Mil
y una guerras se han librado entre innumerables
pueblos por el control de estas montañas.
Debido al petróleo y a su posición
estratégica como entrecruce de
imperios, Moscú le da gran importancia
y mantiene un ojo vigilante sobre esta
su frontera sur.
El
estratégico Cáucaso
Entre
las varias Repúblicas del Cáucaso
Norte, que son parte todavía de
la Federación Rusa, hay dos que
son un mosaico de pueblos, pero claves
para Rusia. Una es Daghestán (que
literalmente significa ‘país
de montañas’), bordeada por
las montañas al occidente y por
el mar Caspio al oriente, con 50.000 kms2
y 2.1 millones de habitantes, divididos
en más de 40 grupos étnicos
(solamente un 10% rusos). El país
es pobre, con más de un 30% de
desempleo y alta delincuencia mafiosa;
depende en un 90% de la ayuda económica
rusa. Su estrechez ha hecho que ponga
sus esperanzas en dos mesianismos contradictorios:
en el regreso al comunismo anterior (de
ahí su 50% de votos en 1999 por
el líder comunista Guennadi Ziouganov)
y en el radicalismo islámico que
ha venido calando en el pueblo con su
promesa de un futuro Estado islámico,
en el que rija la “charia”
(la ley del Corán) y con ella,
al amparo de Alá, se implante la
justicia social y la estabilidad. Es significativo
que la más grande mesquita de toda
Rusia esté construída en
Makhachkala, la capital de Daguestán.
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| La
otra República es Chechenia. Son
650.000 habitantes, repartidos en 130 clanes,
con tantos dialectos que el ruso es la lengua
franca entre ellos. Depende económicamente
en un 100% de Rusia. Por más de un
siglo resistió el expansionismo colonial
moscovita y fue el último bastión
en rendirse a los Rusos en 1859. En el anterior
conflicto entre 1994–1996, Chechenia
perdió 80.000 hombres y sufrió
a manos de los rusos la destrucción
sistemática de sus principales infraestructuras.
Quedó convertida en una entidad caótica
ingobernable hasta los acontecimientos que
culminaron en el actual conflicto. En mayo
1999, Rusia se sintió marginada de
la reapertura que se había hecho
(con ayuda occidental) del oleoducto que
une Bakú (Azerbadján) con
Soupsa (Georgia), en los bordes del mar
Negro. Y se inquietó todavía
más cuando, en noviembre 1999, Turquía,
Azerbadján y Georgia acordaron construir
otro oleoducto que unirá Bakú
con el puerto turco de Cexhan en el Mediterráneo.
En agosto 1999, el raid que hizó
sobre Daguestán el jefe islamita
chechenio Bassaev, confirmó a los
rusos los riesgos de contagio que para todo
el Cáucaso implicaba el ejemplo de
una eventual independencia de Chechenia.
Pero la copa de la paciencia rusa se desbordó,
cuando explosiones terroristas de origen
chechenio, en el otoño del año
pasado, destruyeron varios edificios residenciales
en Moscú con un saldo de 300 muertos.
Fue la coyuntura que esperaba Rusia para
mostrar músculo en la región
y que sirvió para lanzar a primer
plano al nuevo “hombre fuerte”,
Vladimir Putin.
La
federación rusa
Disuelta
lo que fue la gigantesca y poderosa URSS
(Unión de Repúblicas Socialistas
Soviéticas), la Constitución
de 1993 había afirmado la igualdad
“de iure” de los 89 sujetos
de la nueva Federación que se acordó.
Pero en febrero de 1997, el presidente Yeltsin
-en una de esas inexperadas y temperamentales
movidas que lo caracterizaron–, en
una distribución de competencias
que hizo entre la administración
federal y la de Tatarstán, dió
un timonazo en las relaciones que sostenía
hasta entonces Rusia con la periferia. De
una Federación constitucional se
pasó a una Federación contractual.
La administración central acordaría
bilateralmente con cada una de las regiones
y Repúblicas lo conveniente para
ambas partes, según las especifidades
de cada territorio. Esta política
es más pragmática, y busca
impedir que siga adelante el proceso de
partir en pedazos la Federación,
manteniendo el Kremlin un mayor control
sobre la periferia y asegurando la salvaguardia
de sus principales intereses. Por supuesto,
la oposición comunista y nacionalista
la rechazan.
Las
entidades caóticas ingobernables
Lo
que acaba de ocurrir con Chechenia –tan
lejana aparentemente de nuestra región
geopolítica– no deja de tener
sus lecciones para nosotros en nuestra débil
región Andina. Durante la guerra
fria (1947–1989) los países
pobres y en vías de desarrollo de
Africa, América Latina, Asia eran
considerados como tableros de ajedrez en
los que el capitalismo y el comunismo libraban
su lucha por la supremacía mundial,
a través de interpuestos peones,
alfiles o caballos. Con el derrumbe del
socialismo real (1989), el conflicto mundial
se ha desmontado, pero los conflictos civiles
internos en los países del Sur han
duplicado su intensidad y su número.
Se han venido dando 23 conflictos internos
de depredación nacional, en los que
más de 50 grupos armados insurgen
como huracanes, arrasando la mediana o pequeña
riqueza del país, con odio y resentimiento
social, político, étnico o
religioso. Argelia, Senegal, Angola, Burundi,
Congo, Liberia, Guinea–Bissau, Ruanda,
Sierra Leona, Somalia, Sudán, Líbano,
Turquía, Colombia, México,
Perú, Afganistán, India, Sri
Lanka, Birmania, Cambodia, Filipinas, Indonesia,
Timor del Este, ex–Yugoslavia, Tadjikistán,
Chechenia...son los escenarios. Las tensiones
sociopolíticas que dan lugar a este
tipo de guerras de depredación nacional
están provocando la aparición
de lo que el columnista de <Monde–Diplomatique>,
Oswaldo de Rivero, llama “entidades
caóticas ingobernables”.
La
anarquía, el desgobierno, el caos
que sobreviene motivan y justifican “a
posteriori” la intervención
aun armada de la potencia de turno en su
ámbito internacional. Estados Unidos
y la OTAN intervienen para parar el brazo
del “angel exterminador” (Milosevic)
en Bosnia y Kosovo; Rusia recupera a Chechenia
para desarmar al terrorismo chechenio; mañana
Estados Unidos podrá ayudar a rehacer
un país descuadernado por el paso
del huracán narco–guerrillero
en Colombia
21 febrero 2000 |