Desde
el siglo pasado se han producido tres
olas de expansión democrática
en el mundo, con sus respectivos períodos
de desarrollo empírico y teórico
para los analistas sociales[2]
.
La
primera, a comienzos del siglo XX, fue
la de las democracias de masas en el mundo
occidental. Estudiosos del fenómeno
fueron Walter Lippman, Woodrow Wilson,
Harold Gosnell.
La
segunda, después de la Segunda
Guerra Mundial (1948) fue la de una democracia
estable y exitosa tras un análisis
de los factores que socavaron el proceso
democrático entre las dos guerras.
Investigadores de dicho período
fueron Barrinnton Moore, Hannah Arendt,
Gabriel Almond, Raymond Aron, Seymour
Lipset.
La
tercera, más reciente, corresponde
a los procesos de democratización
vividos en los sistemas políticos
de Europa central y Asia, a raíz
de los sorpresivos cambios de los regímenes
comunistas, incluyendo Filipinas, Taiwán,
Corea del Sur y países africanos.
Es acertada la afirmación de que
la democracia es, ante todo y primariamente
una forma de vida (A). Ella abarca la
totalidad de los aspectos de las actividades
del hombre en sociedad. Por ser un sistema
de vida, es también una forma de
gobierno (B), más aún, exige,
para su plenitud, la más acabada
forma de gobierno democrático.
En este orden trataremos el tema.
La democracia como forma de vida
Un ideal a largo plazo
La democracia, solo accesoriamente es
una forma de gobierno. En el fondo, es
una filosofía, una religión,
una manera de vivir, un estilo de relaciones
humanas que rotula una enorme variedad
de fenómenos. La referencia a la
definición clásica de democracia,
dada por Lincoln en el cementerio de Gettysburg,
exige ser complementada. Aunque resulta
verdadero que no hay democracia sin gobierno
del pueblo y por el pueblo, queda abierta
la cuestión de saber qué
se entiende por “pueblo”,
cuál su organización para
que sea democrática y cómo
gobierna el pueblo.
En otras palabras, la idea democrática
transciende sus modos de realización.
Es una exigencia, que hasta ahora, no
ha sido satisfecha plenamente. Las realizaciones
así llamadas democráticas
que conocemos, son apenas satisfacciones
contingentes y provisionales. Con el agravante
de que la misma idea democrática
ha venido evolucionando con el decurso
imparable del tiempo, que afecta tanto
a las creencias como a las instituciones.
La democracia ha sido sucesivamente comprendida
-y aplicada- como un instrumento de la
libertad, como un instrumento de la justicia
y como un ingrediente del bienestar. Estas
interpretaciones corresponden a momentos
diversos de la evolución política
y económica de la sociedad, y no
se excluyen entre sí. Pudiéramos
más bien decir que el proceso democrático
es acumulativo y no se realiza por mutaciones
ni saltos. Burdeau afirma[3]
:
Sería, pues, inexacto decir: la
democracia fue primero libertad, después
justicia, y después bienestar.
Lo verdadero es que si, en un primer tiempo,
la democracia fue sin duda una búsqueda
de la libertad, los hombres la han entendido
a continuación como que es la libertad
más la justicia, y, finalmente,
como la libertad más la justicia
más el bienestar.
La democracia occidental europea tomó
siglos para desarrollarse como sistema
capaz de funcionar. La simple creación
de las condiciones históricas básicas
para la democracia es un proceso difícil
y a largo plazo. No basta con que un pueblo
se dé una Constitución democrática
para que dicho pueblo sea democrático.
Ni basta con calcar el modelo democrático
de otros países ni con recalcar
diplomáticamente su copia, para
que el modelo funcione, sin más,
en determinado país.
En concreto, el aprendizaje y transplante
de la democracia en nuestros países
latinoamericanos ha sido un proceso largo
y difícil. Ninguno de nuestros
Estados en Latinoamérica y el Caribe
ha nacido democrático. Desde la
independencia hemos estado importando
modelos democráticos, y ninguno
acaba de funcionar satisfactoriamente.
Nuestra historia democrática ha
sido un largo Via Crucis de avances y
retrocesos, un recorrido con caídas
y contradicciones, en el que nos vamos
moviendo lentamente hacia esa meta ideal.
Enfoques ( approaches ) sobre la democracia
Entendemos
“enfoque” (approach) como
la manera de acometer un asunto, de abordar
un tema. Es la estructura mental determinada
(forma mentis) con la que uno intenta
analizar la realidad que se va a estudiar.
Es
evidente que la democracia es susceptible
de ser abordada desde múltiples
enfoques. Es como si ella fuese el centro
de un círculo, al cual se puede
llegar desde cualquier punto, con tantos
posibles enfoques cuantos grados tiene
la circunferencia. Burdeau expone al respecto[4]
:
Metafísicamente, se subrayará
que la idea democrática confiere
a la persona humana una dignidad que desborda
siempre, por algún resquicio, las
condiciones de su existencia. Sociológicamente,
se verá en ella un llamado a liberar
al hombre de las alienaciones que proceden
del orden social existente. Psicológicamente,
se encontrará en ella la raíz
de un sentimiento de frustración
al que oponemos el sentimiento de realización,
tanto espiritual como temporal, que debe
procurar una democracia efectiva. cualesquiera
que sean los puntos de vista desde los
cuales se enfoque el origen de la exigencia
democrática, es claro que ella
tiene por fundamento el valor primordial
del hombre.
Advertimos
que cada enfoque es inevitablemente selectivo;
tiene sus propios “aprioris”
y remite a ciertas raíces ideológicas
y aun filosóficas, que es dable
discutir a profundidad. Pero tengamos
en cuenta que los varios enfoques no son
excluyentes entre sí, sino complementarios.
Obedecen a estructuras mentales dispares
los enfoques que se dan desde una cultura
griega clásica y los que se dan
desde una de las muchas culturas modernas.
Respecto de la misma democracia estadounidense,
y a distancia de muy pocos años,
uno es el enfoque libertario y descentralizador
de Jefferson, y otro el enfoque más
igualitarista de Jackson[5]
. Para Alexis Tocqueville era palpable
el contraste entre dos maneras de concebir
y de practicar la democracia de su tiempo:
una, la de los Estados Unidos, de igualdades,
pero en medio de amplias libertades; y
otra, la del Antiguo Régimen francés,
de igualdad jurídica, pero sin
libertades, o con muy pocas.
a)
Enfoque de comunidad
Aun reduciendo el campo de la democracia
a una teoría sobre las varias formas
de Estado (sin entrar a considerarla,
además, como una forma social y
aun una forma de vida), ya desde antes
de Cristo se puede encontrar la aplicación
de este enfoque. La idea de democracia
se ha asociado siempre a la de un pueblo
que conquista y maneja su unidad. Herodoto
designa con la palabra “democracia”
una forma de organización política,
en la que el poder residiría no
en determinado sector de ciudadanos, sino
en todos los ciudadanos de la comunidad.
Para Aristóteles, las formas mejores
de organización política
son las que tienden hacia un interés
común, ya sea que el gobierno esté
en manos de uno, en las de más
de uno, o en manos de la mayoría;
y formas viciosas o bastardas son las
que solo sirven a intereses privados y
no al provecho de la entera comunidad.
Para Aristóteles, viciosa es la
forma “democrática”
porque busca solamente el interés
de los pobres; aunque la más tolerable,
puesto que ellos son la parte más
numerosa y necesitada de la comunidad.
Pero la referencia democrática
a la unidad de un pueblo, a lo que hoy
llamamos comunidad, ¿qué
sentido tiene? ¿Cuál es
la identidad de este sujeto? ¿Quién
realiza la comunidad? ¿Un tipo
de autoridad? ¿Un tipo de organización
común? ¿Un tipo de sistema
de valores? ¿Un tipo de comunicaciones?
b) Enfoque de soberanía y autonomía
Hay quienes le han dado más valor
a la autarquía, para contraponer
la democracia a otras formas de gobierno
y de organización social. Con el
vocablo “democracia” se designa
entonces la conducta que no está
regida desde el exterior, sino que se
determina en función de los fines
que ella se propone soberanamente. La
democracia implica, así, en teoría
-cualquiera que sea el cuadro en el cual
se establece- que el grupo tiene el poder
de determinarse por sí mismo y
que no obedece sino a sus propias normas.
E implica también que el individuo
vive las normas del grupo como las suyas
propias. Para Montesquieu, el gobierno
republicano es aquél en que el
pueblo en conjunto, o solamente una parte
del pueblo, tiene el poder soberano. Observemos
de paso, cómo en su teoría
de los gobiernos, Montesquieu considera
que hay una doble posibilidad de República:
la democrática, cuando el que gobierna
es todo el pueblo ("la soberanía
reside en el pueblo" se nos va a
decir más tarde); y la aristocrática,
cuando quien gobierna es una parte selecta
del pueblo. El “principio”
( o resorte) sobre el que se debe apoyar
un buen funcionamiento de la república
democrática es la “virtud
cívica” ( hoy diríamos
la co-responsabilidad ciudadana en el
manejo de la soberanía). Pero dentro
de este enfoque, quedan abiertos los problemas
de cómo conciliar la autonomía
( o soberanía) con la inter-dependencia
cada vez más creciente de los grupos.
Y el problema real de la necesaria delegación
de las funciones.
c) Enfoque de libertad
Este ha sido uno de los más socorridos
para acercarse al estudio de la democracia,
sobre todo en el mundo occidental, y a
raíz de los principios libertarios
de la Revolución Francesa. Ya Robespierre,
en su conocido discurso del 5 de febrero
de 1799, en el que se detalló lo
que debía ofrecer la República,
junto a la moral (en lugar del egoísmo),
y junto a la igualdad (en lugar de los
privilegios de clase), subraya la libertad
(en lugar de la esclavitud). La libertad
deberá acompañar a todo
Estado democrático o republicano.
Robespierre pretendió que Francia
era, bajo este aspecto, la primera democracia
del mundo. Pero no podemos olvidar que
por entonces también las ideas
de los totalitaristas jacobinos eran consideradas
democráticas. Hay que reconocer
que este enfoque ha prevalecido en Occidente,
y muchas de las exigencias esenciales
del constitucionalismo moderno, ligadas
a la democracia, provienen de la estructura
mental que considera la libertad, y sus
garantías constitucionales, como
presupuesto de la democracia. Biscaretti
di Ruffia formula el Estado de democracia
como el Estado regulado por la “técnica
de la libertad”, que está
garantizada jurídicamente por el
Derecho constitucional[6]
. Dentro de este enfoque se puede definir
Democracia: gobierno de la mayoría,
respetando los derechos de la minoría.
d) Enfoque de igualdad
Desde antiguo también, la democracia
ha sido abordada correctamente desde la
óptica de Igualdad. Aun econociendo
que hay desigualdades insalvables, la
democracia siempre ha reivindicado, al
menos en teoría, una igualización.
El advenimiento de la democracia ha traído
consigo el negarle fundamento legítimo
a la jerarquización piramidal de
grupos sociales. La democracia ha sido
inicialmente proclamación de la
igualdad cívica y jurídica
de los ciudadanos. Para Tocqueville y
otros, la democracia reposa en dicha igualdad,
ya esté acompañada de un
régimen de libertades (como en
los Estados Unidos) o no lo esté
(como en el Antiguo Regimen francés)[7].
Pero sabemos que dicha igualdad política
ha estado muy sujeta a limitaciones. Durante
mucho tiempo no se les concedió
a los esclavos, a los extranjeros, a las
mujeres, a los no-correligionarios. El
mismo Robespierre en el citado discurso,
donde hace profesión de republicanismo
y democracia, llega a decir que la protección
social solo se debe a ciudadanos libres;
pero en la República, solo los
republicanos eran ciudadanos[8].
Es decir, en la Revolución Francesa
fueron excluídos de la igualdad
jurídica los anti-republicanos;
como lo Enfoque de igualdad. serán
en la Revolución Rusa bolqueviche
los enemigos de clase, en la Revolución
Cubana los “gusanos”, en la
Revolución Sandinista los Robelos
y los Chamorros, en la Revolución
Chavista los “escuálidos”.
En nuestro tiempo, se intenta ligar la
democracia no solo con la igualdad “cívica”
y “política”, sino
también con la igualdad “social”
y la igualdad “natural”, siguiendo
la división cuatripartita de Bryce[9].
Y aquí es donde se originaron en
el siglo XX las grandes diferencias conceptuales
de democracia. En un exceso de simplificación,
podría uno decir que la diferente
concepción de la democracia en
los países occidentales y en los
países socialistas del Este, derivó
de la diferente posición respecto
del grado en que se quiere exigir políticamente
la igualdad “social” y “natural”
de los hombres, así como de los
medios que el régimen piensa utilizar
para ello. Sigue pendiente la cuestión
de en qué magnitud puede una democracia
moderna pensar en reducir las desigualdades
existentes, a qué ritmo y con qué
medios. Dentro de este enfoque se puede
definir Democracia: forma de gobierno
que garantiza la igualdad "cívica"
y "política" e intenta
también la igualdad "social".
e) Enfoque de diálogo
Este enfoque puede ser fecundo en consecuencias
prácticas, culturales y educativas.
Está muy emparentado con varios
de los atrás señalados.
Y tiene el interés adicional de
entroncarse con claros principios humanistas,
cristianos y de sana estrategia política.
Para Burdeau, el principio o resorte de
la democracia es el diálogo. Y
para Vedel, la idea de diálogo
expresa la filosofía profunda de
la democracia. Esta filosofía democrática
-dice- rechaza la creencia de que existe
una armonía espontánea y
automática entre los diversos interlocutores
del mundo político. Pero esta filosofía
tampoco cree que las oposiciones sean
de tal naturaleza que impidan encontrar
una conciliación[10].
Para
Vedel, la vida democrática se articula
con cinco diálogos esenciales:
Primero, un diálogo entre el poder
constituyente y el poder constituido .A
través de este intercambio, la
estructura política se hace flexible
y evoluciona sin perder estabilidad.
Segundo, un diálogo entre gobernantes
y gobernados. Es la fórmula más
adecuada para acercarse a cierta identificación
de los que mandan y los que obedecen,
sin atentar a la división de trabajo
necesaria en una comunidad.
Tercero, un diálogo entre el Congreso
y el Ejecutivo. Se le da así una
respuesta a la doble exigencia de reflexión
y eficacia de los poderes del Estado.
No se traba -con discusiones interminables
de una asamblea numerosa- la necesaria
eficacia de los órganos del Ejecutivo,
que son por sí mismos, instrumentos
de decisión; pero son conducidos
por un proceso de consulta amplia y sometidos
a fiscalización.
Cuarto, un diálogo entre la mayoría
y la minoría. Diálogo fundamental
y que, a juicio de muchos, tiene el secreto
de la verdadera democracia.
Quinto, un diálogo entre el Estado
y los grupos y cuerpos intermedios. Con
él se puede superar la situación
de pugna y de habitual conflicto entre
el interés general y los intereses
particulares. Es claro que estos diálogos
democráticos se entablan con sujeción
a normativas muy diferentes. De ahí
los diferentes regímenes democráticos,
según la diferente organización
del diálogo.
f) Enfoque de conflicto
Esta propuesta de democracia resulta interesante,
tal como la ha expuesto el profesor Seurin,
de la Universidad de Bordeaux[11]
. Todo sistema totalitario pretende ignorar
el conflicto y muy generalmente les impone
un denominador común a todas las
actividades sociales. Pero al revés
de dichos sistemas, podemos decir que
la democracia se caracteriza por un intento
de enfrentar y manejar la heterogeneidad
de los valores, de los comportamientos
y de los deseos, de modo que los conflictos
se conviertan en motor de crecimiento.
Como quiera que hoy -cualquiera que sea
el grado de evolución moral o política
de la sociedad- la unanimidad es imposible,
no queda otra solución realista
que la búsqueda del compromiso
y el arreglo de los conflictos. Son idealistas
los que suponen siempre el problema resuelto.
Idealistas ingenuos son los liberales,
como Rousseau, que imaginan para el presente,
una unanimidad social. Y son idealistas
los marxistas que imaginan, para el futuro,
dicha unanimidad en una democracia comunista.
Los teóricos realistas y pragmáticos
(como Locke y John Stuart Mill), parten
de la idea de que de hecho nunca se puede
esperar algo mejor que un compromiso entre
intereses contrarios. Este es el sentido
[democrático] de una solución
negociada y debatida conflictualmente,
es decir, finalmente aceptable por todos.
Y éste, asimismo, es el sentido
de una interpretación relativista
de la política, naturalmente vedada
a los idealistas de extrema derecha y
a los idealistas de extrema izquierda,
que razonan siempre como si el problema
estuviera resuelto, como si hubiera o
pudiera haber un 'final de la política',
aunque sea el final de la historia![12]
.
f) Enfoque de apertura o de transparencia
comunicacional
Glasnost fue llamada por Gorbachov en
la Unión Soviética de los
años 80. Permite valorar hoy mejor
lo que para una democracia significa el
que la mayoría de la población
tenga acceso fácil y no distorsionado
a la información de los hechos
y al conocimiento del manejo de la cosa
pública. Cuando por ejemplo, la
política es el asunto de unos pocos
que hacen de ella su oficio, su menester
(mester en la Edad Media, o métier,
como decían entonces los artesanos
franceses, y mystére los pitagóricos
en la Grecia antigua), se abre una distancia
entre este grupo de “iniciados en
el misterio”y los demás.
Y esta distancia reduce la eficacia de
los mecanismos democráticos de
elección y de consulta.
A través del monopolio de las informaciones,
de la ritualización de las comunicaciones,
de la multiplicación de las instancias
intermedias un grupo de poder (cualquiera
que sea) , se sustrae fácilmente
al control público. Parece ser
cierta exigencia actual de la democracia
el que haya una apertura continuada que
permita que todas las conductas y todos
los conocimientos sean del dominio público,
es decir, se promuevan, en cierta forma,
al status de cosas públicas (cualquiera
que sea el número de quienes penetran
este dominio público). Pero ¿no
caemos aquí, de nuevo, en una ficción
poco realista y en una utopía,
al pretender que pueda darse una sociedad
transparente por sí misma, es decir,
fundada sobre la comunicación de
todos con todos? Dentro de este enfoque
se puede definir Democracia: forma de
gobierno transparente públicamente.
h) Enfoque de participación
Es privilegiado por autores social-cristianos[13]
. Con razón se piensa que las condiciones
de una vida democrática no se cumplen
si los individuos no hacen uso de sus
derechos, es decir, si no hay participación
efectiva en las decisiones y en las tareas;
si los ciudadanos no influyen de hecho
en la elección de sus gobernantes
y en el manejo cotidiano de la cosa pública.
Da en el clavo el demócrata exigente
cuando liga siempre la falta de participación
a una organización viciosa o bastarda,
ya se trate de una empresa de producción
o de un sindicato o de un partido político.
Donde se da fracaso de participación,
se da también desigualdad de responsabilidades
y de ventajas que reportan los varios
puestos de trabajo o el diferente conocimiento
de los datos.
En buena lógica, Raymond Aron propone
un acertado criterio para distinguir los
regímenes políticos contrapuestos,
cuando liga el sistema de partidos vigente
en un país con la participación
política real de la sociedad civil[14]
. Se dan los regímenes de partido
único en los que el monopolio de
la actividad política legítima
se le otorga a un solo partido. Allí
el Estado se casa indisolublemente con
el partido, se convierte en un Etat-partisan
con limitaciones de la participación
con respecto al debate público,
al juego de otras ideologías, al
actuar libre de cuerpos intermedios.
Se dan, en contraposición, los
regímenes de pluripartidismo o
poliarquías como los llama Dahl
(los realmente democráticos) en
los que existe una organización
constitucional de la concurrencia pacífica,
para el ejercicio del poder. Es decir,
hay una “concurrencia”, se
admite legalmente la oposición
al poder establecido. Pero esa concurrencia
es “pacífica”: excluye
el uso de la violencia. Una Constitución
garantiza el ejercicio de dicha concurrencia
pacífica. El “resorte”
( 'principio' en la terminología
de Montesquieu) que permite, un buen funcionamiento
de este tipo de democracias es 'el compromiso
'. Un régimen pluri-partidista
funciona bien cuando hace un buen uso
del compromiso, dice Aron. El amplio y
enriquecedor juego de la participación
requiere el uso correcto y maduro del
compromiso.
Una obra clásica[15]
reformuló el ideal de democracia
basado en la discusión activa y
la toma de decisiones por parte de los
ciudadanos. Afirmaba que la igualdad social
es una condición de la participación
democrática, y que la participación
democrática ayuda a desarrollar
y preservar la igualdad social. Esto implica
que los lugares de participación
democrática tienen que incluir
aquellas instituciones sociales que, aparte
de las estatales, acogen directamente
las acciones de la gente, y en particular
los lugares de trabajo.
Bien recoge Young[16]
lo mejor de los enfoques participativos
de la teoría democrática
cuando dice que “la democracia es
un conjunto hueco de instituciones si
se limita a permitir que los ciudadanos
voten a sus representantes en las instituciones
políticas y a proteger a los ciudadanos
de los abusos gubernamentales. Una democracia
plena significa, en principio, que las
personas puedan actuar como ciudadanos
en todas las grandes instituciones que
requieren su energía y su obediencia”.
Para Barber[17],
un modelo ded democracia fuerte y participativa
es aquel en el que los ciudadanos asumen
conjuntamente un compromiso público
para obtener un bien común, pero
donde persiste la pluralidad de intereses
y cometidos.
Dentro de este enfoque se puede definir
Democracia: forma de gobierno que garantizando
la libertad, permite la concurrencia política
y favorece una amplia participación
política de los ciudadanos.