La
dictadura es, en esencia, el
gobierno creativo de un individuo o de unos
pocos, que ejecuta lo necesario sin legitimidad.
En su forma moderna (fue notable en la antigüedad
la dictadura romana constitucional), se
trata ordinariamente en Latinoamérica
de dictaduras militares, que se
adueñan del poder para la conservación
(y evolución reformadora) de un ordenamiento
social existente y para el rechazo de movimientos
revolucionarios que atentan contra él.
Son dictaduras funcionales, no-totalitarias.
Sus actividades están ligadas al
cumplimiento de determinadas funciones que
sean antídoto contra la ineficacia
de la democracia parlamentaria y antídoto
contra aquellas fuerzas que, en caso de
dejarlas sin freno, podrían erosionar
y destruir el ordenamiento jurídico.
En general, estas dictaduras se caracterizan
por tres cosas:
a) En ellas el ejército desempeña
un papel independiente del partido o los
partidos, pero papel decisivo para la totalidad
del Estado, y que está en el centro
de la burocracia.
b) Suelen tener carácter temporal
o transitorio, sin ánimo de perpetuarse
(como son todos los gobiernos totalitarios),
y
c) La transformación que intentan
de la sociedad no la apoyan en una estricta
base utópica-ideológica (como
sí lo hacen los totalitarismos).
Tipología de los dictadores
Tipos
de dictadores
Recogiendo
unas agradables página del escritor
español José María
Gironella, tituladas El drama de los
dictadores, podemos recordar la clásica
división entre asténicos y
pícnicos, que puede aplicarse a los
hombres con vocación de mando autoritario,
como lo hace el doctor Enrique Salgado en
su Radiografía del dictador.
Los asténicos serían fríos,
irritables, introvertidos y a salvo de oscilaciones
provenientes del exterior. Autosuficientes
y con una enfermedad latente o posible:
la esquizofrenia. En esta línea encontraríamos
a Richelieu, a Calvino, a Robespierre, a
Salazar, a Chiang Kai-chek y Jomeini. Representante
arquetípico lo sería Robespierre:
descolorido, enfermizo, de naríz
larga y aguileña, “asesino
lleno de virtudes”, impenetrable y
de crasa brutalidad. Los pícnicos
se mostrarían, por el contrario,
extrovertidos, propensos al humor y a la
acción, histriónicos, audaces,
de optimista sensualidad, lábiles
y ambivalentes, con frases melancólicas
y tendencias maniaco-depresivas. En ese
cuadro podríamos citar a Nerón,
a Mirabeau, a Mussolini, a Kruschev, a Tito,
a Mao Tse-dung, a Pérez Jiménez,
a Saddam Hussein. Su arquetipo, además
de Napoleón, podría ser Kruschev;
bajo y rechoncho, obeso de cuello corto,
propenso a la obesidad, agresivo, repartiendo
apretones de manos, llamado “el Carnicero
de Ucrania” e interesándose
por la comida de cerdos. Adler habla de
los muchos dictadores bajitos: César,
Napoleón, Hitler, Mussolini, Franco.
A los que cabe oponer los de talla impresionante:
Nasser, Fidel Castro, Idi Amín Dadá,
Gadafi. También abundan, por supuesto,
los dictadores de talla mediana. Y siempre
emergen datos anómalos: el miope
Robespierre se empeñó en su
niñez en domesticar pájaros,
“ejercicio sublime para aprender a
domesticar luego a las persona”>.
Según otras versiones, a lo que se
dedicaba era a decapitarlos con una pequeña
guillotina.
Tipos de dictadura
Con
respecto a la finalidad, se pueden clasificar[1]
en
a)
dictaduras revolucionarias y b) dictaduras
de orden, reaccionarias, paternalistas o
conservadoras. Estas se distinguen de las
revolucionarias porque tienen como objetivo
preservar un status quo ante (la
situación tal como estaba antes del
golpe).
Con
respecto a la intensidad con que actúa
el régimen autoritario, se pueden
clasificar las dictaduras, siguiendo a Neumann[2]
en :
a) Dictadura simple, que se corresponde
con la generalmente llamada autoritaria:
el poder dictatorial se ejerce intensificando
los instrumentos normales de coerción
de todo gobierno (ejército, policía,
burocracia, jueces).
b)Dictadura cesarista: el poder acentuadamente
personalista, se basa también en
un apoyo de las masas (César, Napoleón,
Franco).
c) Dictadura totalitaria: a más del
monopolio de los instrumentos coercitivos
ordinarios y de la fascinación de
las masas en que se apoya, se añade
el control de la educación, de todos
los medios de comunicación (prensa,
radio, TV) y el uso de técnicas coercitivas
apropiadas para establecer un control “total”
policial e ideológico.
El totalitarismo
El
totalitarismo acentúa y
perpetúa las característica
de las dictaduras funcionales. Es un
tipo de Estado que somete la comunidad y
sus elementos constitutivos a sus intereses
particulares y se coloca por encima del
cuerpo social.
La
dictadura totalitaria trata de perpetuarse
por todos los medios, y la transformación
que intenta de la sociedad la apoya en una
base utópica-ideológica. Así
fueron los totalitarismos pasados: el nacionalsocialismo
alemán de Hitler y el fascismo italiano
de Mussolini. Y así fueron los totalitarismos
marxistas de las llamadas dictaduras
del proletariado, en las que la dictadura
se impone sobre el proletariado,
y aun sobre una parte muy importante de
los miembros del mismo partido único,
que todo lo controla.
Este nuevo totalitarismo se convierte en
el poder absoluto del Estado y del partido,
que se ocupan, por tiempo indeterminado,
en la transformación radical de toda
la sociedad y que se encarnan en el supremo
grupo del partido comunista. Ya en 1918
Lenin reconocía que sería
la mayor estupidez y el más absurdo
utopismo suponer que el tránsito
del capitalismo al socialismo sería
posible sin violencia y sin dictadura. Y
más recientemente, Mao Sedung en
China, no solo aceptó la doctrina
de Lenin, sino que la rebusteció.
Para él, “democracia para el
pueblo y dictadura sobre los reaccionarios”,
representaba la dictadura democrática
del pueblo, que debería ser mantenida
a lo largo de más de diez generaciones.
Friedrich[3]
señala seis elementos presentes en
todo totalitarismo, a saber:
1º Una ideología oficial, es
decir, un cuerpo oficial de doctrina que
cubre todos los aspectos de la vida humana.
2º Un sistema de partido único
y de masas, dirigido por un dictador.
3º Un sistema de control policiaco.
4º La concentración en manos
del Estado de todos los medios de información
y propaganda.
5º La concentración en manos
del gobierno de todos los medios y recursos
militares.
6º El control central y la dirección
de toda la economía.
Del totalitarismo a la democracia
Según
Dahl, autorizado politólogo, los
regímenes se podrían caracterizar
desde un punto de vista democrático,
por dos dimensiones importantes[4]:
1)
Por la amplitud con que facilitan la oposición,
el debate público o la lucha política;
2) Por el derecho a participar
los ciudadanos en el manejo de la cosa pública.
Si
nos fijamos en la figura de las dos coordenadas:
debate público y participación,
podemos llamar hegemonía cerrada
o autocracia al gobierno más
próximo al ángulo inferior
izquierdo. Si un régimen se encamina
hacia arriba a lo largo de la trayectoria
I, tiende a abrirse más al debate
público, lo que supone la liberación
del régimen (oligarquías abiertas).
Si un régimen evoluciona en el sentido
de conceder mayor participación,
según la trayectoria II, puede decirse
que camina hacia una mayor popularización,
o que se hace más representativo
(hegemonías representativas). En
este esquema, la democracia se
situaría en el ángulo superior
derecho. No hay en la realidad ningún
régimen, de dimensión considerable,
totalmente democratizado. Pero podemos llamar
poliarquías democráticas
a los regímenes que siguiendo la
trayectoria III, se acercan más al
ideal de la democratización en cuanto
sistemas sustancialmente liberalizados y
popularizados, es decir, muy representativos,
a la vez que abiertos al debate público.

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