Revolución en la revolución
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Logo Enrique Neira

 

 

     

Tras el derrocamiento del Sha Pahlavi y la proclamación de la nueva República Islámica en 1979, Irán shiita (el de Jomeini) pretendió ser cabeza de pelotón de un supuesto Islam moderno, político, combativo y expansionista, en contravía del tradicionalismo sunita de Arabia Saudita. Y no cabe duda de que –a pesar de su mal desempeño económico, corrupción generalizada y un régimen represivo y reaccionario en materia de costumbres– Irán logró en 20 años tres grandes éxitos.

En el campo social, los desheredados se beneficiaron de la revolución. En el campo educativo, hubo alfabetización, amplia enseñanza gratuita, más de dos millones de estudiantes (mujeres en su mayoría) en la educación superior. Y en el campo democrático, hay innegables avances con comicios trasparentes y acatados en mayo 1997, marzo 1999 y los últimos de febrero 2000. Pero paradógicamente estos mismos logros agravaron el descrédito del régimen. Generaciones jóvenes ( y por primera vez un amplio sector femenino), educados, politizados y expectantes, han sido los primeros en expresar sus frustraciones. Se confirma, así, la sabia observación de Alexis de Tocqueville, que tiene aplicación universal, a excepción de Cuba: “Las grandes revoluciones que tienen éxito hacen desaparecer las causas que les dieron origen y, así, en virtud de su mismo éxito, se vuelven incomprensibles” (“El Antiguo Régimen y la Revolución”). Como bien ha advertido Ignacio Ramonet, las mujeres, los jóvenes, los intelectuales, los mismos candidatos a mullahs..vienen exigiendo una revolución en la revolución islámica del 79.

 

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Jatami el timonel del viraje

Culto, discreto, bien educado, de finos modales, persistente en sus objetivos y flexible en sus métodos, el hodjatoleslam Mohamed Jatami, elegido Presidente de la República Islámica en 1997, ha resultado ser el conductor apropiado de este gran movimiento de reforma. Resulta toda una hazaña voltear el “establecimiento”, contra los mismos que están arriba controlándolo. Algo así como lo que logró Mijail Gorbachov en la Unión Soviética entre los años 85 y 91, tanto en política interna como en política internacional. Produjo un remezón de trasparencia en el manejo de lo público (glasnot) y de democratización política dentro de un régimen autocrático y cerrado (perestroika). La lucha es contra los conservadores – a cuya cabeza está el Guía supremo, el Faquih o Sumo Jurista, actualmente Alí Jameini– quienes controlan el poder judicial, los grandes medios de comunicación de masas (radio y TV), el poder económico, las policías y fuerzas armadas y las milicias paramilitares que hacen los trabajos sucios. La empresa de Jatami y sus seguidores (ahora con absoluta mayoría en el Parlamento) consiste en poner fin al poder omnímodo del dogma religioso, que a través de los mullahs han confiscado la revolución; y establecer un pleno Estado de derecho, un mulipartidismo, la libertad de opinión y de prensa, el derecho de los intelectuales y de los innovadores a la crítica, un mayor acceso de las mujeres a los puestos de responsabilidad.

 

Desmonte de la teocracia

En este duelo, dentro del mundo shiita, lo que en el fondo se cuestiona es el carácter TEOCRATICO de la República Islámica. Algo que interesa no sólo a Irán sino a todo el mundo musulmán de comienzos de este siglo. Personajes iraníes, de gran solvencia intelectual y moral, como el ayatola Alí Montazeri (77 años, actualmente pagando prisión en su casa) y el cheik Mohamed Shabistari (profesor de filosofía islámica en la Universidad de Teherán), han expuesto razones contundentes en contra de este anacronismo religioso (coránico), que es incompatible con una plena democracia moderna. “En el Islam no existe ninguna forma obligatoria de instiituciones estatales. Así como un Gobierno que se inspira en los valores supremos del Islam es legítimo, así mismo un Estado islámico no tiene sentido a la luz de los textos sagrados. La institución del Velayat Faquih pertenece al campo de la política y no de la religión. Nuestra Constitución [la actual de Irán] iuxtapone los derechos divinos y los deberes de los ciudadanos. Esta mezcla de géneros es la fuente de muchos de nuestros problemas. Llegará el día en que hay que romper esta contradicción, adaptándonos a las exigencias de la modernidad...”.

Más claro no canta ni el gallo de oro de la Caponera. Equivale a decir que la religión del profeta Mahoma determina sobre todo las obligaciones de los creyentes.islámicos, mientras que la democracia garantiza los derechos de los ciudadanos. Si no hay compatibilidad entre los dos polos, uno de ellos debe ceder. Mucho debe haber de exageración y fundamentalismo en la interpretación que los “ulamas” y los “mullahs” shiitas de Irán hacen del Corán, para imponer una pesada y anacrónica teocracia (muy parecida a una monarquía absoluta o a un totalitarismo), cuando en el resto del mundo musulmán encontramos muy variadas formas políticas en los regímenes: unos conservadores y otros progresistas; monarquías, repúblicas y dictaduras; economías capitalistas y economías socialistas. Y si de legitimidad se trata, no puede olvidarse que tanto el Presidente como el Parlamento iraníes provienen de una elección popular del pueblo soberano, mientras que el gran Faquih se autosustenta de un invisible hilo que guinda supuestamente de Alá. Por lo demás, los intelectuales aperturistas, que defienden las actuales reformas, subrayan –con razón– que debe distinguirse entre los principios fundamentales del Corán (que son pocos) y los innumerables juicios coyunturales que hace 14 siglos correspondían a una sociedad muy diferente de la nuestra. Si el mismo Mahoma regresara ahora a nuestro planeta dictaría normas muy diferentes de conducta social y política. Mahoma solía decir que “el mejor de los hombres es aquel que no gusta del poder”. Sin embargo, él en su tiempo lo buscó y lo ejerció a plenitud.

Tanto fue así que el gran especialista francés en asuntos del Islam, Maxime Robinson, ha escrito que “Mahoma fue una persona que combinó en sí las cualidades de Jesús y de Carlomagno.” Fue, a la vez, Jefe espiritual y Jefe político de un gran imperio. Pero en nuestro siglo XXI, difícilmente las cosas pueden ser así por parte de sus seguidores.

20 marzo 2000