Democracia como forma de vida
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Sobre democracia se habla y se escribe mucho. Y no hay régimen político, por despótico que sea, que no intente llamarse a sí mismo democrático en cuanto depositario de la voluntad del pueblo. Es que hay algo en la democracia que la recomienda como la forma de vida más acorde con la naturaleza libre, igualitaria y social del hombre. Por eso todos quieren apropiarse de su nombre.

Hay quienes sostienen que no se puede hablar de democracia sin calificativo. Y no les falta razón. No hay político, ni grupo, ni movimiento, ni dictadura que no se autocalifique de democrática. Quizá la explicación está en que la democracia satisface el instinto que tiene el hombre de ocuparse de la cosa pública, aunque sea malamente. Y éste es un instinto muy generalizado, como solía decir J. K. Chesterton, con su humor inglés[1] :

Este es el primer principio de la democracia: las cosas esenciales en los hombres son las cosas que ellos poseen en común y no las cosas que poseen separadamente. Y el segundo principio es sencillamente éste: el instinto o deseo político es una de estas cosas que los hombres poseen en común.

 

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Desde el siglo pasado se han producido tres olas de expansión democrática en el mundo, con sus respectivos períodos de desarrollo empírico y teórico para los analistas sociales[2] .

La primera, a comienzos del siglo XX, fue la de las democracias de masas en el mundo occidental. Estudiosos del fenómeno fueron Walter Lippman, Woodrow Wilson, Harold Gosnell.

La segunda, después de la Segunda Guerra Mundial (1948) fue la de una democracia estable y exitosa tras un análisis de los factores que socavaron el proceso democrático entre las dos guerras. Investigadores de dicho período fueron Barrinnton Moore, Hannah Arendt, Gabriel Almond, Raymond Aron, Seymour Lipset.

La tercera, más reciente, corresponde a los procesos de democratización vividos en los sistemas políticos de Europa central y Asia, a raíz de los sorpresivos cambios de los regímenes comunistas, incluyendo Filipinas, Taiwán, Corea del Sur y países africanos.

Es acertada la afirmación de que la democracia es, ante todo y primariamente una forma de vida (A). Ella abarca la totalidad de los aspectos de las actividades del hombre en sociedad. Por ser un sistema de vida, es también una forma de gobierno (B), más aún, exige, para su plenitud, la más acabada forma de gobierno democrático. En este orden trataremos el tema.


La democracia como forma de vida

Un ideal a largo plazo

La democracia, solo accesoriamente es una forma de gobierno. En el fondo, es una filosofía, una religión, una manera de vivir, un estilo de relaciones humanas que rotula una enorme variedad de fenómenos. La referencia a la definición clásica de democracia, dada por Lincoln en el cementerio de Gettysburg, exige ser complementada. Aunque resulta verdadero que no hay democracia sin gobierno del pueblo y por el pueblo, queda abierta la cuestión de saber qué se entiende por “pueblo”, cuál su organización para que sea democrática y cómo gobierna el pueblo.

En otras palabras, la idea democrática transciende sus modos de realización. Es una exigencia, que hasta ahora, no ha sido satisfecha plenamente. Las realizaciones así llamadas democráticas que conocemos, son apenas satisfacciones contingentes y provisionales. Con el agravante de que la misma idea democrática ha venido evolucionando con el decurso imparable del tiempo, que afecta tanto a las creencias como a las instituciones.

La democracia ha sido sucesivamente comprendida -y aplicada- como un instrumento de la libertad, como un instrumento de la justicia y como un ingrediente del bienestar. Estas interpretaciones corresponden a momentos diversos de la evolución política y económica de la sociedad, y no se excluyen entre sí. Pudiéramos más bien decir que el proceso democrático es acumulativo y no se realiza por mutaciones ni saltos. Burdeau afirma[3] :

Sería, pues, inexacto decir: la democracia fue primero libertad, después justicia, y después bienestar. Lo verdadero es que si, en un primer tiempo, la democracia fue sin duda una búsqueda de la libertad, los hombres la han entendido a continuación como que es la libertad más la justicia, y, finalmente, como la libertad más la justicia más el bienestar.

La democracia occidental europea tomó siglos para desarrollarse como sistema capaz de funcionar. La simple creación de las condiciones históricas básicas para la democracia es un proceso difícil y a largo plazo. No basta con que un pueblo se dé una Constitución democrática para que dicho pueblo sea democrático. Ni basta con calcar el modelo democrático de otros países ni con recalcar diplomáticamente su copia, para que el modelo funcione, sin más, en determinado país.

En concreto, el aprendizaje y transplante de la democracia en nuestros países latinoamericanos ha sido un proceso largo y difícil. Ninguno de nuestros Estados en Latinoamérica y el Caribe ha nacido democrático. Desde la independencia hemos estado importando modelos democráticos, y ninguno acaba de funcionar satisfactoriamente. Nuestra historia democrática ha sido un largo Via Crucis de avances y retrocesos, un recorrido con caídas y contradicciones, en el que nos vamos moviendo lentamente hacia esa meta ideal.

Enfoques ( approaches ) sobre la democracia

Entendemos “enfoque” (approach) como la manera de acometer un asunto, de abordar un tema. Es la estructura mental determinada (forma mentis) con la que uno intenta analizar la realidad que se va a estudiar.

Es evidente que la democracia es susceptible de ser abordada desde múltiples enfoques. Es como si ella fuese el centro de un círculo, al cual se puede llegar desde cualquier punto, con tantos posibles enfoques cuantos grados tiene la circunferencia. Burdeau expone al respecto[4] :

Metafísicamente, se subrayará que la idea democrática confiere a la persona humana una dignidad que desborda siempre, por algún resquicio, las condiciones de su existencia. Sociológicamente, se verá en ella un llamado a liberar al hombre de las alienaciones que proceden del orden social existente. Psicológicamente, se encontrará en ella la raíz de un sentimiento de frustración al que oponemos el sentimiento de realización, tanto espiritual como temporal, que debe procurar una democracia efectiva. cualesquiera que sean los puntos de vista desde los cuales se enfoque el origen de la exigencia democrática, es claro que ella tiene por fundamento el valor primordial del hombre.

Advertimos que cada enfoque es inevitablemente selectivo; tiene sus propios “aprioris” y remite a ciertas raíces ideológicas y aun filosóficas, que es dable discutir a profundidad. Pero tengamos en cuenta que los varios enfoques no son excluyentes entre sí, sino complementarios.

Obedecen a estructuras mentales dispares los enfoques que se dan desde una cultura griega clásica y los que se dan desde una de las muchas culturas modernas. Respecto de la misma democracia estadounidense, y a distancia de muy pocos años, uno es el enfoque libertario y descentralizador de Jefferson, y otro el enfoque más igualitarista de Jackson[5] . Para Alexis Tocqueville era palpable el contraste entre dos maneras de concebir y de practicar la democracia de su tiempo: una, la de los Estados Unidos, de igualdades, pero en medio de amplias libertades; y otra, la del Antiguo Régimen francés, de igualdad jurídica, pero sin libertades, o con muy pocas.

a) Enfoque de comunidad

Aun reduciendo el campo de la democracia a una teoría sobre las varias formas de Estado (sin entrar a considerarla, además, como una forma social y aun una forma de vida), ya desde antes de Cristo se puede encontrar la aplicación de este enfoque. La idea de democracia se ha asociado siempre a la de un pueblo que conquista y maneja su unidad. Herodoto designa con la palabra “democracia” una forma de organización política, en la que el poder residiría no en determinado sector de ciudadanos, sino en todos los ciudadanos de la comunidad. Para Aristóteles, las formas mejores de organización política son las que tienden hacia un interés común, ya sea que el gobierno esté en manos de uno, en las de más de uno, o en manos de la mayoría; y formas viciosas o bastardas son las que solo sirven a intereses privados y no al provecho de la entera comunidad. Para Aristóteles, viciosa es la forma “democrática” porque busca solamente el interés de los pobres; aunque la más tolerable, puesto que ellos son la parte más numerosa y necesitada de la comunidad.

Pero la referencia democrática a la unidad de un pueblo, a lo que hoy llamamos comunidad, ¿qué sentido tiene? ¿Cuál es la identidad de este sujeto? ¿Quién realiza la comunidad? ¿Un tipo de autoridad? ¿Un tipo de organización común? ¿Un tipo de sistema de valores? ¿Un tipo de comunicaciones?


b) Enfoque de soberanía y autonomía

Hay quienes le han dado más valor a la autarquía, para contraponer la democracia a otras formas de gobierno y de organización social. Con el vocablo “democracia” se designa entonces la conducta que no está regida desde el exterior, sino que se determina en función de los fines que ella se propone soberanamente. La democracia implica, así, en teoría -cualquiera que sea el cuadro en el cual se establece- que el grupo tiene el poder de determinarse por sí mismo y que no obedece sino a sus propias normas. E implica también que el individuo vive las normas del grupo como las suyas propias. Para Montesquieu, el gobierno republicano es aquél en que el pueblo en conjunto, o solamente una parte del pueblo, tiene el poder soberano. Observemos de paso, cómo en su teoría de los gobiernos, Montesquieu considera que hay una doble posibilidad de República: la democrática, cuando el que gobierna es todo el pueblo ("la soberanía reside en el pueblo" se nos va a decir más tarde); y la aristocrática, cuando quien gobierna es una parte selecta del pueblo. El “principio” ( o resorte) sobre el que se debe apoyar un buen funcionamiento de la república democrática es la “virtud cívica” ( hoy diríamos la co-responsabilidad ciudadana en el manejo de la soberanía). Pero dentro de este enfoque, quedan abiertos los problemas de cómo conciliar la autonomía ( o soberanía) con la inter-dependencia cada vez más creciente de los grupos. Y el problema real de la necesaria delegación de las funciones.


c) Enfoque de libertad

Este ha sido uno de los más socorridos para acercarse al estudio de la democracia, sobre todo en el mundo occidental, y a raíz de los principios libertarios de la Revolución Francesa. Ya Robespierre, en su conocido discurso del 5 de febrero de 1799, en el que se detalló lo que debía ofrecer la República, junto a la moral (en lugar del egoísmo), y junto a la igualdad (en lugar de los privilegios de clase), subraya la libertad (en lugar de la esclavitud). La libertad deberá acompañar a todo Estado democrático o republicano. Robespierre pretendió que Francia era, bajo este aspecto, la primera democracia del mundo. Pero no podemos olvidar que por entonces también las ideas de los totalitaristas jacobinos eran consideradas democráticas. Hay que reconocer que este enfoque ha prevalecido en Occidente, y muchas de las exigencias esenciales del constitucionalismo moderno, ligadas a la democracia, provienen de la estructura mental que considera la libertad, y sus garantías constitucionales, como presupuesto de la democracia. Biscaretti di Ruffia formula el Estado de democracia como el Estado regulado por la “técnica de la libertad”, que está garantizada jurídicamente por el Derecho constitucional[6] . Dentro de este enfoque se puede definir Democracia: gobierno de la mayoría, respetando los derechos de la minoría.


d) Enfoque de igualdad

Desde antiguo también, la democracia ha sido abordada correctamente desde la óptica de Igualdad. Aun econociendo que hay desigualdades insalvables, la democracia siempre ha reivindicado, al menos en teoría, una igualización. El advenimiento de la democracia ha traído consigo el negarle fundamento legítimo a la jerarquización piramidal de grupos sociales. La democracia ha sido inicialmente proclamación de la igualdad cívica y jurídica de los ciudadanos. Para Tocqueville y otros, la democracia reposa en dicha igualdad, ya esté acompañada de un régimen de libertades (como en los Estados Unidos) o no lo esté (como en el Antiguo Regimen francés)[7]. Pero sabemos que dicha igualdad política ha estado muy sujeta a limitaciones. Durante mucho tiempo no se les concedió a los esclavos, a los extranjeros, a las mujeres, a los no-correligionarios. El mismo Robespierre en el citado discurso, donde hace profesión de republicanismo y democracia, llega a decir que la protección social solo se debe a ciudadanos libres; pero en la República, solo los republicanos eran ciudadanos[8]. Es decir, en la Revolución Francesa fueron excluídos de la igualdad jurídica los anti-republicanos; como lo Enfoque de igualdad. serán en la Revolución Rusa bolqueviche los enemigos de clase, en la Revolución Cubana los “gusanos”, en la Revolución Sandinista los Robelos y los Chamorros, en la Revolución Chavista los “escuálidos”.

En nuestro tiempo, se intenta ligar la democracia no solo con la igualdad “cívica” y “política”, sino también con la igualdad “social” y la igualdad “natural”, siguiendo la división cuatripartita de Bryce[9]. Y aquí es donde se originaron en el siglo XX las grandes diferencias conceptuales de democracia. En un exceso de simplificación, podría uno decir que la diferente concepción de la democracia en los países occidentales y en los países socialistas del Este, derivó de la diferente posición respecto del grado en que se quiere exigir políticamente la igualdad “social” y “natural” de los hombres, así como de los medios que el régimen piensa utilizar para ello. Sigue pendiente la cuestión de en qué magnitud puede una democracia moderna pensar en reducir las desigualdades existentes, a qué ritmo y con qué medios. Dentro de este enfoque se puede definir Democracia: forma de gobierno que garantiza la igualdad "cívica" y "política" e intenta también la igualdad "social".


e) Enfoque de diálogo

Este enfoque puede ser fecundo en consecuencias prácticas, culturales y educativas. Está muy emparentado con varios de los atrás señalados. Y tiene el interés adicional de entroncarse con claros principios humanistas, cristianos y de sana estrategia política. Para Burdeau, el principio o resorte de la democracia es el diálogo. Y para Vedel, la idea de diálogo expresa la filosofía profunda de la democracia. Esta filosofía democrática -dice- rechaza la creencia de que existe una armonía espontánea y automática entre los diversos interlocutores del mundo político. Pero esta filosofía tampoco cree que las oposiciones sean de tal naturaleza que impidan encontrar una conciliación[10].

Para Vedel, la vida democrática se articula con cinco diálogos esenciales:

Primero, un diálogo entre el poder constituyente y el poder constituido .A través de este intercambio, la estructura política se hace flexible y evoluciona sin perder estabilidad.
Segundo, un diálogo entre gobernantes y gobernados. Es la fórmula más adecuada para acercarse a cierta identificación de los que mandan y los que obedecen, sin atentar a la división de trabajo necesaria en una comunidad.
Tercero, un diálogo entre el Congreso y el Ejecutivo. Se le da así una respuesta a la doble exigencia de reflexión y eficacia de los poderes del Estado. No se traba -con discusiones interminables de una asamblea numerosa- la necesaria eficacia de los órganos del Ejecutivo, que son por sí mismos, instrumentos de decisión; pero son conducidos por un proceso de consulta amplia y sometidos a fiscalización.
Cuarto, un diálogo entre la mayoría y la minoría. Diálogo fundamental y que, a juicio de muchos, tiene el secreto de la verdadera democracia.
Quinto, un diálogo entre el Estado y los grupos y cuerpos intermedios. Con él se puede superar la situación de pugna y de habitual conflicto entre el interés general y los intereses particulares. Es claro que estos diálogos democráticos se entablan con sujeción a normativas muy diferentes. De ahí los diferentes regímenes democráticos, según la diferente organización del diálogo.

f) Enfoque de conflicto

Esta propuesta de democracia resulta interesante, tal como la ha expuesto el profesor Seurin, de la Universidad de Bordeaux[11] . Todo sistema totalitario pretende ignorar el conflicto y muy generalmente les impone un denominador común a todas las actividades sociales. Pero al revés de dichos sistemas, podemos decir que la democracia se caracteriza por un intento de enfrentar y manejar la heterogeneidad de los valores, de los comportamientos y de los deseos, de modo que los conflictos se conviertan en motor de crecimiento. Como quiera que hoy -cualquiera que sea el grado de evolución moral o política de la sociedad- la unanimidad es imposible, no queda otra solución realista que la búsqueda del compromiso y el arreglo de los conflictos. Son idealistas los que suponen siempre el problema resuelto. Idealistas ingenuos son los liberales, como Rousseau, que imaginan para el presente, una unanimidad social. Y son idealistas los marxistas que imaginan, para el futuro, dicha unanimidad en una democracia comunista.

Los teóricos realistas y pragmáticos (como Locke y John Stuart Mill), parten de la idea de que de hecho nunca se puede esperar algo mejor que un compromiso entre intereses contrarios. Este es el sentido [democrático] de una solución negociada y debatida conflictualmente, es decir, finalmente aceptable por todos. Y éste, asimismo, es el sentido de una interpretación relativista de la política, naturalmente vedada a los idealistas de extrema derecha y a los idealistas de extrema izquierda, que razonan siempre como si el problema estuviera resuelto, como si hubiera o pudiera haber un 'final de la política', aunque sea el final de la historia![12] .

f) Enfoque de apertura o de transparencia comunicacional

Glasnost fue llamada por Gorbachov en la Unión Soviética de los años 80. Permite valorar hoy mejor lo que para una democracia significa el que la mayoría de la población tenga acceso fácil y no distorsionado a la información de los hechos y al conocimiento del manejo de la cosa pública. Cuando por ejemplo, la política es el asunto de unos pocos que hacen de ella su oficio, su menester (mester en la Edad Media, o métier, como decían entonces los artesanos franceses, y mystére los pitagóricos en la Grecia antigua), se abre una distancia entre este grupo de “iniciados en el misterio”y los demás. Y esta distancia reduce la eficacia de los mecanismos democráticos de elección y de consulta.

A través del monopolio de las informaciones, de la ritualización de las comunicaciones, de la multiplicación de las instancias intermedias un grupo de poder (cualquiera que sea) , se sustrae fácilmente al control público. Parece ser cierta exigencia actual de la democracia el que haya una apertura continuada que permita que todas las conductas y todos los conocimientos sean del dominio público, es decir, se promuevan, en cierta forma, al status de cosas públicas (cualquiera que sea el número de quienes penetran este dominio público). Pero ¿no caemos aquí, de nuevo, en una ficción poco realista y en una utopía, al pretender que pueda darse una sociedad transparente por sí misma, es decir, fundada sobre la comunicación de todos con todos? Dentro de este enfoque se puede definir Democracia: forma de gobierno transparente públicamente.

h) Enfoque de participación

Es privilegiado por autores social-cristianos[13] . Con razón se piensa que las condiciones de una vida democrática no se cumplen si los individuos no hacen uso de sus derechos, es decir, si no hay participación efectiva en las decisiones y en las tareas; si los ciudadanos no influyen de hecho en la elección de sus gobernantes y en el manejo cotidiano de la cosa pública. Da en el clavo el demócrata exigente cuando liga siempre la falta de participación a una organización viciosa o bastarda, ya se trate de una empresa de producción o de un sindicato o de un partido político. Donde se da fracaso de participación, se da también desigualdad de responsabilidades y de ventajas que reportan los varios puestos de trabajo o el diferente conocimiento de los datos.

En buena lógica, Raymond Aron propone un acertado criterio para distinguir los regímenes políticos contrapuestos, cuando liga el sistema de partidos vigente en un país con la participación política real de la sociedad civil[14] . Se dan los regímenes de partido único en los que el monopolio de la actividad política legítima se le otorga a un solo partido. Allí el Estado se casa indisolublemente con el partido, se convierte en un Etat-partisan con limitaciones de la participación con respecto al debate público, al juego de otras ideologías, al actuar libre de cuerpos intermedios.

Se dan, en contraposición, los regímenes de pluripartidismo o poliarquías como los llama Dahl (los realmente democráticos) en los que existe una organización constitucional de la concurrencia pacífica, para el ejercicio del poder. Es decir, hay una “concurrencia”, se admite legalmente la oposición al poder establecido. Pero esa concurrencia es “pacífica”: excluye el uso de la violencia. Una Constitución garantiza el ejercicio de dicha concurrencia pacífica. El “resorte” ( 'principio' en la terminología de Montesquieu) que permite, un buen funcionamiento de este tipo de democracias es 'el compromiso '. Un régimen pluri-partidista funciona bien cuando hace un buen uso del compromiso, dice Aron. El amplio y enriquecedor juego de la participación requiere el uso correcto y maduro del compromiso.

Una obra clásica[15] reformuló el ideal de democracia basado en la discusión activa y la toma de decisiones por parte de los ciudadanos. Afirmaba que la igualdad social es una condición de la participación democrática, y que la participación democrática ayuda a desarrollar y preservar la igualdad social. Esto implica que los lugares de participación democrática tienen que incluir aquellas instituciones sociales que, aparte de las estatales, acogen directamente las acciones de la gente, y en particular los lugares de trabajo.

Bien recoge Young[16] lo mejor de los enfoques participativos de la teoría democrática cuando dice que “la democracia es un conjunto hueco de instituciones si se limita a permitir que los ciudadanos voten a sus representantes en las instituciones políticas y a proteger a los ciudadanos de los abusos gubernamentales. Una democracia plena significa, en principio, que las personas puedan actuar como ciudadanos en todas las grandes instituciones que requieren su energía y su obediencia”. Para Barber[17], un modelo ded democracia fuerte y participativa es aquel en el que los ciudadanos asumen conjuntamente un compromiso público para obtener un bien común, pero donde persiste la pluralidad de intereses y cometidos.

Dentro de este enfoque se puede definir Democracia: forma de gobierno que garantizando la libertad, permite la concurrencia política y favorece una amplia participación política de los ciudadanos.

 

[1] J.K. Chesterton (1923): Orthodoxie, trad. Francesa, Paris Grolleau, p. 5.

[2] Ussell J. Dalton (2001): “Política comparada”, Nuevo manual de Ciencia Política, Tomo I, p. 485.

[3] Georges Burdeau (1970): Traité de Science Politique, Paris, Pichon-Durand, Tome V, p. 574.

[4] G. Burdeau, op. cit., p. 572.

[5] Utilizamos varios artículos de la publicación francesa (1981): La démocratie pluraliste, Paris Economica.

[6] Biscaretti di Ruffia (1965): Derecho Constitucional, Madrid, parte Ia. cap. 4.

[7] Alexis de Tocqueville (1963): La Democracia en América, México, Fondo de Cultura Económica.

[8] Robespierre (1958): Textes choisis, Paris, tome III, p. 119.

[9] J. Bryce (1923-1926): Moderne Demokratien, Munchen, T. I, pp. 63ss.

[10] Georges Vedel (1961): “Topologie et recherche politique”, Bulletin Sedies, n° 791, Suplément “Futuribles”, juillet, Paris.

[11] Jean-Louis Seurin (1981): “Pour une analyse conflictuelle du rapport majorité-opposition en démocratie pluraliste”, La démocratie pluraliste, Paris Economica, pp. 101-137.

[12] Una interprtación diferente a la de Seurin puede verse en Pierre Birbaum (1975): La fin du politique, Paris Seuil.

[13] Enrique Pérez Olivares (1980): La democracia participativa, Caracas CIDAL, documento 63.

[14] Raymond Aron (1958): Sociologie des societés industrielles. Esquisse d’une théorie des régimes politiques, Paaris La Sorbonne (mimeo).

[15] Carole Pateson (1970) Participation and Democracy Theory, Cambridge Cambrisge University Press.

[16] Iris Marion Young (2001): “Teoría política”, Nuevo manual de Ciencia Política, Tomo II, p. 702.

[17] Benjamín Barber (1984): Strong Democracy, Berkeley University of California Press.