La Izquierda latinoamericana en crisis
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No podemos olvidar que la palabra "crisis" de origen griego, pone en Occidente mayor énfasis en el aspecto de posible hundimiento por graves dificultades de un proceso, mientras su equivalente en Oriente expresa más bien el aspecto de superación en un proceso, gracias al salto cualitativo que suelen inducir las dificultades. De todos modos, la izquierda al final de siglo está en crisis. Lo que no debe alarmarnos, porque todo hoy está en crisis.

Un libro reciente de un autorizado profesor de economía y asuntos internacionales[1], suministra a nuestro juicio una excelente historia de la izquierda latinoamericana desde la IIa. Guerra Mundial, compendiando sus personalidades, ideales, conflictos, triunfos y fracasos. Y hace además un positivo aporte, cuando utilizando dicha historia, ofrece una compleja fórmula según la cual la izquierda puede todavía jugar un papel esencial en la América Latina de la postguerra fría, a pesar de la pérdida de su ideal revolucionario, del colapso del socialismo en Europa, de la obsolescencia del modelo cubano y de la filosofía del dejar hacer neoconservadurista que ahora recorre el hemisferio occidental[2].

La izquierda latinoamericana que Castañeda describe está lejos de ser monolítica. Están los partidos comunistas nacionales, de clase alta, a menudo, indigestos y abiertamente pro soviéticos, cuyo origen se remonta a los años veintes.

 

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Están también los movimientos populistas, reformistas y nacionalistas que precedieron e informaron a los Montoneros de Argentina, los Tupamaros de Uruguay y los Sandinistas de Nicaragua. Populismo y nacionalismo con frecuencia se fusionaron con programas revolucionarios, lo que dificultó la comprensión del fenómeno de izquierda latinoamericana por parte de Washington.

Castañeda también encuentra enorme diversidad en la perspectiva social de los izquierdistas latinoamericanos. Ha habido guerrilleros urbanos de clase media alta, que aterrorizaron en los setentas a la Argentina y Colombia. Y ha habido combatientes de la resistencia indígena, rurales en su mayoría y sólo parcialmente asimilados, en Guatemala, El Salvador, México, donde todavía no se ha escrito el último capítulo. Observa Castañeda que si bien revolucionarios de varios países consagraron sus vidas a fomentar la revolución a través del hemisferio, no surgió ningún dirigente continental.

La izquierda latinoamericana tampoco ha profesado jamás una misma ideología. Grandes desacuerdos han distanciado a los revolucionarios entre sí y ellos le han conferido a la izquierda latinoamericana perfiles intelectuales completamente diferentes a los de sus camaradas europeos. Castañeda reconoce la importancia de la llamada Teología de la Liberación -de la que hablaremos más adelante- así como de las comunidades eclesiales de base, ambas advertidas seriamente por la Santa Sede, debido a los préstamos hechos y los vínculos asumidos con el marxismo-leninismo ortodoxo.

Castañeda propone algunas fórmulas para que la izquierda, si lo quiere, intente recuperar su antigua preeminencia. Cree que a la AmÉrica Latina le sirve una izquierda revitalizada, debe reasumir su papel tradicional de fuerza que trata de mejorar la vida de todos los latinoamericanos. Para convertirse en tal fuerza, sin embargo, la izquierda tiene que fijarse nuevas metas y aprender nuevas tácticas.

Primero, debe reconocer que el régimen de Castro perdió su cordón umbilical con la Unión Soviética y está agonizando; los Sandinistas fueron expulsados del gobierno mediante elecciones y a los revolucionarios de Sendero Luminoso en Perú y de las guerrillas supérstites en Colombia no les quedan sino pocos enceguecidos fanáticos y muchos aliados del narcotráfico.

Segundo, la izquierda debe dejar su desdén por el reformismo y propender por que las nuevas democracias del hemisferio sean en verdad eso: democráticas. "Democratizar la democracia" es la única opción real de la izquierda.

Y tercero, aunque a la izquierda no tenga por qué gustarle el capitalismo, hay que reconocer que lo que está vigente es algún tipo de éste. La izquierda latinoamericana podría inspirarse en el modelo europeo del Estado benefactor corporativo, o en los sistemas de capitalismo moderado y controlado de Japón y Corea del Sur. Debe entablar resueltamente negociaciones con los Estados desarrollados y el capitalismo mundial, pero siempre con los dos ojos bien abiertos: con un ojo, el derecho, puesto sobre el crecimiento económico sostenido y con el otro, el izquierdo, puessto sobre la justicia social y la equidad.

Síntesis

"Como tendencia, la izquierda tiene un gran futuro en todo el continente. Pero la izquierda en América Latina tiene que ser al mismo tiempo viable y diferente. Si no es diferente, si simplemente se suma al statu quo, no va a pegar. Pero si es demasiado diferente no va a ser viable, entonces tampoco va a pegar" [3].

 

[1] Jorge Castañeda, La utopía desarmada, México-Bogotá, Tercer Mundo 1994.

[2] Recomendamos el comentario de Nicolas Shumway en The New York Times, diciembre 1994, reproducido en parte por El Tiempo, Lecturas Dominicales, Bogotá, 9 enero 1994, que utilizamos.

[3] Jorge CASTAÑEDA, entrevistado por Andrés Grillo en Bogotá, Revista Cambio 16 Colombia, 2 mayo 1994, p. 26.