| El
doble elemento del poder
Un
análisis de las relaciones humanas
en la historia nos muestra que en el hombre
y en la sociedad anidan dos intereses contrapuestos,
son dos tendencias siempre en juego y en
conflicto. Por un lado, está el YO
individualista, captativo, asociable y con
frecuencia antisocial, al que no le importan
los demás y cuya ambición
sería sentarse sobre los cráneos
de los demás. Por otro lado, está
el NOSOTROS, solidario, oblativo, comunitario,
que trata de hallar un consentimiento con
los demás para convivir organizadamente
y en armonía.
En este escenario conflictivo, el poder
es el agente irreemplazable de la cohesión
social, es el encargado de mantener juntos
los elementos sociales, solicitados sin
cesar por las fuerzas de la disociación.
Ello lo puede hacer el poder de dos maneras:
o por medio de la coacción [1]
, o por medio de la persuasión. El
Poder pretende obtener, como sea, la obediencia
de la comunidad, con miras al bien de todos.
De lo contrario, el grupo humano se disocia
y anarquiza. El grupo humano (y los individuos
que lo componen) debe entonces someterse:
o bien por la fuerza externa de la violencia,
o bien por la energía interna de
sus propias convicciones.
Por ello, el poder tiene también
las dos caras de Jano, tal como lo representaba
una antigua moneda romana. Por un lado es
potestas: fuerza,
capacidad efectiva de hacerse obedecer por
todos, aún por los apáticos
y renuentes. Por otro lado es auctoritas:
capacidad de mando con título legítimo,
capacidad que tiene el derecho de exigir
razonablemente la obediencia de todos, para
el bien común. En brillante síntesis
recoge lo anterior el profesor Duverger
cuando dice que todo poder es una mezcla
de violencia y de creencias [2].
El poder es potestas cuando busca afianzarse
más sobre la fuerza, la coacción
y la violencia. El poder es auctoritas cuando
busca afianzarse más sobre el consentimiento
libre, sobre la razón y el derecho,
sobre las creencias. De ordinario, es una
cosa y otra. Hay formas de poder (y sistemas
de gobierno) que acentúan más
un aspecto que otro, gobiernan más
por la fuerza que por la persuasión.
Pero el poder es simultáneamente
una sola moneda, que tiene cara y sello:
fuerza y autoridad, capacidad física
de mando y capacidad ético-jurídica
de mando.
Como dice Friedrich, todas las situaciones
de poder contienen a la vez fuerza (coacción)
y consentimiento (razón), pero en
proporciones muy variables. El poder basado
únicamente en la fuerza (coacción)
y el poder basado únicamente en el
consentimiento, constituye un límite
o extremo irreal que no existe.
Concepto de poder
En
relación con lo anterior, se puede
hablar de un doble concepto de poder.
a) Hay un concepto corpóreo, cuando
se identifica el poder con fuerza. El poder
se concibe entonces como algo “sustantivo”
o “corpóreo”, como una
sustancia material, que se le añade
a la sociedad desde fuera, algo que se posee,
que se puede acrecentar y del que se puede
ser desposeído también. Se
acercan a este tipo de concepto del Poder
político, un Hobbes, un Spinoza,
y los defensores de los totalitarismos (
nacional-socialista, fascista, comunista
).
b) Hay un concepto relacionista, cuando
se identifica poder con autoridad. El poder
se concibe entonces como algo que surge
del seno mismo de la sociedad, como un vínculo
entre gobernantes y gobernados, que asegura
la cohesión social del grupo nacional.
Se acercan a este tipo de concepto de poder
político quienes defienden las democracias.
Para Duverger, el poder no es un simple
hecho material: está vinculado a
las ideas, creencias y representaciones
colectivas. Lo que los hombres piensan del
poder es uno de los fundamentos esenciales
del mismo.
Viniendo
ya a una definición comprensiva de
poder, podemos adoptar la que ofrece el
eminente politólogo Georges Burdeau
[3] :
El
poder es una fuerza al servicio de una
idea. Es una fuerza nacida de la conciencia
social, destinada a conducir al grupo
en la búsqueda del bien común,
fuerza capaz -dado el caso-, de imponerles
a los miembros del grupo la actividad
que ella manda.
El
autor explica cómo dicha definición
contiene el doble elemento del poder, atrás
visto: una fuerza y una idea. Lo que es
permanente en el fenómeno del poder
-a lo largo de la historia- no es tanto
una fuerza exterior que vendría a
ponerse al servicio de una idea, sino que
es más bien la misma capacidad de
mando de dicha idea. Todo el problema del
poder tiene que ver con esta dualidad de
elementos, que lo constituyen y se influyen
recíprocamente; la voluntad de un
hombre y la capacidad de mando de una idea
que, a la vez, lo alienta y lo desborda
[4].
Para Burdeau son tres los aspectos que tiene
dicho poder político:
1) Es un fenómeno jurídico
(= la fuerza al servicio de una idea) ;
2) Es un fenómeno psico-social (=
nacido de la conciencia social y destinado
a conducir con seguridad al grupo hacia
la consecución del bien común);
3) Es un hecho histórico (=capaz,
llegado el caso, de imponerles a los miembros
de la comunidad la actitud que ella ordene
).
Y
aplicando ya dicho concepto general de poder
al fenómeno estatal, donde dicho
poder alcanza su forma más perfilada
y su organización más completa,
nos parece acertada la definición
que de él da David Easton [5]:
El
Poder del Estado es la capacidad de asignar
autoritativamente los valores a una sociedad
en conjunto [6]
.
Conceptos afines
a) El poder político -del que estamos
tratando específicamente-, cuando
nos referimos al Estado, tiene que ver con
otros poderes que no son políticos.
Son poderes que influyen también
en toda la sociedad, y en los poderes políticos.
Tales son los poderes religiosos, espirituales,
culturales, sociales, económicos
y laborales de la sociedad venezolana. El
poder político no es el único
que existe. Tanto como el poder político,
o más, pueden llegar a influir en
la sociedad: el poder religioso o pastoral
de la Iglesia; el poder espiritual de las
ideas y pensamientos que se divulgan por
los libros y medios de comunicación
social; el poder cultural de las tradiciones
y costumbres del pueblo; el poder económico
de las grandes corporaciones financieras
y de los enormes intereses económicos
del capital nacional e internacional; el
poder laboral de miles de trabajadores que
detentan las grandes centrales obreras del
país.
b) También hay que saber distinguir
entre el concepto de poder (político)
y el de otras realidades semejantes, con
las que el poder tiene mucho en común.
Tales son: el influjo, la fuerza, la autoridad,
el mando, el Estado.
1. Poder político e
influjo. Cuando una persona o grupo,
en cualquier parcela del campo social, arrastra
a otros a la búsqueda del fin que
esa persona o grupo se propone, se dice
que tiene influjo o influencia. Cuando la
capacidad de influir se ejerce sobre quienes
toman las decisiones políticas del
Estado, entonces el influjo se vuelve también
poder político. Son varios los factores
que pueden dar influjo a una persona o grupo
sobre la sociedad.
*
Las cualidades personales (de inteligencia,
simpatía, sagacidad, organización...)
que hacen que algunos sean líderes
naturales en una comunidad.
* El cargo que se ocupa o el puesto de mando
que se tiene.
* El dinero y la posición social.
* La educación, la cultura, las conexiones
sociales, y otros.
El
influjo es algo que acompaña siempre
al poder y a veces lo crea. Todo el que
tiene poder tiene influjo. No todo el que
tiene influjo tiene poder (político),
pero puede tenerlo, precisamente en razón
de su influjo.
2. Poder político y
fuerza. Se afirma, con frecuencia,
que quien tiene la fuerza (física
o moral), tiene el poder. Pero la fuerza
no siempre equivale al poder. Puede haber
grupos guerrilleros que tienen fuerza de
armas, y sin embargo no tienen poder político.
Tienen una fuerza ilegítima, con
la esperanza de que algún día,
por el camino de la revolución armada,
puedan llegar a adueñarse del poder
del Estado. Tienen armas, pero no tienen
el poder. Grupos de ciudadanos, en ocasiones,
intentan forzar al gobierno para influir
en sus decisiones políticas, y realizan
para ello huelgas o paros violentos; no
obstante, el poder político rara
vez atiende peticiones con tales procedimientos.
El ejército y la policía -que
son los brazos armados de la suprema autoridad
política del país- tienen
toda la fuerza de las armas. Sin embargo,
de ordinario, no son cuerpos deliberantes
en las cuestiones políticas, ni inclinan
todos los días la balanza de las
decisiones del poder del Estado. El que
tiene la fuerza no siempre tiene el poder.
El que tiene el poder, sí tiene siempre
a su disposición la fuerza para constreñir
(moral y aun físicamente) a los ciudadanos
a obedecer las leyes e instituciones de
la nación.
3.Poder político y autoridad.
Tampoco son sinónimos poder y autoridad
(auctoritas). De ella se habló ya
antes. Autoridad significa jerarquía,
superioridad razonable y legítima,
liderazgo (leadership) dentro de una comunidad.
Hay quienes tienen autoridad por sus cualidades
personales (líderes espirituales,
intelectuales, sindicalistas, hombres de
ciencia y letras, comunicadores y editorialistas.).
Hay quienes tienen autoridad en la sociedad
debido al cargo que desempeñan (autoridades
civiles, militares y eclesiásticas).
Puede existir autoridad sin poder político,
y suele darse gran autoridad con poco poder
político (en general, las autoridades
educativas, académicas y universitarias).
Pero también excepcionalmente puede
darse el caso inverso: alguien quien detente
el poder sin autoridad. Piénsese
en el caso del dictador que retiene un poder
ilegítimo, sin ninguna autoridad
moral ni jurídica, en lo interno
del país y en lo internacional, hasta
que es obligado a deponer el mando por un
movimiento popular que logra un éxito
rotundo. Pero de ordinario, la autoridad
acompaña y debe acompañar
al poder!
Con lucidez, Maritain hace la siguiente
precisión de conceptos [7]
:
La Autoridad y el Poder son dos cosas distintas.
El Poder es la fuerza por medio de la cual
se puede obligar a obedecer a otros. La
Autoridad es el derecho a dirigir y mandar,
a ser escuchado y obedecido por los demás.
La Autoridad requiere Poder. El Poder sin
Autoridad es tiranía.
4. Poder político y mando
(o gobierno). Normalmente son correlativos.
El que tiene poder tiene capacidad para
mandar, es decir, para exigir u ordenar
que alguien haga algo, y el que manda y
es obedecido, es porque tiene poder. Aunque,
a veces, se puede tener poder y no mandar
(como es el caso del que tiene posibilidad
de hacer una cosa y no la hace, por diversos
motivos o circunstancias). Tanto el poder
como el mando tienen un elemento espiritual
(la fuerza de la voluntad que quiere imponer
algo a otros), y un elemento material (la
fuerza de la coacción con la que
puede obligar a otros a hacer lo que manda).
Para el empleo correcto de las palabras
poder, autoridad, mando, gobierno -que designan
todas casi lo mismo- nos parece útil
el criterio práctico que señala
Burdeau [8] :
Mando
(o gobierno) pone demasiado exclusivamente
el acento sobre los hombres que detentan,
de hecho, la capacidad de gobierno. Autoridad
por el contrario, pone de relieve la idea
de capacidad de gobierno, sin fijarse mucho
en quienes la ejercen. En cambio la palabra
poder designa , a la vez, la autoridad y
a quien usa de ella, escapando así
a una u otra de las dos deformaciones.
5) Poder y Estado. Debe estar suficientemente
claro que todo Estado es poder político:
es el poder de una nación, estructurado
jurídicamente. No hay Estado sin
poder, pero lo inverso no es siempre verdadero.
No todo poder político es un Estado.
No toda sociedad políticamente organizada
es un Estado. Puede haber poder político
anónimo y poder político personalizado,
pero solamente se habla de Estado cuando
ese poder está institucionalizado.
No basta que exista la diferencia entre
gobernantes y gobernados. Esta jerarquía
sólo revela la existencia del fenómeno
del poder, desde muy antiguo. Han existido
y existen formas de poder que no son estatales
! |