El
Estado debe estar limitado en sus fines,
al servicio de la voluntad de los ciudadanos.
Y en el ejercicio del poder debe estar limitado
por ellos, por la Ley y por los representantes
legítimos del pueblo. Las ideas de
Locke influirán directamente en los
padres fundadores de la Constitución
norteamericana (1787) y en los redactores
de las distintas declaraciones de derechos
humanos que vienen después. Bien
ha resumido Sartori este liberalismo político
cuando dice: “el liberalismo en su
connotación histórica fundamental,
es la teoría y la praxis de la protección
jurídica de la libertad individual,
por medio del Estado constitucional”[1].
Este
liberalismo político se identificó
pronto con la idea de democracia (el gobierno
del pueblo y por el pueblo). Con alguna
exageración, Kelsen llega a afirmar
que “la democracia coincide con el
liberalismo político”[2]
. Y es que el liberalismo representa una
solución al problema de la democracia,
tal como Rousseau lo formuló tan
descarnadamente: los hombres nacen libres,
pero están encadenados por doquier.
Los varios tipos de democracia coinciden
con el Estado liberal de derecho y sus cinco
elementos: supremacía de la Constitución,
separación de los poderes públicos,
legitimidad del gobierno central, garantía
de las libertades ciudadanas y derechos
humanos, respeto a los resultados de los
comicios periódicos como expresión
de la voluntad ciudadana.
Pero sigue siendo válida la advertencia
de Ortega y Gasset[3]
de que “democracia y liberalismo son
dos respuestas a dos cuestiones de derecho
público completamente distintas.
La democracia responde a esta pregunta:
¿Quién debe ejercer el Poder
Público? Y la respuesta es: la colectividad
de los ciudadanos. El liberalismo, en cambio,
responde a otra pregunta quienquiera que
ejerza el Poder público: ¿Cuáles
deben ser los límites del Poder?
Y la respuesta suena así: el Poder
público, ejérzalo un autócrata
o el pueblo, no puede ser absoluto, sino
que las personas tienen derechos previos
a toda injerencia del Estado. Es, pues,
la tendencia a limitar la intervención
del Poder público”.
Liberalismo económico
Pero
el liberalismo político se alió
pronto, y se reforzó, con el mercantilismo
naciente y el ulterior capitalismo. La teoría
liberal se constituyó en la filosofía
de la burguesía (en lo social), en
la filosofìa por excelencia del capitalismo
(en lo económico) y en la “mentalidad”
dominante de la civilización occidental
(en lo socio–económico y cultural).
La tesis de la individualidad y la libertad
no podía menos que favorecer la actividad
lucrativa de quienes ya tenían y
querían tener más, sin trabas,
o con el mínimo de restricciones
por parte del Estado.
Fue Adam Smith quien con su famosa obra
Investigación sobre la naturaleza
y causa de la riqueza de las naciones (1776)
- en el supuesto de que la economía
está regida por unas leyes naturales
inmutables-, consagra la máxima libertad
a los individuos que buscan enriquecerse
y sustenta que el Estado no intervenga en
el plano económico o intervenga tan
sólo al mínimo cuando así
lo requiera el bien común de la sociedad.
El Estado no debe meterse a regular el Mercado;
el Estado debe limitarse al simple mantenimiento
del orden y la defensa: laissez faire, laissez
passer, dejar que las fuerzas económicas
hagan y fluyan a su antojo.
Por
este camino, a la par con las democracias
occidentales, se amasaron los grandes capitales,
se conformaron los grandes centros capitalistas
del mundo, con su secuela de injusticia
social, de explotación de los pobres
por los ricos en cada nación y de
dominio colonialista por parte de las grandes
potencias a nivel mundial.
La
libertad individual produjo riqueza para
unos y el capitalismo de las naciones; pero
no produjo igualdad social, sino una inmensa
brecha entre ricos y pobres. Debía
hacer su aparición el socialismo
democrático para enderezar la tendencia;
y sobre todo debía venir el marxismo–leninismo
revolucionario para intentar la igualdad
por sobre la libertad, lo colectivo por
sobre lo individual.
Neoliberalismo y globalización
Tras la caída del llamado “Estado
de Bienestar” (años 1980),
en la era de Margaret Thatcher en Inglaterra,
y de Ronald Reagan (en los Estados Unidos
de Norteamérica), y muy especialmente
tras el colapso del Comunismo estatista
en la Unión Soviética y países
satélites (1989 y siguientes), el
mundo ha vuelto a mirar hacia el viejo liberalismo
de Adam Smith, sin llegar a las exageraciones
del liberalismo manchesteriano inglés.
Más libertades para el mercado nacional
e internacional, menos trabas de todo tipo,
un menor Estado o menos intervencionista,
globalización e internacionalización
de la economía.
Un
globo terráqueo es la representación
cartográfica tridimensional de la
esfera terrestre. Ofrece al observador una
imagen con distancias iguales, áreas
iguales y características angulares
iguales, algo imposible de apreciar en un
mapa bidimensional. El resultado es una
imagen continua sin saltos ni brechas. Al
alemán Martín Benhaim se atribuye
el haber hecho el primer globo terráqueo
moderno en 1492, coincidente con el viaje
de Cristóbal Colón. El uso
actual de la palabra “globalización”
para designar el fenómeno de una
economía mundializada refleja una
concepción claramente liberal y capitalista.
Expresa el actual proceso de libre movimiento
de capitales y de productos, haciendo caso
omiso de las fronteras y de las diferencias
particulares.
El mundo aparece, así, al observador
como un continuo, como una imagen sin baches
de crecimiento económico y bienestar
generalizado, sin las fisuras, clivages,
saltos y sobresaltos de la realidad económica
y social de gran parte del mundo. La palabra
“mundialización” se utiliza
equivalentemente para denotar esta situación
internacional de libre movimiento de capitales
y de productos, con lo que todo ello implica
de apertura económica para cada país,
leyes generalizadas de comercio, menor papel
de los Estados-nación y menor regulación
de su economía interna, campo abierto
para las multinacionales y mayor injerencia
de organismos mundiales tales como el Banco
Mundial, el FMI, la Organización
Mundial del Comercio, la OCD.
Para
los voceros y partidarios de este proceso,
la mundialización es inevitable y
el país que no entre al juego de
esta ronda o rueda internacional va a quedar
fuera, como un país paria y un seguro
perdedor. Los países que se resistan
a ser salvados por este nuevo mesianismo
globalista, serán condenados al ostracismo
o al infierno.
Para
alcanzar el nirvana del libre mercado y
disfrutar de los beneficios anunciados de
la “mundialización” se
recomiendan dos métodos, que pueden
utilizarse por separado o simultáneamente.
Las alusiones a casos recientes de países
de América Latina son obvias.
1º
El achicamiento del Estado como agente
económico. Significa eliminar
cualquier tipo de subsidio a la producción
o al consumo, reducir al mínimo políticamente
posible los gastos sociales en educación,
salud, vivienda e infraestructura y, desde
luego, entregar a la iniciativa privada
- de preferencia extranjera- cualquier empresa
productiva de propiedad pública o
mixta. En consecuencia, el ideario de la
privatización (considerada como la
varita mágica para extender la economía
de mercado) se ha transformado en parte
esencial del dogma neo–liberal que
estamos comentando.
2º
La apertura de la economía nacional
a la economía global. Este método,
por el cual se nos abrirían las puertas
al cielo, es la apertura total e irrestricta
de las fronteras. Adiós aranceles,
tarifas, cuotas, impuestos, medidas protectoras
y otros mecanismos que puedan oler a nacionalismo
o, peor todavía, a estatismo o socialismo.
Con ello, se nos dice, nuestros países
se harán más competitivos
y eficientes, bajarán los costos
y aumentarán los beneficios, lograremos
exportar y conquistar mercados mundiales,
aumentará el empleo, se acelerarán
las tasas de crecimiento económico
y el bienestar generalizado se extenderá
como crema batida en un pastel.
Valoración.
Libre mercado e injusticia social.
Es un hecho objetivo y no una mera apreciación
personal que los sistemas de economía
de mercado -que han terminado por imponerse
prácticamente en todo el mundo- si
bien se muestran eficientes para crear riqueza,
son injustos para distribuirla. Sabemos
bien que el mercado tiene sus leyes propias,
totalmente desvinculadas de consideraciones
de tipo ético, social y político.
De hecho, el mercado es un campo de relaciones
de poder en el que los poderosos ganan y
los débiles pierden. ‘‘El
mercado es cruel porque excluye a los que
carecen de bienes materiales para participar
en él, porque castiga a los que no
están en condición de competir
y porque generalmente favorece el triunfo
de los más poderosos y los más
audaces. No cabe discutir que para superar
la pobreza es indispensable el crecimiento
económico, lo que las economías
de mercado logran hacer. Pero el crecimiento,
siendo necesario, no es suficiente para
eliminar la pobreza, y si no se complementa
con políticas eficaces de desarrollo
social, aumenta las desigualdades”[4].
El
mercado, dejado a su propia dinámica
y a sus propias leyes, no es ni puede ser
un justo y equitativo distribuidor de riqueza.
El mercado no tiende a la justicia sino
a la mera ganancia. Encarna un antivalor
moral. Las tan cacareadas privatización,
globalización, internacionalización,
cifras de crecimiento macro-económico,
por sí solas siempre serán
selectivas y discriminatorias. Favorecerán
al que ya tiene y desfavorecerán
a los que no tienen. Favorecerán
más a los que tienen más y
favorecerán menos a los sectores
marginales y a las regiones y países
periféricos. Es decir, consagrarán
la injusticia social.
La
reciente etapa de “mundialización”
o “internacionalización”
no es, así, más que una faceta
de la vieja dependencia de los países
periféricos respecto de los grandes
centros de poder económico mundial.
¿Algo
más de Estado? Sin
recaer, ni mucho menos, en una apología
de los pasados Estados paquidérmicos
o elefantiacos, es decir, de los Estados
omnipotentes o factotums, ante la nueva
realidad de una hegemonía despótica
del Mercado, tenemos que abogar (como ya
lo está haciendo la misma CEPAL)
por algo más de Estado. El Estado
no puede seguir perdiendo soberanía
“por arriba”, ante la esfera
internacional, ni “por abajo”,
ante la sociedad mercantil interior.
Nuestro Estado-nación, en América
Latina y el Caribe, no puede seguir ‘a
la defensiva’ en la actual coyuntura
neo-liberal. Los ciudadanos necesitamos
de un Estado que intervenga y regule, que
distribuya justamente, que equilibre las
cargas, que impida que los peces gordos
se coman a los chicos, que ponga barreras
a lo internacional cuando éste intenta
desmantelar o apropiarse de lo nacional.
Y ésto tanto más en un país
que como el nuestro se ubica entre los países
del hemisferio sur que siguen siendo altamente
dependientes de las potencias económicas,
militares y políticas del norte.
Conclusión
“No
siéndonos posible lograr entre las
repúblicas
y monarquías lo más perfecto
y acabado,
evitemos caer en anarquías demagógicas
o en tiranías monocráticas”
(Simón
Bolívar, Carta de Jamaica 1815)
“El
sistema de gobierno más perfecto
es aquel que produce:
mayor suma de felicidad posible,
mayor suma de seguridad social,
y mayor suma de estabilidad política”
(Simón
Bolívar, Discurso al Congreso de
Angostura 1818). |