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En
el siglo XX tuvo especial protagonismo
un tipo de socialismo duro y extremo,
de inspiración marxista-leninista,
llamado comunismo. Afortunadamente en
la década de los 80, no cuajó
la trágica admonición que
el novelista inglés George Orwell
había hecho en su obra titulada
“1984”, en
la que predecía que para dicho
año el "Big Brother"(Gran
Hermano) habría implantado un dominio
totalitario y deshumanizante en todo el
globo. Ocurrió todo lo contrario.
El sistema comunista, que parecía
inexpugnable desde dentro (dado el control
total de la sociedad donde quiera que
se había impuesto) e imbatible
desde fuera (dado su poderío militar
y nuclear que podía competir con
el de Estados Unidos de Norteamérica),
comenzó a tambalear desde 1985
y se derrumbó estrepitosamente
en el 89. Huracanes de libertad comenzaron
a recorrer, por Europa oriental, los países
comunistas que giraban alrededor del sistema
comunista soviético.
Y
se inició una ‘revolución
de la mente’ - como la llamó
Mijail Gorbachov hablando con Juan Pablo
II el 1º diciembre de 1990-, revolución
que produjo acontecimientos en velocidad
progresivamente creciente. En 10 años,
en Polonia, el sindicato Solidaridad acabó
remplazando el régimen comunista.
En 10 meses, en Hungría, el Partido
Comunista cambió su nombre y sus
símbolos y adoptó los de
un partido socialista democrático.
En 10 semanas, en Alemania, se tumbó
el muro de Berlin, se abrió la
puerta de Brandeburgo y pudieron circular
libremente los ciudadanos de ambas Alemanias,
cambiando el régimen. En sólo
10 días, en la antigua Checoeslovaquia,
volvió a florecer la "Primavera
de Praga", que había sido
aplastada en 1968 por los tanques soviéticos,
y se inició una era social demócrata
con Havel.
Y
en 10 horas, en Rumania, fue fusilado
expeditamente el déspota Ceaucescu,
bien asentado por años sobre la
fuerza de la represiva Securitate. En
otras regiones del mundo, desaparecieron
los regímenes comunistas (Albania,
Yugoeslavia, Laos, Camboya, Mongolia);
se mantienen dos en toda su pureza ideológica
y praxis política (Cuba y Corea
del Norte), y avanza en la República
Popular China la colosal cohabitación
de régimen político totalitario
y economía capitalista de mercado.
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| Un
socialismo de aristas duras
Afirma la lucha de clases, la dictadura
del proletariado y la concentración
de casi todo el poder en manos de un partido
único y bien organizado, que se supone
es la vanguardia de la revolución.
El comunismo es dogmático en su intento
de acabar con la propiedad privada y nacionalizar
todos los medios de producción, como
primeros pasos hacia una futura sociedad
sin clases. Hubo algunos intentos fallidos
de limarle las aristas a este socialismo
totalitario, para darle un rostro humano
y permitirles a los ciudadanos cierto juego
de libertad y participación política.
Tal el intento de la llamada "Primavera
de Praga", aplastada por los tanques
soviéticos en agosto de 1968. Tal
el intento de la llamada "autogestión"
obrera de los medios de producción
de Yugoeslavia. Tal el intento parlamentario
de Allende de implantar en Chile un socialismo
típico, sin partido único,
sin dictadura del proletariado y garantizando
la propiedad privada de bastantes empresas.
Intento que tuvo un final abrupto con el
golpe y dictadura de Pinochet, en septiembre
de 1973. Fueron más exitosos los
intentos de los obreros del sindicato Solidaridad
en Polonia y las profundas reformas constitucionales
adoptadas en 1990 por antiguos países
comunistas como Hungría, Checo-Eslovaquia
(hoy República Checa y Eslovenia),
Bulgaria, Alemania oriental (hoy reunificada
en la actual Alemania).
Balance
ambiguo de resultados
No
se puede negar que este tipo de socialismo
logra buenas realizaciones en los campos
económico y social: industria pesada,
carrera armamentista y espacial, empleo
para todos, buena cobertura de educación
y salud para la población. Pero junto
a ello, se han evidenciado inocultables
fallas. Desde el punto de vista económico,
estos sistemas colectivistas forzados han
ido acompañados de permanentes fracasos
en la agricultura, el artesanado, la pequeña
y mediana industria, el comercio y la vivienda.
Desde el punto de vista político,
estos sistemas constituyen un poder absoluto
de dominación, controlado por el
partido y con un aparato tremendo de represión
policial. No hay libertad de asociación,
de expresión, de desplazamiento.
El disentir de la línea impuesta
por el partido se paga con trabajos forzados,
con prisiones o clínicas psiquiátricas.
La existencia de archipiélagos Gulag
no es un accidente sino el modo propio de
estos socialismos burocráticos y
autoritarios. Uno de los nuevos filósofos
de izquierda francesa ha dicho recientemente:
"Entre la barbarie del capitalismo,
que se censura a sí mismo en todo
momento, y la barbarie del socialismo, que
nunca se censura, me decido por el capitalismo"
( B-H. Lévy).
Moraleja
Todo esto hace pensar que no es fácil
instaurar un socialismo de rostro humano
mientras se mantenga un apego total a la
ortodoxia marxista-leninista. El ‘stalinismo’,
más que ser una aberración,
es una consecuencia. El archipiélago
Gulag, con sus islas de exterminio, no es
un accidente en este tipo de socialismo
rígido y autocrático. "Así
como los errores que detectó Copérnico
llevaron a cambiar el sistema estelar tal
como lo había trazado Ptolomeo, así
los errores grandes del sistema socialista
marxista-leninista imponen una revisión
dolorosa del mismo sistema", ha reconocido
con sinceridad el marxista francés
Roger Garaudy, hoy convertido al Islam.
07 noviembre 2005 |
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