Socialismo comunista
Logo Enrique Neira

 

 

     

En el siglo XX tuvo especial protagonismo un tipo de socialismo duro y extremo, de inspiración marxista-leninista, llamado comunismo. Afortunadamente en la década de los 80, no cuajó la trágica admonición que el novelista inglés George Orwell había hecho en su obra titulada “1984”, en la que predecía que para dicho año el "Big Brother"(Gran Hermano) habría implantado un dominio totalitario y deshumanizante en todo el globo. Ocurrió todo lo contrario. El sistema comunista, que parecía inexpugnable desde dentro (dado el control total de la sociedad donde quiera que se había impuesto) e imbatible desde fuera (dado su poderío militar y nuclear que podía competir con el de Estados Unidos de Norteamérica), comenzó a tambalear desde 1985 y se derrumbó estrepitosamente en el 89. Huracanes de libertad comenzaron a recorrer, por Europa oriental, los países comunistas que giraban alrededor del sistema comunista soviético.

Y se inició una ‘revolución de la mente’ - como la llamó Mijail Gorbachov hablando con Juan Pablo II el 1º diciembre de 1990-, revolución que produjo acontecimientos en velocidad progresivamente creciente. En 10 años, en Polonia, el sindicato Solidaridad acabó remplazando el régimen comunista. En 10 meses, en Hungría, el Partido Comunista cambió su nombre y sus símbolos y adoptó los de un partido socialista democrático. En 10 semanas, en Alemania, se tumbó el muro de Berlin, se abrió la puerta de Brandeburgo y pudieron circular libremente los ciudadanos de ambas Alemanias, cambiando el régimen. En sólo 10 días, en la antigua Checoeslovaquia, volvió a florecer la "Primavera de Praga", que había sido aplastada en 1968 por los tanques soviéticos, y se inició una era social demócrata con Havel.

Y en 10 horas, en Rumania, fue fusilado expeditamente el déspota Ceaucescu, bien asentado por años sobre la fuerza de la represiva Securitate. En otras regiones del mundo, desaparecieron los regímenes comunistas (Albania, Yugoeslavia, Laos, Camboya, Mongolia); se mantienen dos en toda su pureza ideológica y praxis política (Cuba y Corea del Norte), y avanza en la República Popular China la colosal cohabitación de régimen político totalitario y economía capitalista de mercado.

 

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Un socialismo de aristas duras

Afirma la lucha de clases, la dictadura del proletariado y la concentración de casi todo el poder en manos de un partido único y bien organizado, que se supone es la vanguardia de la revolución. El comunismo es dogmático en su intento de acabar con la propiedad privada y nacionalizar todos los medios de producción, como primeros pasos hacia una futura sociedad sin clases. Hubo algunos intentos fallidos de limarle las aristas a este socialismo totalitario, para darle un rostro humano y permitirles a los ciudadanos cierto juego de libertad y participación política. Tal el intento de la llamada "Primavera de Praga", aplastada por los tanques soviéticos en agosto de 1968. Tal el intento de la llamada "autogestión" obrera de los medios de producción de Yugoeslavia. Tal el intento parlamentario de Allende de implantar en Chile un socialismo típico, sin partido único, sin dictadura del proletariado y garantizando la propiedad privada de bastantes empresas. Intento que tuvo un final abrupto con el golpe y dictadura de Pinochet, en septiembre de 1973. Fueron más exitosos los intentos de los obreros del sindicato Solidaridad en Polonia y las profundas reformas constitucionales adoptadas en 1990 por antiguos países comunistas como Hungría, Checo-Eslovaquia (hoy República Checa y Eslovenia), Bulgaria, Alemania oriental (hoy reunificada en la actual Alemania).

 

Balance ambiguo de resultados

No se puede negar que este tipo de socialismo logra buenas realizaciones en los campos económico y social: industria pesada, carrera armamentista y espacial, empleo para todos, buena cobertura de educación y salud para la población. Pero junto a ello, se han evidenciado inocultables fallas. Desde el punto de vista económico, estos sistemas colectivistas forzados han ido acompañados de permanentes fracasos en la agricultura, el artesanado, la pequeña y mediana industria, el comercio y la vivienda. Desde el punto de vista político, estos sistemas constituyen un poder absoluto de dominación, controlado por el partido y con un aparato tremendo de represión policial. No hay libertad de asociación, de expresión, de desplazamiento. El disentir de la línea impuesta por el partido se paga con trabajos forzados, con prisiones o clínicas psiquiátricas. La existencia de archipiélagos Gulag no es un accidente sino el modo propio de estos socialismos burocráticos y autoritarios. Uno de los nuevos filósofos de izquierda francesa ha dicho recientemente: "Entre la barbarie del capitalismo, que se censura a sí mismo en todo momento, y la barbarie del socialismo, que nunca se censura, me decido por el capitalismo" ( B-H. Lévy).

 

Moraleja
Todo esto hace pensar que no es fácil instaurar un socialismo de rostro humano mientras se mantenga un apego total a la ortodoxia marxista-leninista. El ‘stalinismo’, más que ser una aberración, es una consecuencia. El archipiélago Gulag, con sus islas de exterminio, no es un accidente en este tipo de socialismo rígido y autocrático. "Así como los errores que detectó Copérnico llevaron a cambiar el sistema estelar tal como lo había trazado Ptolomeo, así los errores grandes del sistema socialista marxista-leninista imponen una revisión dolorosa del mismo sistema", ha reconocido con sinceridad el marxista francés Roger Garaudy, hoy convertido al Islam.

07 noviembre 2005