El
intelectual no es el sabio que vive en una
torre de marfil o en su acantilado, desde
donde ve pasar en la lejanía la nave
de gobernantes, a veces locos, necios o
incompetentes. El intelectual está
atento a lo que lo rodea y se preocupa cuando
las cosas van mal para el colectivo. El
ejercicio intelectual es oficio independiente,
pero útil a la comunidad. Busca ser
práctico y eficaz para sus contemporáneos,
asumiendo un compromiso consigo y con su
entorno.
Críticos y comprometidos
El oficio del intelectual es riesgoso. Así
lo ilustran los casos de Sócrates
-obligado a tomar cicuta- y en épocas
menos remotas, los de críticos lúcidos
y valientes, a quienes regímenes
autoritarios callan -a la fuerza- en prisión,
clínica psiquiátrica, campo
de concentración, destierro, horno
crematorio o camposanto. No es común
encontrar casos como el de Juan Montalvo,
nacido en Ambato (Ecuador 1832), aunque
provinciano, hombre leído, estudioso
y viajado, fundador de periódicos
y escritor de libros. Se enfrenta, por años,
al todopoderoso dictador García Moreno
(quien fuera presidente) y logra sobrevivirle.
Cuando éste cae asesinado en Quito
(5 agosto 1875), Montalvo escribe: "Mi
pluma lo mató". Y sigue escribiendo
por 14 años más.
En Francia (1996) aparece la excelente obra
"Diccionario de los intelectuales franceses",
coincidente con la fecha en la que los restos
de André Malraux, gran intelectual
galo, fueron trasladados al panteón
nacional. En ella, los autores Julliard
y Winock hacen desfilar a autores comprometidos:
unos furiosamente con una causa política
que hoy se considera equivocada; otros con
una causa política acertada. Entre
los primeros, Jean-Paul Sartre, quien puso
por años su innegable genio y su
recursivo vedettismo al servicio del totalitarismo
comunista. Entre los segundos, también
brillantes e influyentes, figuras como Bernard-Henri
Levy, Camus, Malraux, Raymond Aron, quienes
rompieron lanzas contra los regímenes
totalitarios, ya fueran de extrema derecha
(fascismo) o de extrema izquierda (comunismo).
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| Lúcidos
y conciencia moral del país
El vientre de todas las naciones siempre
nutre -con semillas del Mal- personajes
siniestros pero bien dotados, que retrotraen
a su pueblo a épocas oscurantistas
(que se pensaban superadas) o ensayan montar
-por su cuenta y a como de lugar- algún
nuevo experimento de planeta Marte (dios
del conflicto y la guerra). Pero del mismo
vientre patrio surgen -cuando menos se espera-
conductores natos, con una gran visión
y carácter, que como intelectuales
avizoran el horizonte y dan el combustible
de ideas para mejores tiempos, tarea ciclópea
propia de conductores y políticos.
Aunque se da también el caso de juntarse
las dos vocaciones u oficios en un mismo
personaje, como conjunción favorable
de astros. Tal el fenómeno reciente
del dramaturgo Vaclav Havel, en la hasta
hace poco Checoeslovaquia (hoy República
Checa y Eslovenia). Por años, este
gran intelectual representó para
la inmensa mayoría de dicho país
la moral de todo un pueblo. Fue confinado
y puesto en prisión en 1968 -así
como Alexander Dübcek quien inició
desde el poder la llamada "Primavera
de Praga"- en un intento de darle un
"rostro humano" al Comunismo entonces
vigente. Desviacionismo de la ortodoxia
comunista que fue ferozmente aplastado por
los tanques rusos, hecho que dio lugar a
protestas en todo el mundo libre y a análisis
como el muy valioso de Teodoro Petkoff (que
justificó la aparición del
MAS -Movimiento al Socialismo- en Venezuela).
En los últimos días de diciembre
1989, Havel (en sus 53 años) es sacado
del ostracismo y llevado al cargo de Presidente
de la nueva Checoslovaquia, oficio que desempeñó
con altura, acierto y dinamismo, hasta que
se lo permitió el cáncer que
lo afectaba. De él ha escrito Milan
Kundera: "La vida de Vaclav Havel se
parece realmente a una obra de arte".
En España hombres como Ortega y Gasset
(un ejemplo no más) son todavía
estrellas rutilantes. Entre nosotros, un
intelectual como Arturo Uslar Pietri -escritor,
novelista, educador y comunicador- ejerció
con brillantez, genio y perseverancia hasta
su muerte- el papel hoy añorado de
"conciencia moral de Venezuela".
Mientras contemos con esta clase de hombres
y mujeres -que los hay- no tenemos por qué
ser pesimistas incorregibles ni perder las
esperanzas. El Señor de las Naciones
sigue suscitando personas comprometidas
a quienes encargar -como a Jeremías-
acelerar la historia, "arrancando y
derribando, edificando y plantando"
(Jeremias 1, 4-10).
12 febrero 2007 |