El otoño de un patriarca
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En "El otoño del patriarca", García Márquez, premio Nóbel, quiso plasmar una síntesis de todos los dictadores latinoamericanos, en especial del Caribe, con su típica mezcla de español y de inglés. Con los rasgos de varios personajes, traza allí un arquetipo de dictador y de corrupto político, que es uno de los más representativos personajes mitológicos producidos por América Latina. La obra del premio Nobel colombiano es un poema sobre la terrible soledad del poder. El patriarca es un viejo solitario, furioso y lascivo, despiadado y cruel, cada día más degradado física y mentalmente. Es violento, astuto, tramposo y cínico. Su imposibilidad de amar la ha sustituido por su enfermiza concupiscencia de poder. Todo en él es exagerado, desde su testículo del tamaño de un riñón de buey hasta la contemplación del cometa Halley con que enamora a la petulante reina de un barrio pobre. Es un gobernante sin piedad, que llega hasta servir a sus comensales, en bandeja de plata y descuartizado, a su más leal amigo, el general Rodrigo de Aguilar. El patriarca en su otoño, es un personaje despreciable, quizás una lección viva de lo que América Latina jamás debería volver a producir. "Habíamos visto una vaca contemplando el crepúsculo desde el balcón presidencial, imagínese, una vaca en el balcón de la patria, qué cosa más inicua, qué pais de mierda".

 

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El otoño de Mandela es todo lo contrario. Fue por años el carismático patriarca y conductor de un gigantesco pueblo de color, que lo respeta, admira y ama. Fue su paterfamilias; los miembros de su gabinete lo llamaban "Tata" que significa "papá". Pero fue un padre exigente y no contemporizador ni malcriador. Su sencillez, su humildad, su bondad, su corazón grande, su desprendimiento, su espíritu de reconciliación lo acompañaron cuando estaba en la cima del poder. El poder no logró corromperlo en la presidencia, como no lograron corromperlo en los 27 años de cárcel la intimidación y el dinero. Y supo retirarse a tiempo, dejar el poder cuando perfectamente pudiera haber buscado una reelección o aceptar convertirse en presidente (o dictador) vitalicio (los ejemplos recientes sobran ). En esto, Mandela sigue las huellas de Julius Nyerere, el gran fundador y presidente de la nueva República de Tanzanía.

 

Un líder en palacio de invierno

Después de haber sido factor decisivo, junto con De Klerk, en el duro proceso de desmantelar por fin el régimen de opresión blanca ("apartheid"), Mandela llega a ser el primer Presidente negro de Suráfrica, con el voto democrático, en abril de 1994, de las mayorías negras así como de las minorías indias, malayas, chinas, mulatas y mestizas. Los cinco años de su Presidencia los utilizó para afianzar los grandes logros obtenidos, tranquilizar a los blancos acerca del efectivo respeto de todos su derechos, y aclimatar la convivencia pacífica de las dos razas. Su gobierno (a diferencia de tantos otros) lo utilizó para la reconciliación y la pacificación y no para el enfrentamiento o el cobro de cuentas. En su cinco años como Presidente, Mandela hizo en paz una genuina transferencia de poder, implantó progresivamente el respeto por la ley, sin que se hubiera producido el baño de sangre que casi todos vaticinaban. Supo, a la vez, impulsar la tolerancia y resistir a la fácil tentación de una demagogia populista. Al dejar su mandato constitucional y pasarlo a manos del nuevo Presidente elegido democráticamente, Mandela proyectó su procera estatura moral más allá de sus fronteras. Fue mundial la aceptación de dicho gesto en los más diferentes escenarios del primero, segundo y tercer mundo. Dejó la jefatura del Estado a sus 80 años, abrumado por casi todos los honores a los que puede aspirar un ser humano, incluido el de dar su nombre a una partícula nuclear. Y se retiró en forma modesta y sencilla, sin enriquecimientos indebidos ni extravagante añoranza del poder.

Como lo dijo en su breve discurso de despedida, fue su principal motivación : "el deseo de conseguir una nación en paz consigo misma ". Su objetivo final: "construir una Sudáfrica que nos pertenezca a todos ". Su metodología: "la búsqueda de la reconciliación". Que esto no eran simples palabras sino convicción profunda, alimentada desde atrás, que animó su lucha política de 1990 a 1994 y guió como leitmotiv su gobierno, lo ilustra lo que fue su posición firme respecto de cuál debía ser el himno oficial de Sudáfrica. John Carlin cuenta cómo el viejo himno oficial (Die Stem) era claramente inaceptable. Era una lúgubre melodía militar que celebraba el triunfo de los exploradores afrikaner, ocupantes del norte de Suráfrica en el siglo XIX, que aplastaron toda resistencia indígena. En cambio, el himno extraoficial de la Sudáfrica negra "Dios bendiga a Africa" (Nkosi Sikelele) era la expresión cálida y conmovedora de un pueblo largamente maltratado y que soñaba con ser libre. El Comité Ejecutivo del movimiento CNA (Congreso Nacional Africano) había decidido acabar con "Die Stem" de un plumazo. Fue Mandela quien inclinó la balanza, con la objeción de que "tomar dicha decisión era destruir la base, la única base, sobre la que podemos construir el país: la reconciliación". Y a pesar de la aplastante victoria electoral del CNA, que hubiera permitido arrasar con lo que se quisiera, Mandela favoreció el que Sudáfrica tuviera dos himnos, y como Presidente hizo que siempre se tocaran, una tras otro, en las ceremonias oficiales: "Die Stem" y el "Nkosi Sikelele".

El 16 de junio del 99, tras 5 años como primer Presidente negro de Suráfrica, Mandela entregó el poder constitucional a su sucesor, Thabo Mbeki, después de unas elecciones en las que el Partido de ambos, el CNA (Congreso Nacional Africano) obtuvo una abrumadora mayoría del 66% (266 escaños de los 400 del Parlamento).

En reciente entrevista Nelson Mandela ha expresado que se siente bien "estar fuera de la prisión por segunda vez ". Y con su nueva libertad, "tiene dos planes: primero, estar con mis nietos, que me faltaron demasiado, estuve muy poco en casa y pasé con ellos poco tiempo; y segundo, cuestión de sentarse y grabar mis memorias de los años en la presidencia", en la apacible y bucólica región de donde salió, Transkei. Allí reside.

Las energías que irradia Mandela

Mandela reúne en su personalidad, en su discurso, en su trayectoria política los elementos todos que constituyen a un verdadero líder en su época y en sus especiales circunstancias de lugar. Su gran visión y su gran coraje –afinados y templados en el largo encierro penitenciario de Robben Island – fueron puestos al servicio de una gran causa de liberación social, cultural y política de su pueblo. Influyó definitivamente con inteligencia, decisión y habilidad política sobre los destinos de Sudáfrica. Empujó con suficiente presión –como para derrumbarlas– las estructuras injustas del apartheid impuestas por los blancos. Pero no tumbó la fábrica de la sociedad civil y nacional de su patria. Una violencia incontrolada hubiera hecho colapsar la estructura misma de Sudáfrica. Impuso los términos finales no de una lucha armada a muerte sino de una reconciliación en conviviencia ciudadana de la dos razas, y dentro de una democracia política viable.

Para Hegel, en su obra cumbre, La Filosofía del Derecho, "el hombre grande es aquel que sabe expresar en palabras la voluntad de su época, decirle cuáles son sus deseos, y conseguirlos. Lo que él hace es corazón y esencia de su época, dándole así realidad".

Por esa grandeza interior, bien expresada en palabras y obras, que es hoy corazón de su pueblo y esencia encarnada de su época, Nelson Rolihlahla Mandela reverbera como un 'mantra' para nuestro tiempo.

12 julio 1999