¡Qué
distinto era el Mandela que había
ingresado en la cárcel en 1962,
a sus 43 años, brillante abogado,
atractivo orador, dinámico comandante
de una lucha sin cuartel contra la segregación
racial impuesta por los blancos, y el
Mandela que salió de la estrecha
prisión de Robben Island, frente
a la Ciudad del Cabo, el domingo 11 de
febrero de 1990 ! Tras 10.000 días
de penoso encierro en un régimen
penitenciario brutal, incomunicado, en
trabajos forzados, con escasa protección
frente a las inclemencias del Atlántico
sur, Mandela salía con sus 71 años,
con el pelo blanco, gastado y menoscabado
por enfermedades y afrentas. Su lema había
sido el verso bíblico: "Me
doblarán, pero no me vencerán".
Salió
de la cárcel doblado, pero no vencido.
Su corazón seguía joven
y firme como antes. Seguía con
una confianza absoluta en sí mismo
y en su pueblo. Rebosaba seguridad en
sus planes de liberación largamente
meditados. Seguía albergando un
intenso sentido del destino que le aguardaba
y veía más próximo.
Su papel heróico lo tenía
a las manos, pero con menos pomposidad
y sin estridencias. Había entrado
a la cárcel con todas las dotes
de un agitador y guerrero revolucionario,
pero no de filósofo. Ahora retornaba
a la lucha convertido en un filósofo,
en un sabio conductor, listo para desempeñar
la delicada misión de líder
de 20 millones de negros surafricanos.
Acertadamente afirma El País de
Madrid que "los 27 años
que el líder guerrillero pasó
como prisionero político le dieron
la imponente autoridad moral que necesitaba
para hablar en nombre de los negros surafricanos
y conducirlos a hacer la paz con sus antiguos
opresores". "Yo allí
maduré ", reconoce Mandela.
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| •
Maksim Gorki, el gran escritor proletario
ruso de Kasan, tuvo una experiencia semejante.
En su escrito "Las universidades
de mi vida" recuerda cómo
al ser liberado de la prisión zarista
en 1906, tuvo la percepción de que
"la cárcel había sido
su gran universidad ". Así lo
experimentó también aquella
generación del 48, que dió
inicio a la democracia venezolana del siglo
pasado. Y así lo aprecian quienes
de la cárcel de los llanos del Yari
salieron para dar un fuerte impulso de cambio
al país. Pero Mandela los aventaja
a todos. Salió con postgrado en 1990
de la dura universidad de Robben Island,
con pocas pero profundas lecciones que no
olvidó en sus siguientes 8 años.
Maharaj llegó a la misma cárcel
de Robben Island en 1965 y permaneció
cerca de Mandela durante 12 años.
Ha dicho que "la cárcel
hizo a Mandela más comedido. La prisión
le da a uno la posibilidad de relajarse
y decir: 'Muy bien, no hay ningún
momento culminante, ningún plazo'.
Y le permite a uno darse el lujo de analizar
punto por punto, la forma de obtener las
cosas". Dos objetivos se propuso
Mandela en Robben Island. 1) Tratar de humanizar
la cárcel, cambiando la relación
con las autoridades de la prisión,
pues consideraba que ella era un microcosmos
que reflejaba la Suráfrica del "apartheid".
Y 2) prepararse para la etapa cuando el
Gobierno blanco se viera obligado a negociar
con la oposición negra.
El
líder en acción
•
La misión de un líder o conductor
es "llevar a su pueblo de donde
está a donde debe estar".
Mandela tiene conciencia de su misión
al salir de la cárcel y la expresa
con realismo y sencillez: "Estoy
ante ustedes pero no como un profeta, sino
como un humilde servidor de ustedes, el
pueblo. Soy un hombre ordinario. Las circunstancias
me convirtieron en líder".
Y concibe su liderazgo con recuerdos de
su niñez pastoril: "Cuando
tú quieres llevar un rebaño
hacia cierta dirección, te pones
atrás con un bastón. Luégo
unos pocos de los más enérgicos
del rebaño se mueven hacia adelante
y el resto del rebaño los sigue.
Tú realmente estás guiando
todo el rebaño desde atrás".
Para ser líder o conductor de un
pueblo, de ordinario se requieren tres excelentes
condiciones, según precisamos atrás.
Una gran VISION, una gran VOLUNTAD, una
gran capacidad de CONCERTACION. Al salir
de Robben Island, a Mandela lo devoraba
una gran visión: la de liberar a
su pueblo del régimen opresivo y
discriminatorio ("apartheid"),
que habían levantado los blancos.
Lo animaba también una gran pasión,
un contagioso coraje, una voluntad troquelada
en 27 largos años de autodisciplina,
paciencia y espera. Una fe y una energía
capaz de movilizar votos como montes y empujar
hacia el mar las deleznables arenas blancas
que todavía se opusieran. Y además
añadía ahora el equilibrio
del sabio experimentado, del negociador,
del político maduro, del estadista
futuro. Del que sabe bien que la política
es el arte no de lo mejor en teoría,
sino de lo posible en la práctica,
de lo viable según la coyuntura y
las circustancias. Recién liberado,
en su despacho de Soweto, Mandela concede
una entrevista al periodista Eddie Koch,
de la Agencia Internacional IPS, en la que
sin tapujos expresa ya su espíritu
conciliador y su táctica negociadora:
"Cuando uno dice 'este tema particular
no es negociable' está destruyendo
todo el proceso de negociación. Negociación
significa que uno debe estar preparado para
un arreglo que satisfaga a todas las partes
involucradas. Si uno no está preparado
para un compromiso, entonces no debería
entrar y ni siquiera pensar en un proceso
de negociación".
•
El proceso de negociación con el
poder blanco de Pretoria fue difícil,
enredado: exigió mucha paciencia,
entereza y habilidad. Mandela no lideró
una venganza contra los opresores. No expresó
amargura de corazón. Tenía
que buscar la unidad y el consenso entre
dos razas peleadas a muerte. Mantuvo una
línea de equilibrio entre el justo
reclamo de los derechos debidos a los negros
y el reconocimiento que habría de
los mismos derechos de la minoría
blanca en un eventual Estado de inmensa
mayoría negra. Tuvo en dicho proceso
un invaluable socio, el nuevo Presidente
Frederik De Klerk, quien con los votos del
Partido Nacional acababa de suceder en el
cargo al duro e intrasigente racista Botha.
"De Klerk es un hombre íntegro
", afirmó públicamente
Mandela en momento oportuno. Político
pragmático y con visión de
futuro y principios éticos, el mandatario
blanco veía que había que
desactivar esa bomba de hidrógeno
que amenazaba con destruir a Sudáfrica
en una guerra racista, con graves repercusiones
aun internacionales; y fue conduciendo a
la minoría blanca a aceptar la realidad
de que el país no era viable sin
igualdad de razas. Ambos, con espíritu
conciliador y pulso firme, llevaron el proceso
hasta el final, en forma tal que fueron
acreedores, méritos pares, al Premio
Nobel de la Paz en octubre de 1993. Cada
uno, por su lado, tuvo que contener los
odios, las acciones terroristas, la táctica
violenta que los dos extremos intentaron
aplicar. La extrema derecha armada de los
"afrikaaners" y los "boers"
(Conservative Party) y la extrema izquierda
del partido tribal, enardecido (Inkhata
Freedom Party) de los zulúes al mando
de Buthelezi. Pero entre ambos sacaron la
nave de la conciliación adelante
pasando entre los dos escollos. "Hemos
experimentado muchos milagros en el pasado.
Lo que pasó, pasó. Vamos a
olvidar el pasado y nos concentraremos en
lo que podemos construir hoy y mañana
".
05
julio 1999 |