Tras
el derrocamiento del Sha Pahlavi y la
proclamación de la nueva República
Islámica en 1979, Irán shiita
(el de Jomeini) pretendió ser cabeza
de pelotón de un supuesto Islam
moderno, político, combativo y
expansionista, en contravía del
tradicionalismo sunita de Arabia Saudita.
Y no cabe duda de que –a pesar de
su mal desempeño económico,
corrupción generalizada y un régimen
represivo y reaccionario en materia de
costumbres– Irán logró
en 20 años tres grandes éxitos.
En el campo social, los desheredados se
beneficiaron de la revolución.
En el campo educativo, hubo alfabetización,
amplia enseñanza gratuita, más
de dos millones de estudiantes (mujeres
en su mayoría) en la educación
superior. Y en el campo democrático,
hay innegables avances con comicios trasparentes
y acatados en mayo 1997, marzo 1999 y
los últimos de febrero 2000. Pero
paradógicamente estos mismos logros
agravaron el descrédito del régimen.
Generaciones jóvenes ( y por primera
vez un amplio sector femenino), educados,
politizados y expectantes, han sido los
primeros en expresar sus frustraciones.
Se confirma, así, la sabia observación
de Alexis de Tocqueville, que tiene aplicación
universal, a excepción de Cuba:
“Las grandes revoluciones que tienen
éxito hacen desaparecer las causas
que les dieron origen y, así, en
virtud de su mismo éxito, se vuelven
incomprensibles” (“El Antiguo
Régimen y la Revolución”).
Como bien ha advertido Ignacio Ramonet,
las mujeres, los jóvenes, los intelectuales,
los mismos candidatos a mullahs..vienen
exigiendo una revolución en la
revolución islámica del
79.
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Jatami el timonel del viraje
Culto,
discreto, bien educado, de finos modales,
persistente en sus objetivos y flexible
en sus métodos, el hodjatoleslam
Mohamed Jatami, elegido Presidente de la
República Islámica en 1997,
ha resultado ser el conductor apropiado
de este gran movimiento de reforma. Resulta
toda una hazaña voltear el “establecimiento”,
contra los mismos que están arriba
controlándolo. Algo así como
lo que logró Mijail Gorbachov en
la Unión Soviética entre los
años 85 y 91, tanto en política
interna como en política internacional.
Produjo un remezón de trasparencia
en el manejo de lo público (glasnot)
y de democratización política
dentro de un régimen autocrático
y cerrado (perestroika). La lucha
es contra los conservadores – a cuya
cabeza está el Guía supremo,
el Faquih o Sumo Jurista, actualmente Alí
Jameini– quienes controlan el poder
judicial, los grandes medios de comunicación
de masas (radio y TV), el poder económico,
las policías y fuerzas armadas y
las milicias paramilitares que hacen los
trabajos sucios. La empresa de Jatami y
sus seguidores (ahora con absoluta mayoría
en el Parlamento) consiste en poner fin
al poder omnímodo del dogma religioso,
que a través de los mullahs han confiscado
la revolución; y establecer un pleno
Estado de derecho, un mulipartidismo, la
libertad de opinión y de prensa,
el derecho de los intelectuales y de los
innovadores a la crítica, un mayor
acceso de las mujeres a los puestos de responsabilidad.
Desmonte
de la teocracia
En
este duelo, dentro del mundo shiita, lo
que en el fondo se cuestiona es el carácter
TEOCRATICO de la República Islámica.
Algo que interesa no sólo a Irán
sino a todo el mundo musulmán de
comienzos de este siglo. Personajes iraníes,
de gran solvencia intelectual y moral, como
el ayatola Alí Montazeri (77 años,
actualmente pagando prisión en su
casa) y el cheik Mohamed Shabistari (profesor
de filosofía islámica en la
Universidad de Teherán), han expuesto
razones contundentes en contra de este anacronismo
religioso (coránico), que es incompatible
con una plena democracia moderna. “En
el Islam no existe ninguna forma obligatoria
de instiituciones estatales. Así
como un Gobierno que se inspira en los valores
supremos del Islam es legítimo, así
mismo un Estado islámico no tiene
sentido a la luz de los textos sagrados.
La institución del Velayat Faquih
pertenece al campo de la política
y no de la religión. Nuestra Constitución
[la actual de Irán] iuxtapone los
derechos divinos y los deberes de los ciudadanos.
Esta mezcla de géneros es la fuente
de muchos de nuestros problemas. Llegará
el día en que hay que romper esta
contradicción, adaptándonos
a las exigencias de la modernidad...”.
Más
claro no canta ni el gallo de oro de la
Caponera. Equivale a decir que la religión
del profeta Mahoma determina sobre todo
las obligaciones de los creyentes.islámicos,
mientras que la democracia garantiza los
derechos de los ciudadanos. Si no hay compatibilidad
entre los dos polos, uno de ellos debe ceder.
Mucho debe haber de exageración y
fundamentalismo en la interpretación
que los “ulamas” y los “mullahs”
shiitas de Irán hacen del Corán,
para imponer una pesada y anacrónica
teocracia (muy parecida a una monarquía
absoluta o a un totalitarismo), cuando en
el resto del mundo musulmán encontramos
muy variadas formas políticas en
los regímenes: unos conservadores
y otros progresistas; monarquías,
repúblicas y dictaduras; economías
capitalistas y economías socialistas.
Y si de legitimidad se trata, no puede olvidarse
que tanto el Presidente como el Parlamento
iraníes provienen de una elección
popular del pueblo soberano, mientras que
el gran Faquih se autosustenta de un invisible
hilo que guinda supuestamente de Alá.
Por lo demás, los intelectuales aperturistas,
que defienden las actuales reformas, subrayan
–con razón– que debe
distinguirse entre los principios fundamentales
del Corán (que son pocos) y los innumerables
juicios coyunturales que hace 14 siglos
correspondían a una sociedad muy
diferente de la nuestra. Si el mismo Mahoma
regresara ahora a nuestro planeta dictaría
normas muy diferentes de conducta social
y política. Mahoma solía decir
que “el mejor de los hombres es aquel
que no gusta del poder”. Sin embargo,
él en su tiempo lo buscó y
lo ejerció a plenitud.
Tanto fue así que el gran especialista
francés en asuntos del Islam, Maxime
Robinson, ha escrito que “Mahoma
fue una persona que combinó en sí
las cualidades de Jesús y de Carlomagno.”
Fue, a la vez, Jefe espiritual y Jefe político
de un gran imperio. Pero en nuestro siglo
XXI, difícilmente las cosas pueden
ser así por parte de sus seguidores.
20 marzo 2000 |