¿Cuál
es el origen de la autoridad política?
¿A qué debe servir? ¿Cómo
se la debe ejercer?
En una célebre definición
de democracia, Lincoln afirmó que
es el gobierno del pueblo, para el pueblo,
a nombre del pueblo. Estas características
servirán para responder a las preguntas
anteriores.
1. La autoridad procede del pueblo
Como quiera que se explique el origen y
el fundamento de la autoridad política,
es claro que la existencia de una autoridad
es una exigencia de la naturaleza misma
de toda sociedad política. Esto mismo
es lo que se quería decir con la
antigua fórmula de que “toda
autoridad viene de Dios” (omnis potestas
a Deo) puesto que al ser una ley fundamental
de la naturaleza, en el fondo proviene del
designio de Dios, creador de la naturaleza.
Pero distingamos entre el origen de la función
de la autoridad política y la elección
del titular que ejerza esta función
suprema. La función se le impone
a toda la sociedad como una necesidad de
la naturaleza. Por ello, solamente a título
de servirle a la comunidad, los gobernantes
tienen autoridad sobre otros semejantes
suyos, y de su servicio deben dar cuenta
a Dios, autor de la naturaleza.
En cuanto a la designación del titular
que se encargue de la autoridad suprema,
cada sociedad tiene sus sistemas y mecanismos.
Es propio de un sistema democrático
pensar que el procedimiento más claro
y más seguro consiste en hacer que
el pueblo elija al titular, mediante el
sufragio universal o elecciones representativas.
Tal es el caso en Venezuela.
2. La autoridad debe servir al bien común
El poder y la autoridad política
son “para el pueblo”. Es decir,
los gobernantes deben estar al servicio
del pueblo, y no el pueblo al servicio de
los gobernantes. La razón de ser
de la autoridad política es la organización,
la estructuración, la conducción
de la comunidad a su cargo. Es decir, que
está instituida para buscar ante
todo el bien común de la sociedad,
el máximo de justicia y de bienestar
para todos los ciudadanos. No siempre ocurre
esto, y la historia de todos los pueblos
ofrece ejemplos de malos gobernantes.
Un jefe con muchas ambiciones estará
tentado de hacer de su pueblo un instrumento
de su política o un pedestal de su
gloria. El gobernante oportunista o vividor
usará las muchas facilidades que
le da el poder para su provecho propio o
familiar y para sus caprichos. El bien del
pueblo debe ser el objetivo constante del
poder de que dispone la autoridad política:
es su razón de ser y su única
justificación. Más aún,
los pobres, marginados y más indefensos
del cuerpo social, deberían ser los
primeros en la solicitud del poder público.
Las libertades y formas de expresión
de un sistema democrático debería
usarlas el pueblo para recordarles estas
grandes verdades a sus gobernantes.
3. La autoridad debe ejercerse a
nombre del pueblo
Una multitud nunca podrá gobernarse
por sí misma, ni deliberar para todo,
ni tomar las decisiones por sí misma.
Es preciso que delegue el poder en algunos.
Hay, pues, siempre un mínimo de delegación
del poder y, por lo tanto, de confianza,
en la persona de los gobernantes.
Esta delegación y esta confianza
tienen que ser reales, pero no pueden ser
incondicionales. El pueblo debe concederles
crédito y confianza a sus gobernantes
para que puedan gobernar; pero, a la vez,
las instituciones del país y los
ciudadanos deben estar vigilantes contra
los posibles excesos, errores y negligencias
de sus gobernantes. La sabiduría
y las virtudes les son necesarias no solo
a los gobernantes, sino también al
pueblo, para que sepa ser gobernado con
indulgencia pero celosamente. El mandatario
debe tener conciencia de que el poder no
se le ha concedido para que lo ejerza en
forma absolutista y caprichosa, sino como
una delegación del pueblo para el
servicio común de la sociedad.
4. La autoridad tiene un carácter
personal
La autoridad política, por suprema
que sea, no escapa a la ley general de que
toda autoridad es de algún modo personalizada.
El poder político no es personal
en el sentido de que la autoridad legítima
del hombre de Estado le venga a él
por sus cualidades personales. Es el cargo
conferido el que le otorga el poder organizado
y estructurado para manejar la sociedad.
El poder político tampoco es personal
en el sentido de que el mandatario, una
vez posesionado, pueda gobernar a su capricho
y a sus anchas, siguiendo solo sus inspiraciones
personales. Debe estar atento constantemente
a la voluntad del pueblo, de quien obtiene
su delegación.
Pero el poder político sí
tiene algo de personal, en cuanto el gobernante
debe poner al servicio de su cargo todas
las riquezas de su personalidad, y aquellas
cualidades de ascendiente, carisma y autoridad
personal que le permiten tener un influjo
sobre la sociedad. Debe contar, además,
en el desempeño de su cargo, con
los defectos, vicios y limitaciones que
son parte también de su dote personal.
5. La autoridad debe ser controlada
La autoridad política, aun reconociendo
que emana del pueblo, es siempre falible
y necesita ser controlada. Según
Montesquieu, es una experiencia eterna que
todo hombre que tiene poder se inclina a
abusar de él. Irá hasta donde
encuentre límites[1].
Una sociedad política bien organizada
no deja las cosas al simple juicio personal
del gobernante. El poder político
y la autoridad política se institucionalizan
de modo tal que haya también, en
realidad, instituciones políticas
que contemplan, controlan y limitan eficazmente
a la autoridad que detenta el poder supremo.
Ante todo, existe la Constitución
Política de la nación que,
como veremos más adelante, limita
jurídicamente el poder y su ejercicio
por parte de las autoridades. La Constitución
define claramente los derechos y los deberes
de los gobernantes y de los gobernados.
Delimita la competencia de las ramas del
poder, de modo que no haya abusos o predominio
de uno sobre otro, sino colaboración
respetuosa; prevé otros mecanismos
de equilibrio y control, como la designación
de los gobernantes por sufragio universal,
la existencia de partidos políticos,
la descentralización administrativa,
y otros. Con razón opinaba ya en
su tiempo Aristóteles, que el gobierno
de la Ley es preferible al gobierno de cualquier
individuo.
6. Los tipos de autoridad política
Existe un aporte interesante de Weber acerca
de los tipos ideales de autoridad política.
Dichos tipos ayudan para un mejor estudio
de los sistemas políticos. Sin embargo,
hay que conocer previamente lo que Weber
entiende por autoridad política[2].
a) Weber distingue entre poder y dominación.
La dominación es la forma sociológica
del poder; está ligada a la existencia
de relaciones sociales y de cierta distribución
de los roles sociales, en roles de dominación
y roles de subordinación. Cuando
estas relaciones sociales presentan cierta
estabilidad (se institucionalizan), estamos
entonces ante un grupo de dominación.
En un grupo de esta clase, las razones por
las cuales unos obedecen a otros son muy
diversas.
La legitimidad es la creencia de que la
orden dada es legítima. Si el policía
de tránsito tuviera que amenazar
físicamente o con un revólver
a los automovilistas, para que respeten
sus indicaciones, en pocos minutos sería
desbordado por el flujo de tránsito
en circulación. Pero porque los conductores
de vehículos están persuadidos
de la legitimidad del poder con que manda
el policía, ellos respetan sus silbatos
y sus señales. Autoridad es, entonces,
la dominación legítima que
se ejerce dentro de un grupo de dominación.
Y autoridad política no es otra cosa
que la dominación legítima
ejercida dentro de un grupo de dominación
política.
b) Se puede pensar en tres tipos de autoridad,
según la motivación que tiene
la gente para acatarla :
1. La autoridad legal-racional. Es la de
la mayor parte de los Estados modernos.
Su legitimidad se basa en un cuerpo de normas
legales. La fuente de la autoridad reside
esencialmente en la naturaleza del mismo
orden legítimo. La autoridad se extiende
a los individuos solo en la medida en que
ellos desempeñan una función
reconocida. La autoridad legal-racional
está, en esta forma, ejercida por
la burocracia o administración pública.
2. La autoridad tradicional. Esta reposa
sobre un fundamento distinto: la tradición.
La reglas que se obedecen son reglas concretas,
particulares. Los que detentan legítimamente
la autoridad están obligados por
lazos de obediencia personal a sus superiores.
El jefe posee la autoridad en cuanto es
sabio, y en forma ilimitada dentro del patriarcado
y de la gerontocracia, y concentra un poder
arbitrario total dentro del llamado sultanismo.
3. La autoridad carismática. Este
tipo de autoridad reposa sobre el reconocimiento
del poder personal del jefe, por parte de
sus partidarios. Este consentimiento que
los discípulos o fieles dan a su
jefe (por las cualidades personales o ascendiente
excepcional) expresa su sumisión
y no su mandato de representación
(como es el caso en el consentimiento democrático).
Weber subraya la inestabilidad de los tres
tipos de autoridad y cómo tienden
a combinarse. La autoridad tradicional,
la más estable de las tres, no puede
hacerles frente, con éxito, a las
exigencias del desarrollo económico,
y entonces echa mano de elementos legales-racionales,
o abre el camino para una revolución
carismática. La autoridad carismática
entra siempre en conflicto con el orden
establecido. Tiene carácter revolucionario.
Mas, a su vez, no puede subsistir a la larga
sin rutinizarse, sin institucionalizarse
con elementos de autoridad legal-racional.
Piénsese en la revolución
bolchevique, o en las más recientes
la cubana y la fundamentalista musulmana
de Irán, o en la revolución
sandinista en Nicaragua.
La autocracia
Un sistema autócrata suele definirse
como el régimen político en
el cual la autoridad del Estado se concentra
en una sola persona (o grupo), que no legitima
sus decisiones. En toda forma dictatorial
de gobierno la autoridad política
está concentrada en un solo hombre
o en un pequeño grupo. El término
se usa para describir formas modernas de
absolutismo, a veces disimulado tras una
fachada de instituciones democráticas
y constitucionales.
Se dan diferentes sistemas autócratas
modernos. Los principales actualmente son
las dictaduras (por lo general militaristas),
y los totalitarismos (por lo general comunistas).
La dictadura es, en esencia, el gobierno
creativo de un individuo o de unos pocos,
que ejecuta lo necesario sin legitimidad.
En su forma moderna (fue notable en la antigüedad
la dictadura romana constitucional), se
trata ordinariamente en Latinoamérica
de dictaduras militares, que se adueñan
del poder para la conservación (y
evolución reformadora) de un ordenamiento
social existente y para el rechazo de movimientos
revolucionarios que atentan contra él.
Son dictaduras funcionales, no-totalitarias.
Sus actividades están ligadas al
cumplimiento de determinadas funciones que
sean antídoto contra la ineficacia
de la democracia parlamentaria y antídoto
contra aquellas fuerzas que, en caso de
dejarlas sin freno, podrían erosionar
y destruir el ordenamiento jurídico.
En general, estas dictaduras se caracterizan
por tres cosas:
a) En ellas el ejército desempeña
un papel independiente del partido o los
partidos, pero papel decisivo para la totalidad
del Estado, y que está en el centro
de la burocracia.
b) Suelen tener carácter temporal
o transitorio, sin ánimo de perpetuarse
(como son todos los gobiernos totalitarios),
y
c) La transformación que intentan
de la sociedad no la apoyan en una estricta
base utópica-ideológica (como
sí lo hacen los totalitarismos).
Tipología de los autócratas
Recogiendo unas agradables página
del escritor español José
María Gironella, tituladas El drama
de los dictadores, podemos recordar la clásica
división entre asténicos y
pícnicos, que puede aplicarse a los
hombres con vocación de mando autoritario,
como lo hace el doctor Enrique Salgado en
su Radiografía del dictador.
Los asténicos serían fríos,
irritables, introvertidos y a salvo de oscilaciones
provenientes del exterior. Autosuficientes
y con una enfermedad latente o posible:
la esquizofrenia. En esta línea encontraríamos
a Richelieu, a Calvino, a Robespierre, a
Salazar, a Chiang Kai-chek y Jomeini. Representante
arquetípico lo sería Robespierre:
descolorido, enfermizo, de naríz
larga y aguileña, “asesino
lleno de virtudes”, impenetrable y
de crasa brutalidad. Los pícnicos
se mostrarían, por el contrario,
extrovertidos, propensos al humor y a la
acción, histriónicos, audaces,
de optimista sensualidad, lábiles
y ambivalentes, con frases melancólicas
y tendencias maniaco-depresivas. En ese
cuadro podríamos citar a Nerón,
a Mirabeau, a Mussolini, a Kruschev, a Tito,
a Mao Tse-Dung, a Pérez Jiménez,
a Saddam Hussein. Su arquetipo, además
de Napoleón, podría ser Kruschev;
bajo y rechoncho, obeso de cuello corto,
propenso a la obesidad, agresivo, repartiendo
apretones de manos, llamado “el Carnicero
de Ucrania” e interesándose
por la comida de cerdos. Adler habla de
los muchos dictadores bajitos: César,
Napoleón, Hitler, Mussolini, Franco.
A los que cabe oponer los de talla impresionante:
Nasser, Fidel Castro, Idi Amín Dadá,
Gadafi. También abundan, por supuesto,
los dictadores de talla mediana. Y siempre
emergen datos anómalos: el miope
Robespierre se empeñó en su
niñez en domesticar pájaros,
“ejercicio sublime para aprender a
domesticar luego a las persona”. Según
otras versiones, a lo que se dedicaba era
a decapitarlos con una pequeña guillotina.
Tipos de autocracia
Con respecto a la finalidad, se pueden clasificar[3]
en
a) dictaduras revolucionarias y b) dictaduras
de orden, reaccionarias, paternalistas o
conservadoras. Estas se distinguen de las
revolucionarias porque tienen como objetivo
preservar un status quo ante (la situación
tal como estaba antes del golpe).
Con respecto a la intensidad con que actúa
el régimen autoritario, se pueden
clasificar las dictaduras, siguiendo a Neumann[4]
en :
a) Dictadura simple, que se corresponde
con la generalmente llamada autoritaria:
el poder dictatorial se ejerce intensificando
los instrumentos normales de coerción
de todo gobierno (ejército, policía,
burocracia, jueces).
b)Dictadura cesarista: el poder es acentuadamente
personalista, se basa también en
un apoyo de las masas (César, Napoleón,
Franco).
c) Dictadura totalitaria: a más del
monopolio de los instrumentos coercitivos
ordinarios y de la fascinación de
las masas en que se apoya, se añade
el control de la educación, de todos
los medios de comunicación (prensa,
radio, TV) y el uso de técnicas coercitivas
apropiadas para establecer un control “total”
policial e ideológico.
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