de París- por primera vez, la acción
de un comando terrorista ha provocado –expresándolo
en lenguaje de billar- una carambola hasta
ahora inédita entre 1) un hecho trágico
(el atentado con sus cientos de víctimas
inocentes), 2) la manipulación mediática
(información y desinformación
hablada, escrita y voluminosa por internet)
y 3) una cita electoral importante (las
elecciones parlamentarias). “Rara
vez se había visto, en la vida de
un Estado democrático, superponerse
y golpearse con tal intensidad tres temporalidades
fuertes: el tiempo coyuntural, el tiempo
mediático y el tiempo político”.
Cada día más venimos advirtiendo
el impacto innegable –con sus efectos
a veces positivos y a veces negativos- de
los medios en nuestras modernas “democracias
de opinión”. Pero tras los
atentados de Madrid y sus evidentes consecuencias
electorales (véase nuestro comentario
del 15 de marzo), es lícito preguntarnos
si debemos comenzar a hablar ya de “democracias
de emoción” (Paul Virilio).
No se puede negar que la emoción
causada por la tragedia de Atocha ha pesado
fuertemente tres días más
tarde sobre la intención del voto
en las urnas. Hizo cambiar 180º el
escenario político de España
al menos por otros 4 años.
¿Mártires
o demonios furiosos?
Y
el caso de la eliminación física,
violenta y sofisticada, por parte de Israel,
de Ahmed Yassin máximo líder
del Movimiento de Resistencia Islámica
(HAMAS), es ilustrativa de otro fenómeno
alarmante. Aquí el terrorismo no
sólo se ha puesto al servicio de
objetivos claramente políticos (reclamo
de terrritorio para la Autonomía
Palestina y exterminio de Israel), sino
que se ha vehiculado en un fanatismo religioso
de corte islámico, lleno de “celo”
y alimentador de la “guerra santa”.
El personaje que lo venía encarnando,
desde la fundación de Hamas en la
Franja de Gaza el 14 de diciembre de 1987
durante la primera Intifada, reunía
en sí todas las condiciones (debilidad
física como parapléjico en
silla de ruedas + tesura espiritual + extremismo
político fundamentalista) que lo
convertían en la figura emblemática
del integrismo palestino. Por su carisma
espiritual y su organización benéfica
siguiendo el modelo de la Hermandad Musulmana
de Egipto, Yassin se disputaba con Arafat
(presidente de la Autoridad Nacional Palestina)
la lealtad de más de medio millón
de palestinos. Detenido en 1989 por las
autoridades israelíes como instigador
de asesinatos y condenado en 1991 a cadena
perpetua, fue liberado en octubre 1997 por
el entonces primer ministro Netanyahu. Recibido
como un héroe en Gaza, el jeque Yassin
inició de nuevo su prédica
a favor de los ataques suicidas contra objetivos
israelíes (militares, civiles y simples
colonos). Ordenó a los militantes
de Hamas golpear a Israel con todas las
fuerzas. Su mensaje violento y belicoso
no cedió un milímetro: “No
aceptamos el alto al fuego contra Israel…No
reconocemos territorio a Israel por ocupar
tierras sagradas del Islam…La tierra
de Israel está consagrada para futuras
generaciones islámicas hasta el Día
del Juicio… El así llamado
sendero de paz no es paz y no es un sustituto
para dejar la guerra santa y la resistencia…Nosotros
escogimos este camino [los suicidas bombas],
y terminará con martirio o victoria….Cuando
el mártir se inmola se siente tan
feliz como en la noche de bodas”.
No
se puede negar que hay sublimidad en éste
nuevo mártir de la violencia y el
terrorismo. Pero nuestro mundo no necesita
estos guías ciegos que conduzcan
a otros ciegos a dañar a los demás
con el recurso al terrorismo que ninguna
causa, por justa que sea, podrá jamás
justificar. Bien lo ha formulado el observador
internacional Ignace Ramonet: “dado
que se ensaña con civiles no combatientes,
el terrorismo constituye una forma de lucha
particularmente criminal. Ninguna causa,
por justa que sea, justifica el recurso
a este despreciable método”.
05
abril 2004 |