Autoridad y Autoritarismo
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INTRODUCCIÓN

Donde quiera que se de un grupo humano organizado allí se da el fenómeno de autoridad. Es algo connatural al ser humano. Siempre hay algo o alguien que conduzca y atienda al bien de la comunidad. Se puede hablar de tres tipos de autoridad, según la motivación que prime para acatarla.

Se incurre en autoritarismo cuando el que dirige se alza con el mando y busca imponer la voluntad no razonablemente y por consenso sino recurriendo cada vez más a la fuerza. De los fenómenos de autoritarismo se puede intentar una explicación psico-analítica así como una explicación política de los regímenes e ideologías autoritarios, cualquiera que sea su color.

La autoridad política


Para subsistir, todo grupo humano tiene necesidad de un jefe, cuya autoridad se acepta, y en las decisiones tomadas en su nombre, el grupo se reconoce. La subordinación de los grupos humanos a una autoridad suprema es un hecho universal, algo tan naturalmente humano, que “el vivir juntos organizadamente” siempre se ha hecho bajo una autoridad. La autoridad política es la que detenta el supremo poder de una sociedad política. Tiene el poder y la fuerza para imponer a sus subordinados. La autoridad se impone a los individuos y grupos de la sociedad como un hecho o como un derecho, pero se impone sin más.

 

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¿Cuál es el origen de la autoridad política? ¿A qué debe servir? ¿Cómo se la debe ejercer?

En una célebre definición de democracia, Lincoln afirmó que es el gobierno del pueblo, para el pueblo, a nombre del pueblo. Estas características servirán para responder a las preguntas anteriores.

1. La autoridad procede del pueblo


Como quiera que se explique el origen y el fundamento de la autoridad política, es claro que la existencia de una autoridad es una exigencia de la naturaleza misma de toda sociedad política. Esto mismo es lo que se quería decir con la antigua fórmula de que “toda autoridad viene de Dios” (omnis potestas a Deo) puesto que al ser una ley fundamental de la naturaleza, en el fondo proviene del designio de Dios, creador de la naturaleza.

Pero distingamos entre el origen de la función de la autoridad política y la elección del titular que ejerza esta función suprema. La función se le impone a toda la sociedad como una necesidad de la naturaleza. Por ello, solamente a título de servirle a la comunidad, los gobernantes tienen autoridad sobre otros semejantes suyos, y de su servicio deben dar cuenta a Dios, autor de la naturaleza.

En cuanto a la designación del titular que se encargue de la autoridad suprema, cada sociedad tiene sus sistemas y mecanismos. Es propio de un sistema democrático pensar que el procedimiento más claro y más seguro consiste en hacer que el pueblo elija al titular, mediante el sufragio universal o elecciones representativas. Tal es el caso en Venezuela.


2. La autoridad debe servir al bien común


El poder y la autoridad política son “para el pueblo”. Es decir, los gobernantes deben estar al servicio del pueblo, y no el pueblo al servicio de los gobernantes. La razón de ser de la autoridad política es la organización, la estructuración, la conducción de la comunidad a su cargo. Es decir, que está instituida para buscar ante todo el bien común de la sociedad, el máximo de justicia y de bienestar para todos los ciudadanos. No siempre ocurre esto, y la historia de todos los pueblos ofrece ejemplos de malos gobernantes.

Un jefe con muchas ambiciones estará tentado de hacer de su pueblo un instrumento de su política o un pedestal de su gloria. El gobernante oportunista o vividor usará las muchas facilidades que le da el poder para su provecho propio o familiar y para sus caprichos. El bien del pueblo debe ser el objetivo constante del poder de que dispone la autoridad política: es su razón de ser y su única justificación. Más aún, los pobres, marginados y más indefensos del cuerpo social, deberían ser los primeros en la solicitud del poder público. Las libertades y formas de expresión de un sistema democrático debería usarlas el pueblo para recordarles estas grandes verdades a sus gobernantes.


3. La autoridad debe ejercerse a nombre del pueblo

Una multitud nunca podrá gobernarse por sí misma, ni deliberar para todo, ni tomar las decisiones por sí misma. Es preciso que delegue el poder en algunos. Hay, pues, siempre un mínimo de delegación del poder y, por lo tanto, de confianza, en la persona de los gobernantes.

Esta delegación y esta confianza tienen que ser reales, pero no pueden ser incondicionales. El pueblo debe concederles crédito y confianza a sus gobernantes para que puedan gobernar; pero, a la vez, las instituciones del país y los ciudadanos deben estar vigilantes contra los posibles excesos, errores y negligencias de sus gobernantes. La sabiduría y las virtudes les son necesarias no solo a los gobernantes, sino también al pueblo, para que sepa ser gobernado con indulgencia pero celosamente. El mandatario debe tener conciencia de que el poder no se le ha concedido para que lo ejerza en forma absolutista y caprichosa, sino como una delegación del pueblo para el servicio común de la sociedad.

4. La autoridad tiene un carácter personal

La autoridad política, por suprema que sea, no escapa a la ley general de que toda autoridad es de algún modo personalizada. El poder político no es personal en el sentido de que la autoridad legítima del hombre de Estado le venga a él por sus cualidades personales. Es el cargo conferido el que le otorga el poder organizado y estructurado para manejar la sociedad. El poder político tampoco es personal en el sentido de que el mandatario, una vez posesionado, pueda gobernar a su capricho y a sus anchas, siguiendo solo sus inspiraciones personales. Debe estar atento constantemente a la voluntad del pueblo, de quien obtiene su delegación.

Pero el poder político sí tiene algo de personal, en cuanto el gobernante debe poner al servicio de su cargo todas las riquezas de su personalidad, y aquellas cualidades de ascendiente, carisma y autoridad personal que le permiten tener un influjo sobre la sociedad. Debe contar, además, en el desempeño de su cargo, con los defectos, vicios y limitaciones que son parte también de su dote personal.


5. La autoridad debe ser controlada

La autoridad política, aun reconociendo que emana del pueblo, es siempre falible y necesita ser controlada. Según Montesquieu, es una experiencia eterna que todo hombre que tiene poder se inclina a abusar de él. Irá hasta donde encuentre límites[1].

Una sociedad política bien organizada no deja las cosas al simple juicio personal del gobernante. El poder político y la autoridad política se institucionalizan de modo tal que haya también, en realidad, instituciones políticas que contemplan, controlan y limitan eficazmente a la autoridad que detenta el poder supremo.

Ante todo, existe la Constitución Política de la nación que, como veremos más adelante, limita jurídicamente el poder y su ejercicio por parte de las autoridades. La Constitución define claramente los derechos y los deberes de los gobernantes y de los gobernados. Delimita la competencia de las ramas del poder, de modo que no haya abusos o predominio de uno sobre otro, sino colaboración respetuosa; prevé otros mecanismos de equilibrio y control, como la designación de los gobernantes por sufragio universal, la existencia de partidos políticos, la descentralización administrativa, y otros. Con razón opinaba ya en su tiempo Aristóteles, que el gobierno de la Ley es preferible al gobierno de cualquier individuo.


6. Los tipos de autoridad política

Existe un aporte interesante de Weber acerca de los tipos ideales de autoridad política. Dichos tipos ayudan para un mejor estudio de los sistemas políticos. Sin embargo, hay que conocer previamente lo que Weber entiende por autoridad política[2].

a) Weber distingue entre poder y dominación. La dominación es la forma sociológica del poder; está ligada a la existencia de relaciones sociales y de cierta distribución de los roles sociales, en roles de dominación y roles de subordinación. Cuando estas relaciones sociales presentan cierta estabilidad (se institucionalizan), estamos entonces ante un grupo de dominación. En un grupo de esta clase, las razones por las cuales unos obedecen a otros son muy diversas.

La legitimidad es la creencia de que la orden dada es legítima. Si el policía de tránsito tuviera que amenazar físicamente o con un revólver a los automovilistas, para que respeten sus indicaciones, en pocos minutos sería desbordado por el flujo de tránsito en circulación. Pero porque los conductores de vehículos están persuadidos de la legitimidad del poder con que manda el policía, ellos respetan sus silbatos y sus señales. Autoridad es, entonces, la dominación legítima que se ejerce dentro de un grupo de dominación. Y autoridad política no es otra cosa que la dominación legítima ejercida dentro de un grupo de dominación política.

b) Se puede pensar en tres tipos de autoridad, según la motivación que tiene la gente para acatarla :

1. La autoridad legal-racional. Es la de la mayor parte de los Estados modernos. Su legitimidad se basa en un cuerpo de normas legales. La fuente de la autoridad reside esencialmente en la naturaleza del mismo orden legítimo. La autoridad se extiende a los individuos solo en la medida en que ellos desempeñan una función reconocida. La autoridad legal-racional está, en esta forma, ejercida por la burocracia o administración pública.

2. La autoridad tradicional. Esta reposa sobre un fundamento distinto: la tradición. La reglas que se obedecen son reglas concretas, particulares. Los que detentan legítimamente la autoridad están obligados por lazos de obediencia personal a sus superiores. El jefe posee la autoridad en cuanto es sabio, y en forma ilimitada dentro del patriarcado y de la gerontocracia, y concentra un poder arbitrario total dentro del llamado sultanismo.

3. La autoridad carismática. Este tipo de autoridad reposa sobre el reconocimiento del poder personal del jefe, por parte de sus partidarios. Este consentimiento que los discípulos o fieles dan a su jefe (por las cualidades personales o ascendiente excepcional) expresa su sumisión y no su mandato de representación (como es el caso en el consentimiento democrático).

Weber subraya la inestabilidad de los tres tipos de autoridad y cómo tienden a combinarse. La autoridad tradicional, la más estable de las tres, no puede hacerles frente, con éxito, a las exigencias del desarrollo económico, y entonces echa mano de elementos legales-racionales, o abre el camino para una revolución carismática. La autoridad carismática entra siempre en conflicto con el orden establecido. Tiene carácter revolucionario. Mas, a su vez, no puede subsistir a la larga sin rutinizarse, sin institucionalizarse con elementos de autoridad legal-racional. Piénsese en la revolución bolchevique, o en las más recientes la cubana y la fundamentalista musulmana de Irán, o en la revolución sandinista en Nicaragua.

La autocracia

Un sistema autócrata suele definirse como el régimen político en el cual la autoridad del Estado se concentra en una sola persona (o grupo), que no legitima sus decisiones. En toda forma dictatorial de gobierno la autoridad política está concentrada en un solo hombre o en un pequeño grupo. El término se usa para describir formas modernas de absolutismo, a veces disimulado tras una fachada de instituciones democráticas y constitucionales.

Se dan diferentes sistemas autócratas modernos. Los principales actualmente son las dictaduras (por lo general militaristas), y los totalitarismos (por lo general comunistas).

La dictadura es, en esencia, el gobierno creativo de un individuo o de unos pocos, que ejecuta lo necesario sin legitimidad. En su forma moderna (fue notable en la antigüedad la dictadura romana constitucional), se trata ordinariamente en Latinoamérica de dictaduras militares, que se adueñan del poder para la conservación (y evolución reformadora) de un ordenamiento social existente y para el rechazo de movimientos revolucionarios que atentan contra él. Son dictaduras funcionales, no-totalitarias. Sus actividades están ligadas al cumplimiento de determinadas funciones que sean antídoto contra la ineficacia de la democracia parlamentaria y antídoto contra aquellas fuerzas que, en caso de dejarlas sin freno, podrían erosionar y destruir el ordenamiento jurídico. En general, estas dictaduras se caracterizan por tres cosas:

a) En ellas el ejército desempeña un papel independiente del partido o los partidos, pero papel decisivo para la totalidad del Estado, y que está en el centro de la burocracia.

b) Suelen tener carácter temporal o transitorio, sin ánimo de perpetuarse (como son todos los gobiernos totalitarios), y

c) La transformación que intentan de la sociedad no la apoyan en una estricta base utópica-ideológica (como sí lo hacen los totalitarismos).


Tipología de los autócratas

Recogiendo unas agradables página del escritor español José María Gironella, tituladas El drama de los dictadores, podemos recordar la clásica división entre asténicos y pícnicos, que puede aplicarse a los hombres con vocación de mando autoritario, como lo hace el doctor Enrique Salgado en su Radiografía del dictador.

Los asténicos serían fríos, irritables, introvertidos y a salvo de oscilaciones provenientes del exterior. Autosuficientes y con una enfermedad latente o posible: la esquizofrenia. En esta línea encontraríamos a Richelieu, a Calvino, a Robespierre, a Salazar, a Chiang Kai-chek y Jomeini. Representante arquetípico lo sería Robespierre: descolorido, enfermizo, de naríz larga y aguileña, “asesino lleno de virtudes”, impenetrable y de crasa brutalidad. Los pícnicos se mostrarían, por el contrario, extrovertidos, propensos al humor y a la acción, histriónicos, audaces, de optimista sensualidad, lábiles y ambivalentes, con frases melancólicas y tendencias maniaco-depresivas. En ese cuadro podríamos citar a Nerón, a Mirabeau, a Mussolini, a Kruschev, a Tito, a Mao Tse-Dung, a Pérez Jiménez, a Saddam Hussein. Su arquetipo, además de Napoleón, podría ser Kruschev; bajo y rechoncho, obeso de cuello corto, propenso a la obesidad, agresivo, repartiendo apretones de manos, llamado “el Carnicero de Ucrania” e interesándose por la comida de cerdos. Adler habla de los muchos dictadores bajitos: César, Napoleón, Hitler, Mussolini, Franco. A los que cabe oponer los de talla impresionante: Nasser, Fidel Castro, Idi Amín Dadá, Gadafi. También abundan, por supuesto, los dictadores de talla mediana. Y siempre emergen datos anómalos: el miope Robespierre se empeñó en su niñez en domesticar pájaros, “ejercicio sublime para aprender a domesticar luego a las persona”. Según otras versiones, a lo que se dedicaba era a decapitarlos con una pequeña guillotina.


Tipos de autocracia

Con respecto a la finalidad, se pueden clasificar[3] en
a) dictaduras revolucionarias y b) dictaduras de orden, reaccionarias, paternalistas o conservadoras. Estas se distinguen de las revolucionarias porque tienen como objetivo preservar un status quo ante (la situación tal como estaba antes del golpe).

Con respecto a la intensidad con que actúa el régimen autoritario, se pueden clasificar las dictaduras, siguiendo a Neumann[4] en :

a) Dictadura simple, que se corresponde con la generalmente llamada autoritaria: el poder dictatorial se ejerce intensificando los instrumentos normales de coerción de todo gobierno (ejército, policía, burocracia, jueces).
b)Dictadura cesarista: el poder es acentuadamente personalista, se basa también en un apoyo de las masas (César, Napoleón, Franco).
c) Dictadura totalitaria: a más del monopolio de los instrumentos coercitivos ordinarios y de la fascinación de las masas en que se apoya, se añade el control de la educación, de todos los medios de comunicación (prensa, radio, TV) y el uso de técnicas coercitivas apropiadas para establecer un control “total” policial e ideológico.
 

[1] Montesquieu (1980): El Espíritu de las leyes, Madrid, Tecnos, L. XI, cap. 4, p. 150.

[2] Max Weber (1974): Economía y Sociedad, México, Fondo de Cultura Económica, Tomo I, pp. 170-217. Buen resumen en Cot-Mounier (1978): Sociología Política, Barcelona, Blumer, pp. 220-223.

[3] Siguiendo a Sartori (1992) Elementos de Teoría Polìtica, p. 83.

[4] Franz Neumann (1957): "Notes on the Theory of Dictatorship" en el volumen The Democratic and the Authoritarian State, Glencoe, Free Press, p. 233–256