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A
juicio de Bloch, el marxismo es portador
de una "utopía concreta ",
que en lugar de dedicarse estérilmente
a la pintura de la sociedad futura, se
aplica al análisis científico
de la estructura socio-económica
actual, para abolirla. Aquí radicaría
el secreto de la superioridad de la utopía
marxista[1]: Las
utopías abstractas dedicaron las
nueve décimas partes de su espacio
a la pintura del Estado futuro, y sólo
una décima parte a la consideración
crítica, a menudo negativa, del
ahora. Por eso, el camino hacia la meta
quedaba siempre sin desbrozar y se hacía
impracticable. En cambio, Marx dedica
las nueve décimas partes de su
obra al análisis crítico
del ahora, y sólo una décima
parte, relativamente exigua, a la caracterización
del futuro.
Cuatro notas definen el contenido de esta
utopía concreta[2]:
1) No es simple descripción del
futuro, sino prospección científica
del presente.
2) El paso a la sociedad nueva no se verifica
solamente por la dinámica interna
de los condicionantes objetivos. Hace
falta también, y de un modo especial,
la intervención de la praxis, esto
es, la presencia de los condicionantes
subjetivos externos.
3) La utopía concreta es simultáneamente
científica y utópica. Científica
porque examina atentamente el hoy del
proceso. Utópica, porque su análisis
del presente está en función
de transformarlo, puesta la mirada en
el futuro.
4) La verdadera utopía corrige,
finalmente, las imágenes anticipativas
del futuro propuestas por las utopías
sociales abstractas. Por lo general, ella
habla apenas del futuro.
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Se
ha observado bien que en esta forma, "el
marxismo conjuga perfectamente razón
y esperanza, tensión hacia el futuro
y análisis crítico-científico
del presente: dos dimensiones no conjugadas
hasta Marx por las filosofías anteriores"[3].
Y aquí reside - a nuestro juicio-
el gran aporte de Bloch como filósofo
marxista. Su obra capital El principio
esperanza es hasta ahora la tentativa
mejor lograda de justificación
de la esperanza dentro de una filosofía
marxista. "Se ha subrayado en este
libro -dice Bloch al iniciarlo- el empeño
de meter en la filosofía la esperanza,
considerada como un lugar del mundo, como
la zona cultural más habitable,
pero tan inexplorada aún como la
Antártida"[4].
Este filósofo marxista resuelve,
así, la antinomia entre un empirismo
estático a ras de suelo y un utopismo
que se escapa a las nubes, o lo que es
lo mismo, un optimismo sin fundamento
real. Para Bloch, la utopía se
resuelve en esperanza, puesto que la "utopía
concreta" no es en manera alguna
ilusoria o quimera, sino que es eminentemente
realista. Ella es la faz luminosa, "la
cara de esperanza" del posible real
de la materia. "La razón no
puede florecer sin la esperanza. La esperanza
no puede hablar sin la razón "[5].
Bloch fundamenta la esperanza en una filosofía
de la posibilidad, en una ontología
materialista dirigida al futuro, en una
ontología de lo que todavía-no-es
(das NochNicht ). La suya es una filosofía
de la materia, concebida cualitativamente
tributaria de la tradición materialista
de la filosofía, contrapuesta a
la corriente del idealismo. Pero, a la
vez, es opuesta a toda concepción
empirista, mecanicista y asfixiante de
la realidad material. La materia tiene
horizonte. Tiende hacia un fin. "Mirando
hacia atrás, la Materia es el humus
donde el hombre germina; mirando hacia
adelante, es el sustrato último
de sus posibilidades" [6].
Bloch transita, así, por lo que
denomina los "entremundos" de
la filosofía: Aristóteles,
Avicenna, Böhme, Paracelsus, Giordano
Bruno, Spinoza y el joven Schelling. La
suya es una ontología que puede
discutirse, pero respetable. Y se prolonga
en una cosmología y en una antropología.
Comprende el recorrido de la materia desde
"la Nada en el origen ", pasando
por el "todavía nó
de la historia " (el <laboratorium
possibilis salutis>), hasta desembocar
en "la Nada o más bien en
el Todo como final "[7].
La obra de Bloch no es fácilmente
ubicable en alguna de las corrientes filosóficas
de nuestro tiempo. Resulta útil
como correctivo de bastantes tendencias
filosóficas y culturales de uso
común en la izquierda. Profesándose
marxista, niega abiertamente el materialismo
mecanicista: rechaza toda interpretación
determinista del materialismo dialéctico
y del materialismo histórico. Otorga
autonomía al factor subjetivo hombre
y en consecuencia, a lo superestructural
respecto de lo infraestructural. Le inyecta,
así, al marxismo un humanismo casi
olvidado en décadas anteriores.
Y representa lo que podemos llamar "corriente
cálida " del marxismo (Wörmerstrom)
contrapuesta a una "corriente fria
" (Këlterstrom ), cuyo mecanicismo,
determinismo y economicismo venían
siendo cuestionados en ambientes intelectuales
del Occidente y fueron definitivamente
barridos por la misma marejada que sacudió
los países comunistas de Europa
del Este y de la que no se salva sino
el piccolo estolón de Cuba.
Este marxismo cálido que permite
amalgamar razón y esperanza, ciencia
y utopía, ya había sido
propuesto por pensadores lúcidos
de la izquierda. El sociólogo francés
Georges Sorel hizo hincapié, en
su tiempo, en los aspectos emotivos e
irracionales del marxismo. Y ello no en
tono de crítica sino de ponderación.
Para ese pensador peruano, prematuramente
fallecido, que fue José Carlos
Mariátegui, el descubrimiento más
importante de Sorel es el haber aplicado
al movimiento socialista la experiencia
de los movimientos religiosos. El marxismo
se apuntó un éxito cuando
logró crear un mito revolucionario.
Lo cual no va en detrimento de su carácter
científico, ni implica una crítica
a dicho carácter. Lo que ocurre
es , a su juicio, que "la fuerza
de los revolucionarios no está
en su ciencia; está en su fe, en
su pasión, en su voluntad. Es una
fuerza religiosa, mística, espiritual"[8].
La simple razón y la ciencia son
incapaces de mover a las masas. Sólo
el mito, la utopía, la esperanza
pueden ser creadores del ímpetu
revolucionario. Para Concatti, "lo
importante en toda revolución son
sus certidumbres, sus afirmaciones. Una
revolución es la afirmación
de que una renovación radical es
posible, que un mundo nuevo y un hombre
mejor son posibles [...] Toda revolución
es fe [...] Toda revolución es
esperanza, toda revolución es un
mesianismo" [9].
En esta misma línea, Regis Debray
-en uno de sus últimos libros-
[10] llega a la
conclusión de que el compromiso
político depende más del
sentimiento que de la idea. El lirismo,
la capacidad convocatoria de un mito y
de una utopía inspiran en los grupos
humanos convicciones más decisivas
que el razonamiento. El canto entusiasta
de la "Internacional" ha producido
más marxistas que la lectura fría
de "El Capital". "Desde
este punto de vista, estamos en mora de
reconocer que las emociones -ira, amor,
pasiones- están en la base de nuestras
convicciones. En este sentido, la política
tiene menos de lógica que de emoción.
Y la fuerza de una idea proviene, ante
todo, de su capacidad lírica"
[11].
Es decir, si todavía se alimenta
para Latinoamérica el proyecto
de algún tipo de revolución,
de un cambio radical por la justicia,
a más de la razón política
y una visión científica
de la historia, sigue siendo necesaria
la utopía y la esperanza. No hay
revolución sin mesianismo ni teleología!
Esto no lo puede olvidar una reconversión
del marxismo. Es aquí donde se
plantea para una nueva izquierda, "viable
y diferente", la necesidad de una
alianza vigorosa entre el post-marxismo
y el cristianismo remozado como el que
encarna la fuerza popular viva, laical
y aun jerárquica, de la Iglesia
Católica en AmÉrica Latina[12]
.
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[1]
PH 724. 31.
[2] M. Ureña Pastor, Ernst Bloch.
¿Un futuro sin Dios?, Madrid, BAC
1986, p. 286. 32.
[3] M. Ureña Pastor, op. cit., p.
285.
[4] E. Bloch, PH 5. 34.
[5] PH 1618. 35.
[6] J.M. Gómez- Heras, Sociedad y
utopía en Ernst Bloch, Salamanca
1977, p. 137. Observamos que este planteamiento
está en plena coincidencia con el
pensamiento evolucionista de Pierre Teilhard
de Chardin.
[7] PH 356 : " Das Nicht im Ursprung,
das Noch Nicht in der Geschichte, das Nicht
oder aber das Alles am Ende".
[8] J.C. Mariátegui, El alma matinal
y otras estaciones del hombre de hoy, Lima,
Empresa Editora Amauta 1959, p. 22.
[9] Rolando Concatti, Revolución
y Cristianismo, "Valores cristianos
y revolución", Bogotá,
Idoc 1968, Año II, 3er. semestre,
x/25, nº 62, p. 5-8.
[10] Régis DÉbray, Critique
de la raison politique, Paris, Gallimard
1981.
[11] J.P. Enthoven N, "La longue marche
de Régis Debray", Le Nouvel
Observateur, Paris, 10 Octobre 1981, p.
64.
[12] No subvaloramos el posible aporte de
las varias sectas y fundamentalismos evangélicos
que catalizan la religiosidad popular de
amplios sectores de la población
latinoamericana. Pero hay sospecha acerca
de ellos por su financiación norteamericana
y la sutil política de un más
fácil sometimiento a EUA del continente,
si se fracciona su unidad monolítica
de signo católico, como fue preconizada
por el famoso Informe Rockefeller.
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