El
Islam, comunidad de creyentes en Alá,
como camino religioso legítimo
no representa amenaza alguna a otros grupos
creyentes del mundo. Así lo dejamos
claro en nuestra columna anterior. Pero
esta religión monoteista, ya en
vida de Mahoma, mostró que era
portadora de un fuerte dinamismo político,
en ocasiones avasallante.
El
Estado fundado por Mahoma era una teocracia.
Y en siglos posteriores mostró
que era una teocracia conquistadora. Mahoma,
en su tiempo, buscó y ejerció
el poder a plenitud. El gran especialista
francés en asuntos del Islam, Maxime
Robinson, ha escrito que “Mahoma
fue una persona que combinó en
sí las cualidades de Jesús
y de Carlomagno”. El Islam, a más
de ofrecer un camino de “religazón”
del hombre con la Divinidad, vehicula
un código ético, un sistema
de leyes sociales, una cultura expansionista
y una especial manera de entender la relación
entre comunidad religiosa y comunidad
política. Siendo Mahoma el Ultimo
de los profetas, no podía dejar
sucesión en materia religiosa,
pero necesitaba un jefe temporal, el califa,
como mandatario y gestor de los intereses
de la comunidad. A la muerte del Profeta,
esta cuestión quedó planteada,
dando origen a dos versiones dentro del
Islam, la de los Shiitas y la de los Sunnitas.
Dos
versiones políticas
Al
morir Mahoma, el año 632 después
de Cristo, sin dejar herederos varones,
se planteó entre sus seguidores
el problema de la sucesión legítima.
Alí, yerno de Mahoma (casado con
Fátima, hija del profeta) y buen
conocedor de la doctrina del Maestro,
intentó el liderazgo sobre el Islam.
Sólo lo obtuvo 24 años después,
y fue asesinado en el 661. Los partidarios
de Alí se llamaban en árabe
“shi’at Ali”. De allí
la denominación de SHIITAS hasta
nuestros días. El hijo de Alí,
Hussein, fue torturado y asesinado en
Irak. Ellos iniciaron la cadena de los
“DOCE IMANES”, el último
de los cuales se supone Oculto hasta el
final de los tiempos. Dios ha confiado
a los Imanes su verdad iluminadora y la
conducción de su pueblo. Ellos
tienen de Alá directamente una
indiscutible autoridad religiosa y también
política. Las pretensiones de los
Ayatolas (al estilo del Imán Jomeini
en los años 80 del siglo pasado
y del actual Ayatola Jamenei en Irán)
se reclaman de esta tradición shiita.
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| La
otra corriente dentro del Islam es la de
los SUNITAS. Ella se reclama de aquellos
seguidores de Mahoma, quienes a su muerte,
eligieron de común acuerdo, como
sucesor del profeta a Abu Berk, suegro de
Mahoma. Fue el primer Califa. Esta corriente
es menos dogmática y reconoce, con
realismo, la autoridad política establecida,
cualquiera que sea su forma, sin sobrestimar
el liderazgo de los Imanes. En cifras actuales,
los shiitas son alrededor de 90 millones
(10% de la población musulmana).
Ellos son mayoría aplastante en Irán
(90% de la población desde el año
1500), en Yemen del Norte (57%) y ligeramente
en Irak (52%). Los sunitas son mayoría
en el resto de países islámicos
como Arabia Saudita (95%), Libia (90%),
Jordania (91%), Egipto (82%), Siria (75%)
y Emiratos Arabes (70%).
Expansionismo
histórico
Durante
el califato de Al–Walid, en el año
711– antes de cumplirse el siglo de
la muerte de Mahoma–, las armas musulmanas
llegaban por el occidente hasta el Atlántico
y la península Ibérica (sujeta
al imperio de los omeyas de Córdoba),
mientras por oriente alcanzaban las riberas
del Indo y del Yaxartes. El siglo XI conoce
el predominio de los turcos seldyúcidas
y el de los almorávides. Entre los
siglos XIII y XIV dominan los mamelucos
en Egipto, los mongoles en Persia y la Horda
de Oro en las estepas rusas. El poder de
los turcos otomanos nace en el siglo XV,
se afirma con la conquista de Constantinopla
(1453), llega a su zenit después
y entra en lenta decadencia hasta desaparecer
al final de la primera guerra mundial. Hoy
son tierras predominantemente del Islam:
Indonesia, Egipto y Pakistán (los
de mayor población), Marruecos, Argelia,
Túnez, Libia, Mauritania, Senegal,
Tchad, Nigeria en su parte norte, Sudán,
Eritrea, Somalia, la costa oriental africana,
toda la península arábiga,
Siria Turquía, Irak, Persia, Afganistán.
Y hay fuertes núcleos de musulmanes
en la India, en la China, en la antigua
Unión Soviética.
Fundamentalismo
sombrío
Las
religiones del Libro son el Judaísmo,
el Cristianismo y el Islam. Cuando se afirman
doctrinas religiosas con base en una interpretación
literal y radical del Libro Sagrado, estamos
en presencia del llamado Fundamentalismo
(término acuñado en 1920 para
designar a quienes “combaten tenazmente
por las Cosas Fundamentales”). En
el mundo del Islam se aplica el término
a miembros de grupos militantes islámicos,
como el actual Talibán, que aplican
una interpretación literal, extremista
y fanática a los textos del Corán.
El origen del actual fundamentalismo islámico
puede ubicarse en la Hermandad Musulmana,
que se opuso a Nasser en Egipto y fue reprimida.
De allí salieron Sayyid Qutub y su
libro “Señales en el camino”,
que marca el comienzo de un fundamentalismo,
que ha crecido a medida que han fracasado
las instituciones políticas del mundo
árabe.
Un estudio serio de Mahoma nos permite afirmar
que fue más bien un hombre liberal
para su época. No fue ciertamente
un feminista, pero permitió que sus
mujeres fueran desinhibidas, francas, vibrantes.
Khadija fue una próspera comerciante.
A’isha, la preferida, fue en diferentes
épocas juez, activista política,
guerrera. Y entre las otras once esposas
o concubinas hubo una marroquinera, una
“imam”, una abogada de marginados
que fue reverenciada como la “madre
de los pobres”. Se preocupó
por la educación de las muchachas
y estableció el derecho de la mujer
a tener y heredar su propiedad. Mahoma apreció
a Jesús en su gigantesca estatura,
y de María habló siempre bien.
En el Islam moderno ha predominado la corriente
que, en nombre de la fe, alienta no sólo
una agenda social sino también una
agenda política. En los países
donde predomina esta corriente, se hace
menos distinción entre la mesquita
y el Estado, entre la teología y
la política. Y en varios de estos
países, el Islam está siendo
copado por un elemento pequeño pero
venenoso y extremista, que defiende actitudes
crueles hacia las mujeres, la educación
pluralista, la economía y la vida
moderna en general, a la que tildan de occcidentalista.
Pero no se puede tildar de fundamentalistas
a todos los creyentes de Alá. Como
afirma Mary J. Deeb –de la American
University de Washington– experta
en el Islam :
“La
mayoría de los musulmanes son secularistas
en el sentido de que ellos ven que la política
y sus creencias pueden ser separadas”.
Un grupo fanático y fundamentalista
–como el Talibán– no
es el Islam, sino una parte mínima
de la cara oscura del Islam. Pero no deja
de ser un negro adefesio de una gran religión
en este siglo.
5 noviembre 2001 |