Las
recientes elecciones parlamentarias en
Irán del pasado 20 de febrero, a diferencia
de las de hace cuatro años, han dejado
a la comunidad shiita fuertemente fracturada
en cuestión política. En el 2000, los
reformistas o aperturistas, partidarios
del actual Presidente Mohamed Jatamí,
lograron más de los dos tercios de los
290 escaños del Parlamento, y en la capital
Teherán 26 de los 30 diputados. Hoy los
elementos radicales y retrógradas de la
famosa revolución conducida hace 20 años
por el carismático imán Jomeini, detuvieron
el curso modernizador y democrático iniciado
por Mohamed Jatamí. Vetaron por imposición
del Consejo de los Guardianes a más de
2.000 candidatos moderados (entre ellos
a Reza, hermano del presidente y jefe
de su partido), produciendo así un enorme
fenómeno de 50% de abstención en las urnas.
Ha quedado evidenciada una hegemonía férrea
ultraconservadora de 135 escaños sobre
190 para el nuevo parlamento que inicia
sesiones en mayo. La incipiente democracia
iraní ha quedado, así, frenada por el
gran poder de veto y decisión del Supremo
Guía Alí Jamenei, quien mantiene un control
férreo sobre las instituciones y quien
no responde ante los electores sino solamente
ante Alá y los doce guardianes (6 clérigos
y 6 jurisconsultos) a los que él mismo
seleccionó. El Presidente Jatamí sigue
respondiendo ante un electorado golpeado
y queda atado de pies y manos, sin siquiera
con capacidad para renunciar. Dimitir
en un país islámico significa dar la espalda
a la misión encomendada por Alá. Eso no
lo hará Jatamí, pues es también clérigo
y cumplidor soldado del Islam. Permítasenos
en esta entrega ofrecer un recuento breve
antes de analizar la actual coyuntura
política de Irán.
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Islam: Shiitas y Sunitas
Es
pertinente, para los no expertos, una apretada
nota histórica que permita entender
mejor la diferencia que existe entre las
dos marcadas corrientes islámicas,
la shiita y la sunita. Con la acción
inspirada de Mahoma, en julio del año
622 de nuestra era, se inaugura en Medina
la llamada HÉGIRA (ruptura de los
tiempos viejos). Es, a la vez, una gran
religión y un poderoso factor socio–político,
que aglutina hoy a más de 900 millones
de terrícolas. Todos profesan el
monoteísmo más puro (“No
hay más Dios que Alá, y Mahoma
es su profeta”) y cumplen con una
serie de prácticas sencillas. El
CORAN contiene, por escrito, la doctrina
religiosa del Profeta y da inspiración
a un código estricto de vida social
y política (la “CHARIA”)
de permanente aplicación.
Al
morir Mahoma, el año 632 después
de Cristo, sin dejar herederos varones,
se planteó entre sus seguidores el
problema de la sucesión legítima.
Alí, yerno de Mahoma (casado con
Fátima, hija del profeta) y buen
conocedor de la doctrina del Maestro, intentó
el liderazgo sobre el Islam. Sólo
lo obtuvo 24 años después,
y fue asesinado en el 661. Los partidarios
de Alí se llamaban en árabe
“shi’at Ali”.
De allí la denominación de
SHIITAS hasta nuestros días. El hijo
de Alí, Hussein, fue torturado y
asesinado en Irak. Ellos iniciaron la cadena
de los “DOCE IMANES”, el último
de los cuales se supone Oculto hasta el
final de los tiempos. Dios ha confiado a
los Imanes su verdad iluminadora y la conducción
de su pueblo. Ellos tienen de Alá
directamente una indiscutible autoridad
religiosa y también política.
Las pretensiones de los Ayatolás,
los que llevan el signo milagroso de Alá
(al estilo del Imán Jomeini de los
años 80 del siglo pasado) se reclaman
de esta tradición shiita. Así
lo practica en Irán el actual ayatolá
Jamenei, anclado fuertemente en el pasado
y atrincherado en el poder.
La otra corriente dentro del Islam es la
de los SUNITAS. Ella se reclama de aquellos
seguidores de Mahoma, quienes a su muerte,
eligieron de común acuerdo, como
sucesor del profeta a Abu Berk, suegro de
Mahoma. Fue el primer Califa. Esta corriente
es menos dogmática y reconoce, con
realismo, la autoridad política establecida,
cualquiera que sea su forma, sin sobrestimar
tanto el liderazgo de los Imames. En cifras
actuales, los shiitas son alrededor de 90
millones (10% de la población musulmana).
Ellos son mayoría aplastante en Irán
(90% de la población desde el año
1500), en Yemen del Norte (57%) y ligeramente
en Irak (52%). Los sunitas son mayoría
en países como Arabia Saudita (95%),
Libia (90%), Jordania (91%), Egipto (82%),
Siria (75%) y Emiratos Arabes (70%).
La
actual constitución de la República
Islámica de Irán
Establece una forma parlamentaria de gobierno
con un presidente electo y un parlamento
unicameral. Se asume la “Charia”
(ley coránica) como la base del sistema
legal y se constituye un Consejo de guardianes
dominado por líderes religiosos:
los “ulamas” (sabios religiosos)
y los “molás” (maestros
e intérpretes del Corán).
La Constitución reviste con suprema
autoridad al “Velayat Faquí”
(textualmente Sumo Jurista del Islam), cuya
designación recayó de por
vida en Jomeini, quien hasta su muerte,
en julio de 1989, fue el Gran Faquí
de la República Islámica y
el Vicario del Imán Oculto, “León
de Alá”. Lo sucedió
el actual Ayatolá JAMENEI. En 1990
se adopta una reforma constitucional que
suprime el cargo de Primer Ministro y se
establece un sistema presidencialista, pero
a la sombra del poderoso Faquí y
su corte de molás y clérigos
shiitas. En mayo 1997 hace su aparición
en la escena iraní Mohamed JATAMÍ,
quien es elegido Presidente constitucional
y venía imprimiendo una nueva dirección
en la conducción de la República
Islámica de Irán, con repercusiones
en el resto del mundo musulmán. Como
bien resume Antonio Elorza, “la primavera
de Jatamí suscitó enormes
esperanzas en la juventud, en los intelectuales
y en las mujeres, sobre todo en las ciudades.
Acabó con la imagen de Irán
como país terrorista. Creó
un nuevo clima social, aminorando sensiblemente
la incidencia de la represión…El
cine iraní es buen ejemplo de ello”.
Pero ha tropezado con el muro de acero construido
por el Guia y su Consejo de Guardianes,
quienes se han asustado ante los mismos
logros de la revolución que piensan
reversar a toda costa. Se confirma, así,
la sabia observación de Alexis de
Tocqueville, que tiene aplicación
universal, con excepción quizás
de Cuba: “Las grandes revoluciones
que tienen éxito hacen desaparecer
las causas que les dieron origen y, así,
en virtud de su mismo éxito, se vuelven
incomprensibles” (“El Antiguo
Régimen y la Revolución”).
25 febrero 2004 |